Estamos ante el arte sutil y casi místico de la política española, donde la realidad a veces se dobla y retuerce como un pretzel en una feria de pueblo. Y en el centro de este circo de tres pistas se sitúa Pedro Sánchez, el ilusionista supremo, el Houdini de la Moncloa, capaz de hacer desaparecer elefantes (y problemas) con la misma facilidad con la que un mago saca un conejo de la chistera.
Imaginemos la escena: España, con sus problemas desfilando como carrozas en un carnaval. La corrupción gubernamental, una invitada habitual en la fiesta, parece ser la banda sonora de cada ciclo electoral. Pero hete aquí que Sánchez, con una orquesta desafinada de porquería cloaquera (su mujer, su hermano, sus amigos, su gobierno), no solo no se inmuta, sino que parece encontrar en ella una fuente inagotable de “réditos electorales”. Es el colmo de la alquimia política: convertir el plomo en oro, o la controversia en votos.
¿Cómo lo consigue? Ésa es la pregunta del millón de euros, o más bien, de los millones de euros que parecen desaparecer en los vericuetos de la Administración del Estado. Es como si Sánchez tuviera un superpoder: el “olvidarium”. Un hechizo mágico que hace que la gente, de repente, piense que Adamuz es un lugar exótico de vacaciones en lugar de una tragedia con 46 muertos y decenas de heridos con visos de olvidarse, el apagón eléctrico fue una “experiencia inmersiva” pionera, y la España profunda y que no funciona a la que nos ha devuelto el sanchismo es, en realidad, un audaz experimento social de deconstrucción. La altísima corrupción existente ya no es que exista, es que es “transparencia selectiva” y la deuda externa es una “inversión en el futuro sin retorno visible o aparente”.
Pensemos en el despliegue estratégico. Mientras los titulares claman por el último escándalo que involucra a alguien cercano al poder, Sánchez, con la serenidad de un monje budista en medio de un terremoto, aparece en televisión. No para dar explicaciones, ¡qué vulgaridad! Sino para anunciar alguna medida rimbombante, un nuevo “escudo social” que, curiosamente, siempre tiene un nombre tan grandilocuente como vacío de contenido. Y la gente, hipnotizada por el brillo de la novedad, olvida rápidamente que sigue sin agua o sin luz en su casa.
Y la oposición, pobre oposición, más perdida que un pulpo en un garaje. Intentan señalar las incongruencias, las contradicciones, los elefantes en la habitación, pero sus voces se pierden en el estruendo de las cortinas de humo. Es como intentar debatir con una batidora: mucho ruido, muchas cuchillas girando, pero al final, solo queda un batido homogéneo de ruido, sin sustancia.
La “porquería” de la que hablamos, esa amalgama de nepotismo, clientelismo y amiguismo, se convierte en una especie de pócima mágica. Lejos de ser un veneno, es un elixir que revitaliza las arcas electorales del sanchismo. ¿Su mujer implicada en un asunto turbio? ¡Un ataque a la vida privada! ¿Su hermano en un puesto dudoso? ¡Un hermano orgulloso! ¿Sus amigos disfrutando de las mieles del poder? ¡Leales colaboradores! El manual de instrucciones es simple: negarlo todo, victimizarse un poco, y luego culpar a la “ultraderecha” o a los “poderes fácticos” de una conspiración cósmica.
Es un juego de espejos, una ilusión óptica. Mientras el foco está en la “corrupción ambiental” que rodea al presidente, los problemas reales, los que afectan la vida de la gente común, se desvanecen en la penumbra. La economía, las pensiones, la sanidad, la educación… Son como las cartas de una baraja que Sánchez reparte con una habilidad asombrosa, siempre sacando el as de bastos cuando menos te lo esperas para desviar la atención.
Así que, la próxima vez que escuchemos hablar de los “réditos electorales” de Pedro Sánchez no debemos verlo como un político convencional. Hay que observarlo como un prestidigitador, un ilusionista que ha dominado el arte de hacer desaparecer los problemas mientras el público aplaude, sin darse cuenta de que el conejo sigue en la chistera, y la “porquería” sigue ahí, solo que, por arte de magia, se ha vuelto invisible para una buena parte del electorado. Y es que, en política, la memoria es un músculo que, a veces, parece atrofiarse misteriosamente.



