En un momento de nuestra historia, el hombre blanco que vivía en el balneario europeo decidió aceptar que la verdad pasaba a ser un algoritmo y la estadística del posicionamiento que venía del lejano oeste. Durante un tiempo fuimos felices. Pero, amigos y amigas, perded toda esperanza: los tiempos en que la libertad y el conocimiento residían en la Wikipedia no volverán.
Ya en 2015 se cerró el círculo del algoritmo sobre Europa (el final del desarrollo de la nube dejó los dos tercios del mercado europeo en manos de los monopolistas del oeste americano). Desde la pandemia, somos cautivos de estas plataformas. En 20 años, Europa ha perdido su autonomía digital, ha cedido el paso a sesgos culturales que no nos son propios.
Vivimos ya en tiempos de “tecnocesarismo”. Los oligarcas de la tecnología, con vocación monopolista, se encargan de llenar la máquina de algoritmos con sesgos que permitan ocultar la verdad, agrandar la polarización, hacernos vivir en una isla donde no valen las reglas de la democracia y amenazar a países y continentes con retirar sus ingentes inversiones (IA, Centros de datos…) si se atreven a regular su poder.
Los autócratas lo tienen más fácil: cancelan al disidente, financian a los amigos, condenan la libertad de expresión. Logran influencia con la amenaza de la publicidad, hacen negocios turbios, investigan medios, organizan la “damnatio memoriae” (el olvido por decreto), el borrado de la mayoría, dividiéndonos en miles de identidades.
Europa se resiste con las únicas armas que ha sido capaz de construir. Ante la imposibilidad política de imponer un impuesto digital real, Bruselas usa las armas que sí domina; regulación y sanciones basadas en la competencia. Detrás de esto hay un problema más profundo: la UE no ha sabido construir un entorno que permita que surjan empresas tecnológicas propias, sofocando la economía de escala antes de que exista. El despertar que parece observarse en pequeños brotes es, quizá, demasiado lenta.
¿La estrategia que ha permitido sobrevivir a la Unión Europea, puede mantenerse? Pero lo que es más importante, ¿puede mantenerse cuando acaba de romperse unilateralmente el acuerdo atlántico? ¿Cuándo los monopolistas de algoritmos anuncian la intervención política en Europa? ¿Cuándo coinciden, por cierto, con los intereses rusos, con mercados cerrados a los oligarcas de la tecnología? ¿Cuando se nos amenaza con el imperio del lejano oeste?
La respuesta es evidente: No. Europa se ve enfrentada a construir rápidamente su “autonomía estratégica”: eso significa seguridad, inteligencia artificial y contener los efectos de un nuevo invitado: el invierno demográfico. La autonomía es estratégica, es deseable. Pero aquí surgen, de nuevo, dos preguntas inquietantes: ¿Estamos a tiempo de salir del lejano oeste? ¿Estamos de acuerdo en el objetivo?
Tenemos un serio problema político: los señalados contenidos de la “autonomía estratégica” requieren un despliegue de recursos extraordinario. Cuáles son los costes, y cómo se reparten son preguntas que la ciudadanía europea formula de manera inquietante a la Comisión Europea, que asusta a la clase media y radicaliza a amplios sectores sociales. Las experiencias de la obsesiva furia verde, el encarecimiento de la energía, renunciando a lo que no sea sol y gas, por ejemplo, en Alemania, ha creado una distancia con las decisiones políticas más que notables, una radicalidad social.
La seguridad y la necesaria inversión en IA, por no hablar de los costes de la crisis demográfica y su incidencia fiscal, conducen a dos palancas económicas que alarman a las clases medias (si es que alguna queda) y a los sectores más informados: los impuestos y el endeudamiento, en un contexto de crisis de los sistemas de pensiones.
En este marco, existe también una división entre miembros de la Unión Europea. Entre quienes prefieren una base nacional (imposible para la autonomía estratégica de las decisiones) y los que quieren reforzar el federalismo.
Y, en el contexto de las presiones americanas y rusas, entre quienes desean avanzar en la “autonomía estratégica”, esquivando presiones, políticas y tecnológicas, y aquellos que tratan de contener represalias comprando las narrativas que buscan interceder en las decisiones comunitarias. O quien busca alianzas con un tercero, saben de qué hablo
Hay un consenso, eso sí, generalizado en la dirección de apostar por la IA, hay quien defiende el código abierto. Sea ésta o no la respuesta, lo que parece evidente es que mis nietos necesitan que, en el futuro, cuando ya no haya boomers que, naturalmente, se den la vida cañón, pueda haber una soberanía digital europea, una capacidad de construir seguridad.
Se puede salir del oeste. Se necesitarán sacrificios y recursos. Lo que es evidente es que esto no se producirá si no existe una estrategia clara a largo plazo de reparto de costes y no se insiste en esta especie de “economía del decrecimiento”, en el que la cultura de la corrección, propia de los balnearios, y la ensoñación del inexistente paraíso nos ha metido.



