Encontrarse con una buena noticia es como ver un partido de la liga española. Mi equipo mete dos goles, pero no sabes que le habrá encargado Tebas a los herederos de Negreira o a Munuera Montero. Que el temor no nos deje ver el resultado: vamos ganando a la tecnológicas.
Los veredictos de dos tribunales estadounidenses han declarado que Facebook e Instagram (Meta) son responsables de crear adicción y permitir explotación sexual en sus espacios digitales. Los reguladores europeos sonríen, igual nos pagan la digitalización europea a golpe de sanciones.
Dos casos históricos en dos días consecutivos. Primero, en Nuevo México un juez condenó con 324 millones de euros por permitir daños, incluida la explotación sexual infantil, en sus plataformas y por engañar a los consumidores sobre su seguridad. Veinticuatro horas después, otro juez concedió 5,2 millones de euros en California a una joven usuaria que argumentó que Meta (junto con YouTube) había diseñado deliberadamente productos que le provocaron una adicción lesiva durante años.
Ambas sentencias son motivo de alegría. Se me ocurrió una preocupación inmediata: que el ministro de consumo o la de la infancia se lanzaran a prohibir las redes y así, de paso, ir a un modelo más chino, que ahora nos gusta mucho. No crean que es una tontería: ya se está pensando para menores, una preocupación notablemente extendida, pero como decía hoy la televisión de la Moncloa: no son solo los memores. Blanco y en botella.
Sin embargo, para quienes deseamos unas redes reguladas con arreglo a valores europeos y derechos democráticos no debemos permitir que el miedo a los prohibicionistas nos estropee el día. Hay mucho de qué debatir sobre este asunto que hace tiempo se nos fue de las manos.
Estas dos sentencias suponen un paso crucial en la expectativa de controlar a las empresas tecnológicas que invaden y, por qué no decirlo, determinan nuestra vida cotidiana, la forma en que percibimos el mundo e incluso a los demás. El algoritmo ha sustituido a la verdad y el posicionamiento a la relevancia. Cosa que al poder le encanta tanto como a las tecnológicas. A uno le da lo mismo que la verdad la determine una red o un juez prevaricador: la libertad y la seguridad no caminan por ninguno de los dos carriles.
Meta sabía, es conocido, que sus plataformas causaban daño, ya fuera a menores o a la democracia, pero, a pesar de ello, siguió adelante en busca de beneficios astronómicos. Meta podría estar enfrentando su “síndrome de aluminosis”, con productos considerados tóxicos y amenazada con indemnizaciones que le llevarían a la quiebra. No; eso no pasará: Tebas, la Liga Negreira o Munuera Montero en forma Tribunal Supremo o Trump lo evitarán. Pero no podrán evitar la regulación.
La toxicidad tiene innumerables facetas. Ustedes han sufrido lo que sufren las chicas más jóvenes, aunque quizá con menos agresividad.
La empresa, capaz de rastrear la actividad de los usuarios dentro y fuera de la plataforma, podía saber, por ejemplo, cuándo chicas de entre 13 y 17 años borraban un “selfie”. Al darse cuenta de que esto indicaba la insatisfacción de las chicas con su apariencia, la empresa vio una manera de monetizar esa infelicidad. Por una tarifa, una empresa de cosméticos podía mostrarles un anuncio de belleza a esas jóvenes en ese preciso instante.
Facebook ha alardeado ante sus clientes de su capacidad para determinar las orientaciones vitales de los usuarios más jóvenes. El control de sus publicaciones, sus fotos, sus conversaciones con amigos les permitía saber exactamente cuándo las adolescentes se sentían “inútiles”, “inseguras”, “estresadas”, “estúpidas”. Esos eran los momentos óptimos para vender. Las comillas tienen su origen en documentos de la propia compañía.
En suma, las decisiones judiciales son un éxito. Los oligarcas de la tecnología han visto como ciudadanos y jurados han encontrado la manera de sortear la cláusula de ausencia de responsabilidad que los había protegido durante décadas: no podían ser consideradas responsables del contenido publicado en sus plataformas.
El caso de la chica californiana ha evadido ese precepto: eludió esa protección al centrarse no en el contenido -ésta o aquella publicación desagradable- sino en el sistema de recomendación de contenido, es decir, el mecanismo que determina lo que ven los usuarios: el maldito algoritmo.
Esa maquinaria -adictiva por diseño, ya sea la reproducción automática de vídeo o el flujo infinito que incita al desplazamiento perpetuo- es ideada por personas con fines evidentes. Las corporaciones han dejado de ser abstractas, están creadas por decisiones personales y comerciales y, por lo tanto, hay responsabilidad y consecuencias.
Aquí entra la Liga Tebas: los veredictos serán apelados y podrían alargarse hasta el Tribunal Supremo, donde la mano de Trump podría ayudar a darle la vuelta al resultado. También es cierto que años de disputas legales permitirán a las empresas tecnológicas seguir intoxicando a sus usuarios y engordar el negocio que se trasladará a un arma más poderosa: la IA.
Ahora bien, al parecer hay miles de casos en trámite y todos con jurado. Bastaría con que 150 mil de ellos ganaran, dicen los analistas, 5,2 millones de euros para que la sanción se acercara a mil millones de dólares (750 mil millones de euros): un fascal.
Vale, siempre habrá algún “hutí”, tipo Tebas, dispuesto a estropearnos la tarde, pero, de momento, vivamos de la alegría.



