Cuaderno del chiringuito: (3) Los madrileños, una enfermedad que se sufre en silencio

“L’noia de supermercat m’ha dit buenos días”. Casi lloro; hacía años que esto no pasaba. El personal del xiringuito también habla español. Qué vamos a hacer: sin alemanes e ingleses, solo cabe relacionarse con los que vienen de España. Hay algún francés, pero estos vienen a la hora del botellón, según se comenta.

Cosas que pasan. Aquí no querían el turismo depredador de las ciudades y “la terra” y el virus les ha concedido el primer deseo. O sea, todos somos más pobres, salvo los que venden. Nada tan fino como venden en Catalunya a los de afuera y a los de Catalunya; quiero decir, carísimo de la muerte.

El tomate “de la nostra terra”, o sea, el que usted compra a dos euros en Madrid, aquí se lo cobran a cuatro. Les hacen a ustedes un discurso sobre la “qualitat”, pero que quieren que les diga, eso es como el cuento de la república.

Les cobran una docenita de patatitas bravas, he dicho patatitas, a nueve euros; una cerveza a cuatro y un vino blanco a otros cuatro. El carro que usted llena en cualquier Carrefour madrileño a cien euros, aquí se lo cobran a un veinte por ciento más caro.

Si son los madrileños los que vienen, los demás no llegan, pues que paguen los madrileños. Antes se lo hacían a franceses, alemanes e ingleses, pero esos tienen pasta. Ahora, el personal, se va a su casa a comer y deja el aforo vacío. Es lo que hay. No hay ríos de leche y miel recorriendo la república que no existe: solo precios carísimos.

Ya les tengo explicado que la playa es puro capitalismo salvaje. El monopolio impera. El dueño del “xiringuito”, haciendo uso de su concesión ha privatizado la sombra.

Si ustedes le suman la pérdida de metros, a causa de la distancia, a la atracción del monopolio por el beneficio maximizado, entenderán lo que pasa.

Un metro de sombra sale a veinte euros persona. O sea, queridas parejitas: dos sombras y dos birritas por cabeza, más una bolsita de patatas fritas, le dejan la mañana a sesenta euritos. Luego, si eso, se van ustedes a comer y nos hacemos unas risas.

Entenderán que con este precio aquí hablen lo que haga falta, español incluido. Hace dos años, al cronista y su familia le negaron un alquiler: la administradora de la propiedad “no alquilaba a españoles”. Ahora, resulta que los madrileños y madrileñas hemos pasado de ser especie protegida a turista a cuidar, eso sí, sin pasarse.

Para que usted me entienda, la visita de los madrileños es una enfermedad que aquí llevan en silencio.

Cómo será la cosa, que viene Florentino, se lleva de mariscada a Laporta y solo protesta uno. No se incendia la Vía Layetana, no se queman contenedores. Los de Madrid ponen la pasta, ha dicho Sánchez, y esto es bueno para la república que no existe: si los de Madrid pagamos, ellos nos sirven copas carísimas. Lo que es, es.

La ausencia del turismo no ha mostrado, hasta hoy, alternativa. La incidencia de los contagios se suma al silencio de los aforos vacíos. Los precios llevan al turisteo al confinamiento: el agua que usted paga por un euro en cualquier bar madrileño, aquí por turistear se la cobran a 2,20.

Cierto; el turismo interior ha hecho dos cosas: desembolsar su ahorro y sustituir al turismo extranjero. La respuesta del sufriente negocio de la hostelería en esta parte de España, perdón, quise decir del universo del noroeste de la península, es subir precios y bajar calidad. Es lo que hay.

Hay que venir, aunque a Colau, Aragonés y a Puigdemont les moleste. Pero que sepan que el impuesto a los madrileños ha comenzado aquí. Lo malo, déjenme decirlo, es que los catalanes vulnerables, sin recursos, esos de los que aquí todo el mundo habla pero por los que nadie hace nada, mientras les desprecian, también pagan el imposible precio de mantener la república que no existe.

 

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