2025 (y 3): El año del cuervo

Días de balance: se acaba el 2025, el año del cuervo. Empezamos en enero, celebrando la primera efeméride literaria del año: el 180 aniversario de la publicación de El Cuervo, escrito por Edgar Alan Poe. En las mismas fechas, tomaba posesión Trump. Una coincidencia terrorífica: el mundo cambió súbitamente.

Hemos tenido cuervos de todo tipo: cuervos anaranjados, negros, rojos, procedentes del inframundo. El cuervo es un animal asociado a presagios fatales, mal agüero y tristeza irremisible que vencen a la razón. Por eso se posa en el busto de Palas Atenea, para dominarla, y, también por eso, acaba anunciando al protagonista que nunca volvería a ser feliz, tras perder a Leonora: Nevermore, nunca más.

A lo largo del año, en estas crónicas, ha sonado algún verso a modo de homenaje, algún “Solo eso y nada más” y algún “Nunca más”. Para qué engañarnos, nuestras habitaciones se han llenado de cuervos. Si no es un fin de época, es un paréntesis del que será difícil recuperarnos. ¿Puede una crónica de final de año reunir, como solíamos, razones para la esperanza? Quizá sea posible, pero no sin antes recordarnos que este año ha sido particularmente desalentador.

Ha sido un año en que demasiadas personas poderosas han actuado con impunidad. Autócratas y dueños de la tecnología, políticos venales y terroristas han imperado. Donald Trump, Vladimir Putin, Netanyahu, terroristas. Cuervo anaranjado, cuervo rojo, cuervos del inframundo. Solo eso y nada más.

Los cuervos nos lanzaron mensajes odiosos, El más fiero de ellos siempre es la guerra. Terroristas de Hamas desataron un infierno sobre su pueblo, en forma de violento y criminal exterminio programado y ejecutado por Israel. Olvidamos, por un rato, que en realidad los europeos ya estábamos en guerra con Putin, que andaba destrozando Ucrania.

2025 ha sido un año diferente a cualquier otro, marcado por la incertidumbre, la agitación política global y el conflicto. Los temas clave han incluido el ascenso de la radicalidad populista, de derecha fundamentalmente, pero también del populismo de izquierda. Ambos han alentado la escalada de la violencia política y la influencia de la administración estadounidense en el orden global, con acuerdo básico con los rusos.

La polarización y el odio no son una política, son una consecuencia del doctrinarismo ideológico de los populistas, los reaccionarios que buscan un viejo mundo y los que dicen ser de izquierdas, y España es un ejemplo, empeñados en privarnos de libertad en nombre de la corrección política progresista, un diktat abusivo que ha acabado irritando a los más jóvenes.

En 2025, la diplomacia de los negocios y los amiguetes abundó en la esfera internacional y en la nacional, hasta el punto de la sobredosis. El año será recordado siempre como uno de división permanente y posiciones perpetuamente arraigadas, con las que se alineó el periodismo de trinchera y el periodismo de palacio, a un lado y otro del espectro político. Lo que alimentó no solo la aparición de fuentes de información no contrastada sino también la pérdida de credibilidad.

El caos se alimentó desde una reunión disruptiva en el Despacho Oval. Arancel fue la primera palabra del año y luego se añadieron otras aún más odiosas. El buscador incansable de la paz, incluso aseguró imponerla allí donde no había guerra, se quedó sin premio, pero voló la vieja alianza de las democracias liberales, alentando los populismos más agresivos. Sabemos que mientras esas viejas democracias no reconsideren sus estrategias de antaño y se alineen en torno a nuevos objetivos, serán objeto de agresión por parte de los imperios.

Es necesario, empero, que salgan del balneario en el que parecen inmersas. La Unión Europea, especialmente, debe librarse del lejano oeste, sin caer en otras manos en el este. Los alentadores del caos, en ambas esquinas y más allá, nos desean en crisis civilizatorias.

En ese ámbito de conflicto ha habido un mundo de ideas y propósitos ausente: la debilitada izquierda. La ola radical ya se había llevado por delante a las formas políticas socialdemócratas. Solo populismo y oportunistas buscando alianzas clientelares imposibles han intentado, en vano, resistir. Pero esas resistencias no han sido útiles para la mayoría de los europeos y europeas que viven con temor el invierno demográfico, la crisis migratoria, la división generacional y la desaparición de la clase media, como preámbulo de un conflicto de fondo en el que no existen fuerzas políticas capaces de construir consensos.

Francia puede ser el mejor ejemplo del fracaso del liberalismo, si alguna vez Macron fue liberal; Alemania, el de la crisis de fidelidad en la derecha y España, epítome del populismo inútil, la política narcisista y la carencia de proyecto de intervención en la política global.

España, la de la economía del cohete, es en realidad un espejismo: una política de decrecimiento real, solo sostenido por el crecimiento de la población inmigrante y donde, por mucho que turismo y consumo privado o público nos ofrezcan cifras aparentemente alentadoras, la realidad acaba imponiendo una renta real decreciente, una convergencia de rentas en torno al salario mínimo, una crisis de vivienda y una creciente brecha generacional.

Todo ello en un contexto de exasperante desvanecimiento de la calidad democrática, trufado por corrupción, no poco sectarismo, hipocresía institucional, falsedades, incompetencia y poco rigor. No es que la derecha haya sido especialmente más brillante en su desempeño político. Pero no es a ella a quien la ciudadanía le pedía respuestas. Era a la izquierda. “Solo eso y nada más”. No sueñen con el bipartidismo, eso es cosa de boomers, dicen las nuevas generaciones.

Era a la izquierda a la que le tocaba mostrar que el gobierno puede no ser venal, que el machismo y el abuso contra las mujeres puede erradicarse, sin disfrazarse de estúpida intolerancia. Era la izquierda la que debía proveer infraestructuras para la nueva población, la envejecida y la que llega, era la izquierda la que debía cambiar la cultura económica del país, a golpe de dineros que ponía Europa. Pero el socialismo realmente existente la lio con alianzas las más de las veces indecentes, haciendo creciente la desigualdad territorial. “Solo eso y nada más”.

Dice Meloni que el 2026 será peor de lo que fue éste. No parece que los imperios y los poderosos del planeta estén por la labor de llevarle la contraria. Quizá usted busca motivos para alegrarse al final de un año particularmente desalentador. La sabiduría democrática, el retorno de la política basada en la razón, el abandono de la estupidez natural en el mundo de la izquierda artificial es una respuesta que nos convoca a derecha e izquierda, pero que empieza mirando al 2025 y diciendo: nevermore, “nunca más”.

 

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