Cuba para adultos: ni flotillas ni disparos de nieve

Al parecer, la flotilla que no fue a salvar mujeres y hombres iraníes en enero, ha podido llegar hoy a salvar a los cubanos de la barbarie que les amenaza. Pablo Iglesias nos ha enviado el último mensaje: muchachos, Cuba no está tan mal; el pueblo comunista es resiliente. Él vigila, desde el Malecón, si llega el enemigo, que no se preocupen los cubanos. La flotilla constituida por una leve barquichuela ha logrado burlar el férreo bloqueo norteamericano.

Estando como estamos condenados a hablar, en el próximo futuro, de soberanía, derecho internacional, humanitarismo y esas cosas, déjenme que empiece hoy hablando del pueblo cubano.

Este mes de febrero estalló la penúltima crisis en Cuba, probablemente irreversible, por mucha resiliencia histórica que ha mostrado la gente de la isla. Cuatro años de recesión económica, agravada por la hiperinflación y la emigración de casi el 20% de la población y con un gobierno del partido comunista, con 67 años de historia, que ha colapsado.

La rapidez con que la falta de combustible -para electricidad, agua y el transporte de alimentos- podría provocar un sufrimiento extremo es evidente. Ver a gente echando comida y chucherías a niños para que bailen y parezcan alegres, en ese contexto, indigna a cualquiera con un poco de moral. Apenas resistirán algunas zonas rurales, que conservan producciones agrarias residuales, pero la gente de las ciudades desmoronadas corre un riesgo terrible.

A oscuras, sin alimento, quemando basura que no se recoge, para evitar calamidades, criando cerdos en las casas, esperando la llegada de algún paquete de los emigrados, quienes aún residen en Cuba han añadido a las limitaciones materiales algo que, hasta ahora, habían evadido: la angustia y el estrés que produce el carecer de futuro. Mucho se habla de derechos humanos, de negociaciones, pero nadie sabe lo que pasará después ni qué será de ellos.

Caminando a velocidad extrema hacia un estado fallido, los cubanos no reciben ninguna esperanza de su gobierno. Se habla de libertades, se producen tibias manifestaciones por ahora en las calles, se habla de derechos humanos, pero mientras los Castro hablaban con los norteamericanos, ocho cubanos fueron detenidos, elevando a más de 2.000 los presos políticos, que los hay.

Las consecuencias del bloqueo petrolero estadounidense, la imposición de aranceles a quien envíe petróleo, más que un embargo, se han manifestado antes de lo previsto. Las tres aerolíneas que transportaban turistas a Cuba desde Canadá suspendieron sus servicios debido a la escasez de combustible para aviones en la isla. Dos aerolíneas rusas hicieron lo mismo. Las cinco compañías aéreas han comenzado el proceso de repatriación de los viajeros. Tres cuartos de millón de canadienses visitaron Cuba en 2025, el grupo más numeroso con diferencia. Los rusos constituyen la tercera categoría de visitantes más numerosa, después de los cubanos expatriados.

Los cubanos son, no cabe duda, celosos de su soberanía, dos generaciones han trabajado para que sus hijos no vivieran en el lupanar del patio trasero norteamericano en que les convirtió la Mafia, con el cómplice consentimiento de los dictadores fascistas y los gobiernos de Washington. Construyeron una disrupción en el mundo del imperio, un semillero de valores humanos y culturales en la América hispana. Se acabó.

Nunca fui a Cuba, dejé de creer en esa fantasía hace mucho, me irrité más a principios de los 90, tras una disputa con Marcelino Camacho, por quien fui convenientemente insultado. Los balseros remataron, en el 94, mi desilusión.

Y a partir de entonces, solo he ejercido de amigo de emigrantes cubanos que han pasado por nuestra casa, refugio que Libertad Martínez abrió para ellos. No eran, no son, “gusanos”, son gente que quiere progresar, dar a su familia el futuro que les niega un gobierno venal. Unos ejercen ya de médicos, otros de ingenieros, otros vinieron de paso para ir a Miami, cerca de los suyos. Todos se pusieron a trabajar de lo que fuera antes de lograr rehacer su vida. Resiliencia sobra, falta patria.

No sé cuándo se jodió todo. Quizá el día que la globalización les explicó a los cubanos que no hay futuro sin libertad. ¿Qué es eso de elecciones, si solo hay un partido? Se preguntaban. La gran responsabilidad del Partido Comunista Cubano ha sido no ser capaz de reciclar un sistema tras la caída del muro: la posibilidad de libertades que ofrecieron aquellos dividendos por la paz, hasta el desastre de las Torres Gemelas y el populismo, no movieron a un partido que prefirió el permanente subsidio y el alquiler de mercenarios, para financiar su estatus. Y eso fue todo.

La pasada semana Silvio Rodríguez, que vivió entre nosotros no pocos años, en ejercicio solidario de la cultura española, otros también se pasaban en momentos difíciles, apoyados por una miríada inacabable de fundaciones, pidió un fusil. Recibió del Gobierno cubano, entre penosos aplausos, un AK47, tremenda arma. No se preocupen por el trovador, serán otros los que irán a la pelea, si es que alguien va y si hace falta. Él que solo quería “disparos de nieve”, propone hoy que el pueblo dispare. De “cañones de futuro” a capitán de flotillas.

Los norteamericanos no harán de Cuba una Venezuela bombardeada. Están dejando que todo caiga, de forma inhumana, rastrera y vergonzosa. Los cubanos esperan, una vez más, un cambio: ojalá lo logren. Algunos abrigan la esperanza de que las conversaciones de alto nivel en México entre el gobierno cubano -encabezado por el general Alejandro Castro Espín, hijo del expresidente cubano Raúl Castro, de 94 años, y su hijo- y funcionarios estadounidenses puedan dar lugar a un acuerdo, pero no hay señales de progreso.

No serán las flotillas quienes lo salven, ni cuatro paneles solares, ni un barril de mojitos los que hagan volver a los turistas, la energía o el vuelo de los aviones. Dudo que ni siquiera hayan logrado dar visibilidad al sufrimiento cubano, que no parece haberse pasado por los hoteles a saludar a los libertadores. Las muchas fundaciones españolas ya no van por allí, tampoco, al parecer.

La Habana no era, dicen quienes la conocieron, el malecón vacío que recorría el sátrapa de Galapagar, mirando el mundo a la altura del Che, creando un nuevo “branding” para el negocio multinacional que persigue.

Ésta es la situación: sin combustibles, sin turistas, sin efectivo. Un pueblo sufriendo en manos del Vaticano (para sarcasmo histórico, cada vez más influyente) y los Estados Unidos. Un estado camino de su desplome. Ésta es Cuba para adultos, lo otro son los “disparos de nieve” de Silvio Rodríguez. Reconstruir nuestros ideales es, también, reconstruir nuestra visión de la política.

 

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