Oriana hubiera sonreído ante los acontecimientos de Irán, una sonrisa suya del tipo ya os lo avisé. Desde que supe la muerte de Jameini no dejo de pensar en aquel gesto de Oriana Fallaci. Muchos de ustedes quizá no sepan o no recuerden quién fue Oriana Fallaci. Da igual; es lo que tiene ser cronista y ustedes generosos lectores: se tienen que aguantar. Sí: hay algo seguro; Fallaci estaría hoy en la “fachosfera”, compartiendo silla con innumerables veteranos de la izquierda o liberales progresistas, pero eso se lo cuento luego.
Oriana había conseguido entrevistar a Jomeini, era 1979, la periodista se había ido encendiendo. Jomeini la provocaba e insultaba. En un momento determinado, Fallaci dijo: “Y ya que lo dice, me voy a quitar este estúpido trapo medieval ahora mismo. Listo (se quita el chador a la que le habían obligado). “Pero dígame algo. Una mujer como yo, que siempre ha vivido entre hombres, mostrando el cuello, el pelo, las orejas, que ha estado en la guerra y ha dormido en primera línea, en el campo de batalla, entre soldados, según usted, ¿es una mujer inmoral, atrevida e indecorosa?”.
Entonces, muchos supimos que algo había ido mal. Otros lo supieron, pero eso se lo cuento luego, más tarde. Sí; una rebelión popular había acabado con una monarquía persa venal. Habíamos visto cómo humillaba a los americanos, eso era muy gratificante. Pero aquel gesto de Oriana…
Oriana no era cualquier cosa, los más jóvenes no supimos de ella hasta el 75, tras la muerte de Pasolini, cuando expresó sus dudas sobre la muerte, por razones políticas, del poeta que ella investigó junto a su compañero (Panagoulis), un luchador contra la dictadura griega, luego muerto en extrañas circunstancias.
En la época todo el mundo devoró Carta a un niño que nunca nació (Lettera a un bambino mai nato, 1975), dedicado a un hijo que Fallaci esperaba y que, sin embargo, perdió. Por entonces ya nos había llegado su opinión sobre los reyes de España, lo que aumentó, naturalmente, nuestra simpatía, en un periodo en que, en alarde estratégico, había definido Santiago Carrillo como “breve” al rey de España.: “Sí, almorzar con Juan Carlos y Sofía es lo peor. Conozco a esos dos idiotas. Los entrevisté en Atenas antes de su estúpido matrimonio…”.
Entonces Oriana, ya llevaba 25 años haciendo periodismo, de corresponsal de guerra, estando en todos los conflictos sociales y cambios culturales, entrevistando a todo el que significaba algo en el mundo. Ella era y había sido una activista. Nacida en 1929 (con bisabuela de Barcelona), participó en la Resistencia contra la ocupación nazi en su región natal, con el movimiento “Justicia y Libertad”, de orientación liberal socialista.
Si quieren opinar de los actuales movimientos críticos, tipo flotilla, o de quienes, muy preocupados por el imperialismo, hacen un tuit y se ponen un frac de Pedro del Hierro, no recurran a insultos, lean Nada y así sea (1969) y se lo cuentan a otros. Oriana ridiculiza “el vandalismo de los estudiantes burgueses que osan invocar al Che Guevara, pero que viven en casas con aire acondicionado, van a la escuela con el todoterreno de papá y al night club con la camisa de seda”. Esa frase les hará empezar a entender lo de la “fachosfera”, pero no acaba el asunto aquí. Volvamos a Irán, 1979.
Mohammad Reza Pahlaví, el último sha, había impulsado, desde los 60 y hasta su caída, la Revolución Blanca. Unas reformas modernizadoras que, además de abordar problemas económicos, amplió los derechos de las mujeres. Durante su reinado, las mujeres podían vestir como quisieran, incluso “al estilo occidental”. No era obligatorio el uso del velo ni de la “modesta ropa islámica”. Además, les concedió el derecho al voto y aumentó la edad mínima legal para contraer matrimonio, que pasó de 13 a 18 años.
La conservadora revolución chiita (ayatollah Ruhollah Khomeini), Jomeini, decretó que las mujeres debían usar el velo. El propio líder había dicho en un discurso que, si no lo hacían, iban “desnudas”. En ese contexto, Fallaci entrevistó al ayatolá, grabó la charla, la transcribió, se publicó en octubre de 1979 en The New York Times.
Jomeini no solo había aceptado charlar con una periodista occidental, sino que había recibido a quien, unos años antes, había escrito: “Ya provenga de un soberano despótico o de un presidente electo, de un general asesino o de un líder amado, veo el poder como un fenómeno inhumano y odioso… Siempre he considerado la desobediencia hacia los opresores como la única manera de aprovechar el milagro de haber nacido”. Lo entrevistó con furia, preguntándole directa y duramente por las mujeres iraníes y por la ausencia de derechos, luego vino el gesto que les conté y el resto forma parte de la historia.
Naturalmente, estaba en Nueva York cuando se derrumbaron lar torres gemelas. Y ahí empezó su camino hacia la “fachosfera”. Publicó dos libros: La rabia y el orgullo (2001) y La fuerza de la razón (2004). Un rasgo en común: critica la sumisión de Europa y de la izquierda especialmente, y eso dolía, al islamismo radical. Acusó a la izquierda europea de cierto “macartismo de izquierdas” que silenciaba a quienes advertían sobre el islamismo, habiendo abandonado su laicidad para proteger una cultura incompatible con los derechos humanos. No les quepa duda: hoy, hubiera sido cancelada.
El cronista, ya se lo he dicho, cree que es compatible odiar lo que representan los ayatolás y defender el derecho internacional. Tanto lo creo que estoy aún emocionado por las cero palabras en la gala de los Goya sobre los muertos en Adamuz y Gelida y sus familias, sobre las masacres en Irán perpetradas por el criminal régimen teocrático.
Ya ven, en esa singularidad tan española que consiste en aislarnos de todos nuestros socios y, desprendiendo ese leve aroma antieuropeo, pedir luego pasta, uno se siente tan viejo como el mundo cuando recuerda aquel gesto de la partisana italiana.
Oriana hubiera sonreído viendo partir a Jameini al infierno. Y luego hubiera ido a entrevistar a Trump. Es probable que le hiciera la misma pregunta que le hizo a Kissinger: “¿Cómo consigue que le tomen en serio y luego se le juzgue como un despreocupado tenorio o, mejor dicho, un playboy?” (Entrevista con la historia, 1974). Probablemente en lugar de tenorio hubiera usado pederasta.



