Crisis alimentaria, coste de vida y coste de morir

Quizás sean ustedes de los que piensan que los gobernadores del Banco de España son un poco toca narices. No seré yo quien les lleve la contraria: lo son. Hay veces, sin embargo, que tienen razón. Lo de la inflación no es sólo cosa de la guerra, por mucho que en Moncloa se agarren al oportuno mantra.

El coste de la vida se ha convertido ya en un drama de notable magnitud. Cierto; lo es en todas partes, pero el IPC en España es seis décimas por encima de la media europea, a pesar de que nuestra dependencia energética es menor.

En el caso de la inflación subyacente, la que no considera la energía o los alimentos elaborados, es 1,1% por encima de la media de la Unión Europea.

Como ya les he dicho aquí, esa distancia, y el hecho de que nuestra inflación casi llegara a los dos dígitos antes de la guerra, nos remite a grados de oligopolio, problemas en cadenas de distribución e imperfecciones en nuestros mercados de mayor nivel que en otros países de nuestro entorno.

Un estudio reciente, poco glosado por los abundantes ministros de la cosa, ha demostrado que las grandes petroleras (BP, CEPSA o REPSOL) han logrado trasladar a los consumidores los cinco céntimos (de la subvención de 20) que debían asumir.

También ha reconocido implícitamente el gobierno que la subvención general, además de habérsela comido ya la subida de precios, es injusta, como aquí también se dijo, y que están pensando en bonos según niveles de rentas.

No le den muchas vueltas. Los shocks de oferta como el de la energía y los combustibles se combaten con ahorro, recortes y poca indiciación de rentas. Esa crisis ya la conocimos en España, por hacer lo contrario. El problema es que la inflación subyacente nos remite a una circunstancia que no permite muchos ahorros: la crisis de alimentos.

Analistas económicos, no muy escuchados por los responsables políticos europeos y menos por los españoles, vienen advirtiendo sobre escasez y aumentos ‘apocalípticos’ en los precios de los alimentos. Sin embargo, la guerra en Ucrania, el cambio climático y la inflación ya están pasando factura en todo el mundo hace más de los cien días de la guerra.

Cada vez que el Banco de España u otras entidades se atreven a efectuar consideraciones sobre los precios y los márgenes fiscales, los ministros se enfurecen por lo que consideran una crítica a la magistral gestión económica del gobierno.

Pero si existe una gran preocupación en los países desarrollados, ni les cuento la situación en continentes como África que no solo afrontan hambrunas debido a la ausencia de cereales, sino crisis fitosanitarias debido a la escasez de fertilizantes (productos de los que Ucrania era primer exportador y que, ahora, Rusia captura como rehenes de guerra).

Dado que la mayor parte de la atención política y de los medios se centra en la “crisis del coste de vida”, los comentarios que molestan a los responsables políticos son reveladores por más que sean ignorados.

El coste de vida es un problema en España y Europa. Para las agencias de la ONU y los trabajadores de ayuda humanitaria de todo el mundo, la mayor preocupación es el coste de morir.

Haciendo sonar la alarma nuevamente la semana pasada, António Guterres, el secretario general de la ONU, dijo que la escasez relacionada con Ucrania podría ayudar a “llevar a decenas de millones de personas al borde de la inseguridad alimentaria”.

El Programa Mundial de Alimentos estima que alrededor de 49 millones de personas enfrentan niveles de hambre de emergencia. Alrededor de 811 millones se acuestan con hambre cada noche. La cantidad de personas al borde de la inanición en el Sahel, por ejemplo, es al menos 10 veces mayor que antes de la COVID-19.

El impacto adverso de la invasión de Rusia sobre la disponibilidad y el precio de productos básicos como el trigo, el maíz, la cebada y el aceite de girasol (Ucrania y Rusia normalmente producen alrededor del 30% de las exportaciones mundiales de trigo) ha sido enorme.

Es probable que la producción de trigo de Ucrania este año sea un 35% menor y la exportación de gran parte puede ser imposible debido al bloqueo de Rusia en el Mar Negro.

En marzo, los precios mundiales de las materias primas, registrados por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, se mantienen en niveles récord. La guerra de Rusia ha agravado o acelerado los déficits alimentarios preexistentes.

Las tendencias inflacionarias surgieron de una serie de factores relacionados: el impacto económico negativo de la pandemia; la recuperación con los problemas de la cadena de suministro, el empleo y el transporte; caídas en la producción relacionadas con el clima extremo y la crisis climática; costos de energía en espiral. Por mucho que se enfaden en el Gobierno, el Gobernador del Banco de España tenía razón: el lío viene de antes.

India se ha sumado a la catástrofe de las producciones ucranianas. Una ola de calor sin precedentes en el noroeste de la India ha dañado las cosechas de este año. Eso llevó al gobierno a suspender las exportaciones de trigo este mes. Los mercados globales habían estado confiando en India, el segundo productor más grande del mundo, para compensar el déficit de Ucrania. En lugar de ayudar, el gobierno de Narendra Modi tuvo que hacer lo contrario.

Cuando se escriba la historia de la guerra de Ucrania, la acción de Rusia convirtiendo los alimentos en armas e interrumpir deliberadamente los suministros mundiales, puede considerarse un crimen mayor incluso que el ataque contra su vecino.

Es probable que el papel de Rusia como exportador clave de cereales y energía sobreviva al actual régimen de Moscú. Pero su posición e influencia global disminuye, probablemente de forma permanente.

 

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