El WhatsApp para el que se lo trabaja

Esta semana ha dado de sí. Ha nacido la era del “bono”; hemos decidido un regalo público de cumpleaños de cuatrocientos euros para los que cumplan dieciocho años; los de Podemos se han sumergido en un frente, no se sabe si amplio o estrecho, y cosas por el estilo. Todo daría para análisis sesudos.

Pero es viernes. Y como llevan ustedes con el cronista más viernes que con el bono sabrán que el jefe de la Clicktertulia, Don Juan Ignacio Ocaña, nos tiene dicho que los viernes nada de cosas sesudas. Los CEO de la radio están de acuerdo, ayer incluso nos ofrecieron una sopa de caracol. (Rían, rían…).

O sea que, por fortuna, los viernes podemos hablar de lo que importa.

Fue a las cinco de la tarde. Seis horas, interminables, seis, sin Facebook, sin poder mandar mensajes, es más, haciendo postureo que no pudimos dar a conocer al mundo,

Facebook, no sabes como la interrupción de sus redes, especialmente de mensajería. Ha sido una cuestión de vida o muerte.

Ha habido gente que ha tenido que usar el SMS, sin recordar donde estaba eso. Incluso no han tenido más remedio que hablar con la suegra o kool hacer tertulia con el paki de la esquina. Facebook nos has dejado sin salvavidas y eso no te lo perdonaremos.

Ya nos hemos abierto cuenta en Signal, en Telegram y en TikTok. Antes rusos y chinos que silenciados.

Los reguladores de USA, Reino Unido o la Unión Europea han empezado a investigar a Facebook sobre prácticas anticompetitivas, su impacto en la salud mental de la infancia y sobre su efecto desestabilizador en las democracias.

Pero qué es eso comparado con el silencio al que nos habéis condenado joven, preparada y blanca muchachada, por Zukerberg comandada,

A medida que comienzan las investigaciones, debemos pensar que el apagón mundial del 4 de octubre es una advertencia sobre los peligros que conlleva acumular las vidas y los medios de subsistencia de millones de personas en un solo gigante tecnológico

La interrupción de Facebook fue aterradora. El apagón no era de la red social, era el apagón del mundo conocido.

La promesa de Facebook, que nos creímos, era la de conectar permanentemente al mundo.

Desde la telemedicina a la asistencia remota, desde la pizza al Cabify, desde el “llego tarde, no me esperes” al silencio del chat de las mamákools del cole. Todo paralizado; mientras ustedes se preocupaban de sus memes sobre Puigdemont, el mundo se hundía bajo sus pies.

WhatsApp es para mucha gente en el mundo mucho más que una plataforma de mensajería: es su principal vía para generar ingresos y buscar servicios y de emergencia.

Especialmente, allí donde hay una conexión gratuita a Internet limitada y donde los servicios de telefonía móvil aún no están disponibles o sigue siendo prohibitivamente caro.

Pero cuando los servidores de Facebook fallaron el 4 de octubre, quedó claro que esos puntos brillantes escondían graves peligros.

La cacofonía de tonos de llamada se quedó en silencio, que estrés para la mayoría y que drama para muchos: la red es ya una herramienta comercial fundamental; millones se han perdido.

Desde las barriadas a los desiertos, fuimos desarmados, como en la peor de las guerras, reducidos a la penosa condición de quien mendiga un mensaje.

Una crisis emocional recorrió el mundo: ya no sabes si te quiere o si te hará la cena. El modelito que te ha salido tan caro no lo verá nadie, ya no sabes que será de tu ocurrente meme, ni Peregrino Mundo, ya te vale Whatsapp, podrá enviar el blog a sus generosos lectores y lectoras.

Aún es peor, ya no sabes si quedan seguidores. Qué haremos sin haters, al fin y al cabo, esa gente es una solución para nuestro propio odio

Estimadas amigas y amigos, ahora sabemos que Facebook es realmente un monopolio. El gigante de las redes sociales está jugando un juego peligroso en sus continuos intentos de afianzar su abrumador dominio en el espacio de la mensajería móvil.

Tanto regular y regulan todo menos lo que importa. Y nosotros y nosotras condenados al silencio,

Hagamos algo, reclamemos a Facebook, saquen de los armarios sus banderas y aperos de las viejas reivindicaciones: el guasap es para el que se lo trabaja, gritemos en manifestación, exijamos un bono para mensajería.

 

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