Cuando perdemos la memoria

¿Recuerdan ustedes aquello del pueblo que olvida su historia…? El pasado miércoles, 14 de noviembre de 2018, oí con estupor durante la Sesión de Control Parlamentario al Gobierno en el Congreso de diputados cómo la ministra de Justicia, Dolores Delgado, contestaba a una interpelación de Nacho Prendes, vicepresidente del Congreso, sobre el posible indulto a los presos catalanes: “Que los líderes independentistas encarcelados por el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017, en caso de ser condenados, también tienen derecho a ser indultados porque la vigente Ley de Indultos, que data de 1870, no hace excepciones”.

Inmediatamente me surgió una reflexión que recorrió mis neuronas como un rayo envenenado: después del bochorno que nos ha supuesto a los españoles que la Abogacía del Estado, presionada por el Gobierno, haya calificado los sucesos del otoño pasado en Cataluña de Sedición y como después han destituido a Edmundo Bal, el abogado del Estado que defendió la acusación por rebelión de los implicados en el procés, ahora tenemos que ver cómo, no contento con el despropósito, Sánchez quiere indultar a los reos. Su cara dura es tal que incluso lo pregona antes de que se haya celebrado el juicio.

Si tuvieran algún atisbo de dignidad, a lo que deberían de precipitarse es a cambiar la Ley de indultos para que no contemple esa posibilidad nunca más para reos de traición, sedición, rebelión o corrupción, sea ésta del tipo que sea.

¿Pero cómo va a tener dignidad un gobierno presidido por un histriónico narcisista con pluripersonalidad? El cual, a tenor de la descripción que la vicepresidenta hace de él —y supongo que lo conoce bien—, no es la misma persona que ganó la moción de censura; cuestión ésta que deberán aclarar los jueces, por si hay suplantación de personalidad, o los psiquiatras.

Volviendo al título, les recordaré algo que la izquierda ha ocultado en sus soflamas políticas de la transición, cuando nos instruía sobre lo que era democracia y qué no; en las películas de cine subvencionadas por el Ministerio de Cultura y en su Ley de Memoria Histórica.

“En la primavera de 1936, antes del nefasto 18 de julio, Azaña, a la sazón presidente de la II República tras haber usurpado el poder antes de que se constituyeran las Cortes, dado que aún faltaba la segunda vuelta de las elecciones de febrero, también indultó a los rebeldes catalanes que habían declarado unilateralmente la independencia en octubre de 1934”.

A veces me pregunto con estupor ¿Qué le ocurre a la memoria de la izquierda? Que Sánchez, por ejemplo, no sepa todo lo que ocurrió en el treinta y seis es lógico; sin ir más lejos, no recuerda lo que decía en el Congreso hace unos meses, cuando exigía a Rajoy no sólo la obligación constitucional de cumplir con su obligación y presentar unos Presupuestos Generales del Estado al Congreso, sino que le recordaba que de no ser aprobados en tan insigne cámara, tendría que someterse a una Cuestión de Confianza o disolver las Cortes y convocar elecciones.

—¿Será posible que Calvo lo haya secuestrado y lo tenga escondido bajo sus faldas para que no vuelva a abrir la boca, aunque su espíritu perviva en las hemerotecas de todos los medios de comunicación, menos de La Sexta, y el que vemos ahora sea un usurpador?

Hay quién compara a ambos, al encadenado en las mazmorras de Ferraz y al erigido presidente, con doctor Jekyll y Mr. Hyde, pero a mí me gusta más como lo explica, con la ironía que lo caracteriza, Felipe González cuando asegura que si es de sabios rectificar, es de necios tenerlo que hacer todos los días; y es que los viejos roqueros nunca mueren.

¿Ustedes se imaginan cómo debe ser un Consejo de Ministros actualmente? El presidente hablando solo en la cabecera de la mesa, discutiendo con su ectoplasma que se abre paso entre las rodillas de Calvo, que en algunos momentos no sabe cuál es el bueno y cuál no y se lía a mamporros con ambos; a Pedro Duque discutiendo con Calviño como ocultar sus bienes inmuebles detrás de una sociedad instrumental para engañar a Hacienda y a ésta diciéndole: “Pedro, no te molestes en eso, si ahora Hacienda somos nosotros”; al tiempo que Dolores Salgado orienta el micrófono para que Villarejo oiga la conversación desde su celda, disimulando una agradable conversación con Marlasca sobre la próxima celebración del día del Orgullo Gay en Madrid cuando a la sazón él sea el Alcalde de la villa y corte.

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