En realidad, nunca hubo mayoría progresista. El ministro que gobierna como tuitea lo llamó anoche “las dificultades”. Las dificultades son dos. Primera, la izquierda no ganó las elecciones, cosa que parece haber descubierto esta mañana. Segunda, el pacto de poder fue entre un señor que deseaba amnistía para evadir sus responsabilidades (Puigdemont) y otro que quería evadir responsabilidad política cuando le llegaran las cosas de la justicia (Sánchez).
El huido no ha traicionado nada porque a nada se comprometió. Las pelas, en realidad, no han sido cosa de Waterloo, sino de Illa y Junqueras. Quizá hubiera ayudado algo, eso sí, que los negociadores (Cerdán y Zapatero) no estén procesados. Aunque Évole aún no ha dicho que no haya que ponerle una calle a Cerdán en Barcelona (al lado del Carrer de Nicaragua estaría bien, por ayudar).
La ensoñación de Puigdemont y de Sánchez era que se podía construir una nación sin burguesía y sin clase media, a golpe de Esquerra, socialistas y la CUP (“apreteu”, gritaba el huido). La ensoñación de Junts la ha destrozado Orriols. La de Sánchez, una severa corriente social de antagonismo.
La cuestión para quienes nos declaramos de izquierda, sin ser de la mayoría progresista ésa, es que esta ensoñación ha tenido dos repercusiones políticas transcendentes, entre otras.
Primera, se ha querido gobernar contra la mayoría sociológica del país, cosa nunca vista en nuestra democracia; más allá de los juegos de poder, esa mayoría está integrada por los votantes de PP, VOX, Junts, PNV, más minorías territoriales. González lo sabía y no rehuyó nunca la negociación ni abandonar el programa máximo. La contaminación populista de Sánchez y su creciente narcisismo político le ha conducido a esta esquina.
Segunda, hay una transmisión socioeconómica de ese intento de ignorar a la mayoría sociológica. Como metáfora de todo: el salario bruto real ha crecido en los últimos ocho años poco más del 2%, el precio de la vivienda un 34,4%, una diferencia de 32 puntos. Si utilizamos el salario neto (que ha bajado), esa diferencia, es una estimación personal, habrá sido del 40%. Esto no nos habla solo de la dificultad del acceso a una oferta de vivienda, potencialmente reduciéndose; nos dice, también, que esos seis puntos de diferencia entre salario bruto y neto son pura cuña fiscal (no deflactación de IRPF, aumentos de cotizaciones, efectos de la fiscalidad sobre las rentas más bajas). Recursos que han ido a una economía crecientemente subsidiada, mientras se erosionaba a la clase media y se empobrecía a sus vástagos, como aquí se ha señalado más de una vez.
Los decretos de vivienda hoy decaídos respondían a esta filosofía de intervenir al margen de la mayoría sociológica. Las medidas podrían proteger a los inquilinos actuales (en ese sentido, el “sindicato” que no lo es sí ha ejercido como tradicional grupo de presión), pero imponía serios riesgos sobre la oferta, la posibilidad de rotación en los alquileres (alguien vive donde otro lo deja) y añadía barreras al acceso a la vivienda.
La mayoría sociológica no está en la Puerta del Sol, gritando en la tele pública por el socialismo, alguien debería decirles que no se hagan daño cediendo a los buscadores de audiencias y espectáculo radical. La mayoría de esa generación anda en una profunda ira social, próxima a lo antisistema. A sus padres es donde han ido los de Junts, por mucho que se enfade Rufián. Aquí les dije hace un par de días: “En realidad, Junts debe decidir si se suicida lentamente (Orriols se queda con los propietarios) o rápidamente (sostiene a Sánchez, mientras Orriols le quita el electorado)”.
Lo de hoy aconseja decirle a la gente la verdad. El futuro a corto plazo no será fácil y sí, para dolor de la izquierda, será parte del legado. El dinero será caro, los precios también, las trampas de la deuda y el déficit, la barbaridad de la ausencia de presupuesto, casi delictiva, nos abocan a ajustes. La situación de la demografía va a empeorar y, sin reformas de productividad, nos conducen a la caída de renta. El esfuerzo no será fácil. Deberá acabarse lo de administrar escasez, empezar creciendo y repartir el crecimiento.
Una izquierda de negociación y serenidad nos vendría bien para influir en el reparto de costes, pero no estamos en esa fase, al parecer. La mayoría progresista no existe, nunca existió, era una ficción. El problema de las izquierdas es que no puede presentar una referencia política de transversalidad generacional o pacto social (éste es el problema de fundirse el estado del bienestar). La izquierda política de la que hoy disfrutamos difícilmente puede presentarse como parte de una mayoría sociológica. Y el tiempo de reconversión parece haberse extinguido.
Devolverle el gobierno a esa mayoría sociológica, convocar elecciones y reconocer la eventual alternancia, sería una idea razonable. Hay, de entrada, un evidente riesgo: para aprovechar este “mejor momento” para convocar, se dirige la ira radicalpopulista hacia el PP o se mantiene la situación en Ceuta, lo que nuevamente impedirá la transversalidad de la izquierda y su reconocimiento. Otra dificultad es que la batalla se desplace al conflicto en el seno de la izquierda, buena parte de eso ha ocurrido con el asunto de la Puerta del Sol.
Tendría gracia, ciertamente, que quien derrote el apego de Sánchez al poder sean los propios, señal del desnortamiento de las bases y la escasa influencia del socialismo realmente existente. Hay una tercera dificultad que no tiene que ver con la política ni con las necesidades sociales: tiene que ver con el progreso de las agendas judiciales, determinantes en el debate electoral que se nos viene. De los polvos de ayer, el lodazal de hoy. De las decisiones absurdas, las derrotas que se vienen. La calle, dice, irá contra el PP y los señalados; pero esa calle no forma parte de la mayoría social, pueden engañarse las izquierdas lo que deseen.
La profunda tristeza que hoy vivimos no tiene que ver con decretos bastante imperfectos y de dudosa aplicabilidad en muchos aspectos. Ocho años son una barbaridad para ponerse a hacer aspavientos y, además, equivocarse y organizar fábulas de medias verdades o mentiras enteras lo empeoran más. La tristeza de hoy tiene que ver con la frustración generada por un relato de ensoñación. La frustración conduce a la ira y la ira política es peligrosa. Alguien debería decirle a la gente la verdad: hay salidas, pero el próximo futuro va a ser duro y va a doler.



