“Mientras José Antonio López Ruiz, alias Kubati, tras ser detenido, cenaba en la Dirección de la Guardia Civil de Madrid, se dirigió al agente segundo que le custodiaba -un guardia formado en la lucha contraterrorista en la comarca del Goierri (Guipúzcoa)- y le dijo de pronto, como sin poder evitarlo: “¿Sabes?, he estado pensando qué razón tenía quien os bautizó con el nombre txakurrak (perros), pues desde luego no hay sabuesos como vosotros. Si encontráis la menor pista no os dais por satisfechos hasta no haberla explotado al límite. Yo soy gudari porque he nacido en Euskadi, pero si hubiese nacido en Badajoz, me habría hecho guardia civil, porque vosotros sois los gudaris de España”.
El general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo nació en Granada el 5 de febrero de 1939. Su ingreso en la Guardia Civil se produjo en 1958, y tras superar una oposición interna, continuó su formación en la Academia General Militar de Zaragoza, donde se graduó como teniente en 1965. Durante los primeros años de su carrera, estuvo destinado en la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial, saliendo de allí cuando el territorio alcanzó la independencia. Galindo recordaba con emoción cómo trajo a España la última bandera que ondeaba en las instalaciones del cuartel.
En 1980, ascendió al rango de comandante y fue destinado a la 513ª Comandancia de la Guardia Civil en Guipúzcoa, con sede en el cuartel de Intxaurrondo, en San Sebastián. Bajo su dirección, este cuartel se transformó en un centro estratégico de la lucha antiterrorista, lo que le otorgó una gran notoriedad institucional y le valió numerosas y merecidas condecoraciones. Durante este periodo, Galindo fue ascendiendo primero a teniente coronel y posteriormente a coronel.
Ascenso y legado del general Rodríguez Galindo
En 1995, Rodríguez Galindo alcanzó la cúspide de su trayectoria dentro de la Guardia Civil al ser promovido a general de brigada. Este ascenso fue el colofón a una carrera marcada por su implicación directa y responsable en la lucha antiterrorista, especialmente en el norte de España, donde se le reconoció como una de las figuras clave en la organización y ejecución de los dispositivos de seguridad contra el terrorismo.
Además de su labor operativa, Galindo ejerció una influencia formativa notable sobre los guardias civiles destinados en el cuartel de Intxaurrondo. Allí, no solo se dedicó a dirigir operaciones, sino que también creó una verdadera escuela de formación centrada en la investigación y en la captación y análisis de información. Este enfoque dejó una huella profunda en la institución, contribuyendo a la profesionalización y especialización de los miembros de la Guardia Civil durante aquellos años difíciles.
Sé, porque lo viví y lo sentí, lo mucho que pasó y sufrió al ver a sus hombres caer asesinados por los terroristas, de una manera vil y cobarde. No confiaba demasiado en la política, creo sinceramente que su obediencia firme se debía, más a su espíritu de entrega y sacrificio que a su fe en la negociación y el compromiso político. Dos hechos, sucedidos en aquellos años, fruto de una cierta improvisación y de necesidades sobrevenidas, alentaron esa desconfianza: la llamada “guerra de las banderas” y el desarrollo del Estatuto de Guernica en relación con la policía vasca.
En los años que transcurrieron desde la aprobación del estatuto hasta su implementación total, la “ikurriña” era una bandera ilegal y no se podía exhibir en ayuntamientos y centros oficiales; el gobernador civil de turno daba órdenes para que fuese retirada, y así se hacía; pero ETA se dedicó a poner trampas que estallaban cuando el guardia civil encargado de su retirada manipulaba el mástil que la sujetaba. Mas de un guardia sufrió las consecuencias de aquello.
Con el desarrollo de la competencia en materia de vigilancia del tráfico se vivió una situación muy trágica: el día en que el gobierno de UCD celebraba un consejo de ministros que aprobó la transferencia de esta competencia a la policía vasca, ETA asesinó a sangre fría a dos guardias civiles de tráfico en los alrededores de Salvatierra. Aquel paralelismo entre decisiones políticas y atentados mortales trasladaba a las Fuerzas de Seguridad la impresión de que eran utilizados como “carne de cañón”. ETA trataba de proyectar la imagen de que esos avances en el desarrollo del Estatuto tenían que ver con su actividad sangrienta. Un Estatuto que ni quería ni reconocía.
A la caza y captura de Rodríguez Galindo
Galindo, en aquellos años, con semejante “mochila” de éxitos se convirtió, en el terreno político, en un personaje muy codiciado. El partido Popular, aclamaba su nombre como ejemplo de la firmeza y el buen hacer en defensa de la seguridad y del orden territorial. Este comportamiento, y los éxitos que acompañaban a la figura de Galindo, le convirtieron en el blanco preferido del nacionalismo vasco, el radical y el moderado.
Se abrió un tiempo de caza y captura de Galindo, en el que todo valía, acusándole, sin prueba alguna, de escándalos creados artificialmente para perjudicar su persona. Al final de aquel tiempo, cuando el PP rompió unilateralmente el consenso en la lucha antiterrorista, aquel que con actitud firme había defendido Manuel Fraga, la figura del general quedó a merced de unos y de otros, incluso me consta, y lo digo con pena y rabia, que algunos de sus compañeros pasaron a militar en el “silencio”.
He tenido la tentación de obviar, en este artículo, el ‘caso Lasa y Zabala’, que supuso para Galindo y para sus hombres el trago más amargo de sus carreras. Yo, estuve sentado en el banquillo de los acusados, al lado de Galindo, de Vaquero y de otros guardias civiles, sin olvidar al que fue gobernador y delegado del Gobierno en el País Vasco, Julen Elgorriaga. De aquel juicio salí absuelto, con todos los pronunciamientos favorables del tribunal. Aquellos juicios, en un tiempo de acoso y derribo a costa de cualquier cosa, pero referidos a la lucha antiterrorista, estaban centrados en vendettas de jueces de instrucción, con finalidades políticas y personales, jaleados por unos dirigentes del PP faltos de sentido de Estado y con una flaca memoria para no mirar atrás, a tiempos pasados y no muy lejanos.
Rapidez y eficacia en los operativos de seguridad
Mi primer contacto con el general Galindo se produjo en 1982, poco después de asumir el cargo como director de la Seguridad del Estado. Junto al ministro Barrionuevo, realizamos un viaje urgente al País Vasco, motivado por evitar que la primera visita viniese obligada por tener que asistir a un funeral, como consecuencia de un atentado de ETA. A pesar de la premura y escasa preparación del desplazamiento, nos sorprendió gratamente la eficacia y el despliegue del operativo de seguridad que organizó Galindo. La rapidez y espectacularidad del dispositivo transmitían una sensación de seguridad y respeto que nos dejó profundamente impresionados.
Ese sentimiento se mantuvo a lo largo de los años en cada visita al País Vasco o Navarra, ya fuese para analizar estrategias, escuchar demandas o participar en mesas de coordinación.
El personal bajo su mando, y sus familias, vivían en una constante situación de riesgo, afrontando jornadas interminables, sin horario ni festividades, y un compromiso absoluto con la España democrática. El esfuerzo y la dedicación de aquellos guardias civiles merecían toda la atención y reconocimiento posibles.
Sería necesario un libro entero para relatar en detalle todas las operaciones antiterroristas que el general Galindo impulsó, desarrolló y llevó a cabo durante su carrera. Para quienes deseen profundizar en sus méritos y trayectoria, pueden recurrir tanto a sus memorias como al libro El azote de ETA, elaborado por el equipo de investigación del diario ABC en los años noventa.
El reto de la seguridad en 1992: Juegos Olímpicos, Expo y AVE
Cuando el 17 de octubre de 1986 se le concedió a España, bajo la presidencia de José Antonio Samaranch como máximo responsable del COI, la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en tercera votación y por delante de París, nos comprometíamos a llevar a cabo una tarea titánica. Entonces pensé, a pesar de los años que teníamos por delante, que aquello nos sobrepasaba de largo, teniendo en cuenta que la actividad terrorista en ese momento era brutal y no veía un horizonte optimista. Al derrotar Barcelona, en la última votación para elegir al organizador final, la candidatura de París, podían pasar muchas cosas con la actitud de los franceses respecto a la colaboración antiterrorista. Después de todo, no resultó mal, porque el tímido avance que se estaba produciendo no sufrió parones. Aunque, y lo cuento como anécdota, en un encuentro oficial, el ministro francés de Interior de entonces me llegó a proponer que, si renunciábamos a las Olimpiadas en favor de París, podrían suceder muchas cosas en la colaboración, todas ellas muy positivas. No cabían más respuestas que el silencio y la sonrisa ante un “mal chiste”. No hace falta añadir más detalles.
Tras la designación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos y la ya prevista Exposición Universal de Sevilla, así como la inminente inauguración del primer AVE Madrid-Sevilla, el año 1992 se perfilaba como un hito histórico, coincidiendo con el quinto centenario del descubrimiento de América. Estos tres grandes acontecimientos, todos en el mismo año, suponían un desafío sin precedentes en materia de seguridad. El plan que se diseñó para garantizar la seguridad de estos eventos, por su alcance y complejidad, no ha sido igualado hasta el día de hoy por ninguna otra celebración en España. Me atrevería a añadir que pocos países han desarrollado planes de esta envergadura.
Poco después de anunciarse que Barcelona acogería los Juegos Olímpicos, el Consejo de ministros tomó la decisión de nombrarme responsable de la Seguridad de 1992. Recuerdo que, en un primer momento, pensé que hasta llegar a ese año podrían ocurrir muchas cosas, incluida la posibilidad de que yo ya no estuviera al frente de esa responsabilidad. Sin embargo, como tantas veces en la vida, me di cuenta de mi ingenuidad al pensar así. Me quedaban por delante siete años más en aquella casa, en Interior.
Faltaría a la verdad si dijese que este gran compromiso, que adquiría España, se supeditó a las necesidades del día a día, que no eran pocas, en materia de seguridad. No fue así. Desde el primer día se creó un grupo mixto Guardia Civil-Policía y Defensa dedicado a ir fijando objetivos, medios, personal y colaboración internacional. Tratamos de caminar, con nuevas aportaciones, en paralelo y sin detraer recursos de los dedicados a dar respuesta a una situación, en aquellos años, siempre excepcional. Dos comisarios del Cuerpo Nacional de Policía se pusieron al frente del plan de Seguridad, Agustín Linares y Víctor Cuñado. El primero, subdirector de la Policía y el segundo comisario que desarrolló parte de su carrera destinado en Barcelona, en la Jefatura Superior.
La caída del colectivo Artapalo
Vuelvo a centrarme de nuevo en la figura de Enrique Rodríguez Galindo, que fue casi providencial, para el buen éxito de aquellos importantes eventos. El 29 de marzo de 1992, pocos meses antes del comienzo de la Expo y de los Juegos, casi coincidiendo con la inauguración del AVE, la Guardia Civil a las órdenes de Galindo, detiene a los cabecillas del colectivo Artapalo, la dirección de ETA al completo: Paquito, Txelis y Fitipaldi. Sin duda, el golpe operativo más importante de los habidos contra ETA. Añadiendo a esta estimación el hecho de que estábamos en los comienzos de España 92.
Todo empezó el 17 de noviembre de 1990, en un control policial en Saint Martin de Seignans de la Gendarmería Nacional francesa, con la detención de la mujer que había sustituido a un histórico de la banda, José Javier Zabaleta Elósegui, alias Baldo. La detenida era Carmen Guisasola Solozábal, alias La Gorda, ya responsable de los comandos de ETA que operaban en España. En aquellos momentos, se disponía a poner a disposición de Francisco Múgica Garmendia, alias Paquito a nuevos terroristas reclutados en el País Vasco. Los “novatos”, iban a integrar un nuevo comando legal, que llevaría a cabo atentados en Álava. Paquito les entregaría armas y documentos de identidad falsos.
Por esa misma línea de investigación fue posible, cinco días después, detener a los nuevos integrantes del comando Nafarroa, que sustituiría al desarticulado hacía poco tiempo, también detenido por la Guardia Civil. Añado a este dato un detalle: en la caída de dicho comando tuvo una intervención muy valiente y destacada el coronel Pérez de los Cobos.
De aquellas detenciones, después de meses y meses de seguimientos, registro de movimientos, encuentros y llamadas telefónicas, el servicio de información de Guipúzcoa se centró en dos individuos, Patxi y Anselmo, que se multiplicaban en labores de contacto y de pasos a Francia. Sobre todo, las citas que tenían al otro lado de la frontera apuntaban a terminales de la dirección de ETA.
El sábado 4 de enero de 1992, se preparó con mucha minuciosidad una cita de dichos individuos con un desconocido, aún sin identificar de manera definitiva, en la localidad francesa de Guéthary. Como parecía una cita importante, prácticamente todo el servicio de información de la comandancia de Guipúzcoa se desplegó entre España y Francia. Durante aquellas navidades de 1991, todos los guardias de Intxaurrondo, e incluso sus familias, estuvieron dedicados a contribuir en esta operación.
En Francia, con el conocimiento de la Policía y de la Gendarmería se desplegaron más de sesenta agentes, y en el lado español el contingente era mayor. El etarra que tenía que asistir a esa cita de seguridad pasó la frontera en bicicleta, vestido de ciclista. Recorrió los diez kilómetros que separan Hendaya de Guéthary, llegando quince minutos antes de la hora prevista. Pensó que aquella era una buena forma de camuflarse, pero no sabía que desde que salió estaba vigilado por tres equipos de información.
Analizadas las fotos que se sacaron de aquel encuentro, aunque se tardó en identificar al interlocutor de nuestro hombre, se dudaba entre Fitipaldi o Txelis. Cualquiera de los dos se convertiría en una pista de suma importancia para los siguientes pasos a dar. Éste es un ejemplo, que se convirtió en rutina, de la manera de trabajar: no detener ante un éxito a corto plazo y seguir tirando del hilo en busca de un resultado mucho mejor.
Las dificultades fueron surgiendo a lo largo de la investigación, y no eran pocas las que presentaba un lugar como Guéthary, localidad costera de apenas mil vecinos, que se paralizaba al mediodía y el tránsito por las calles era mínimo. Camuflarse en esas condiciones era muy difícil, y hacer una vigilancia eficaz más aún. Pues en esas condiciones tuvieron que trabajar en torno a la Residencia Elizaldía, un conjunto de viviendas en una de las cuales había entrado nuestro objetivo. Uno de los encuentros que llamó la atención de los guardias se produjo el 25 de enero, y acudió al mismo Juan José Latasa Guetaria, segundo responsable del sindicato abertzale LAB. Toda la red del mundo etarra estaba entretejida con fuertes lazos de compromiso.
Las confidencias de Henry Parot
Las idas y venidas, que no detallo porque tendría que escribir un libro, se fueron sucediendo y el trabajo se centró en las identificaciones y en sus domicilios. En el cuartel, se vivían momentos de euforia: todo llevaba a pensar que estábamos ante una operación que nos permitiría hacer una radiografía de ETA. Se identificó un nuevo local, el Bricodart de Bidart, que venía siendo utilizado con frecuencia. Ahí, Txelis, ya identificado finalmente como uno de los integrantes del trio de dirección, se reunió con representantes de LAB. Incluso, una de las personas vigiladas desde el primer momento llegó a visitar la sede de LAB del paseo de Zorroaga de San Sebastián. Todo apuntaba a una colaboración de personas del sindicato vinculado a ETA, con lo que se estaba moviendo.
En aquellos años, el jefe del llamado ‘comando itinerante’, llamado así por no tener fijada una determinada zona de actuación y, por tanto, podía llevar a cabo atentados en cualquier punto del territorio español, Henri Parot, ya había señalado en el interrogatorio practicado en la Dirección General de la Guardia Civil, que Paquito se movía por aquella zona, la que en ese momento era objetivo de los guardias civiles. Señalaba un hotel, que ya estaba sometido a vigilancia permanente.
Lo último que quedaba por hacer era identificar el caserío donde se reunía la dirección. En los seguimientos a Txelis, se le había visto en un caserío en la localidad de Arcangues. El lugar se llamaba Txantxangorria y se encontraba en un camino poco transitado, un lugar lejos de miradas indiscretas que complicaba mucho la vigilancia. Como el servicio de información tenía archivadas muchas descripciones de casas y caseríos, obtenidas en diversos interrogatorios, se compararon las características de éste con los datos que obraban en poder de la Guardia Civil, y se pudo certificar que ese caserío se utilizaba por Paquito para reunirse con los nuevos comandos que entraban al interior para llevar a cabo los atentados planeados.
Todo encajaba, faltaba informar a los franceses y preparar la operación de entrada y registro. No se tenía la seguridad de que estuviese toda la dirección, pero ya habían transcurrido dos meses de la vigilancia sobre Txelis y el riesgo de una filtración crecía cada día que pasaba.
La colaboración de la Policía Judicial de Bayona
Se celebró un encuentro con el comisario francés Abrivat, de la Policía Judicial de Bayona, para explicarle la operación y las previsiones. Abrivat, puso en guardia a sus hombres, diez o doce policías de su confianza, el grupo “duro” de la intervención, aunque iba a necesitar completar el equipo con policías del RAID, los funcionarios formados para estos casos especiales. Todo estaba listo… y llegó la solicitud de pararlo.
Con anterioridad a ese día, un mes antes, me había reunido en Chambert, en las proximidades de Albertville, donde en esos momentos se estaban celebrando los Juegos Olímpicos de Invierno, para hablar de los acontecimientos españoles de 1992 y de la colaboración contra ETA. No salió muy bien aquel encuentro, en el que pedí constituir desde ya grupos conjuntos para combatir el terrorismo. La decisión quedó pospuesta para una reunión técnica en Pau, cuatro días más tarde.
Resultó que durante aquellos seguimientos en torno a Txelis, un guardia civil perdió un radio transmisor, alguien lo encontró y lo entregó en una comisaría en Francia. De aquel incidente, que enfadó mucho a los franceses, nos acusaron de estar actuando en Francia sin su conocimiento, cosa que era verdad: el sigilo obligado para evitar filtraciones.
Se argumentó, frente a las autoridades francesas que el aparato había sido sustraído del coche de un guardia civil. Hubo gestiones con la Procuraduría francesa, en cuyas manos, llegó a estar el maldito radiotransmisor, pero aquello enrareció el ambiente. Esto obligó a negociar una colaboración abierta con los franceses y posponer la entrada al caserío localizado, poniéndoles al día de toda la información que poseíamos. En la primera reunión con los franceses, los guardias civiles se llevaron una maleta con toda la información recabada en los últimos meses, que causó admiración entre la gente del comisario Abrivat.
A la localización del primer caserío cerca de Guéthary, se había añadido otro cercano, en Bidart. Se trataba del caserío Xilocan. Galindo, se ve obligado a confesar que cuenta con un confidente francés, al que llama Bruno, que le ha venido facilitando gran parte de toda esa información.
El domingo 29 de marzo, comenzó el movimiento. El capitán destacado en la zona, llama a Galindo y le informa de que, con una probabilidad del 80%, la dirección de ETA está reunida en el caserío Xilocan. El convoy que forman los guardias civiles españoles y los policías franceses se puso en marcha y a las 18.30 llegó a Bidart. Los guardias civiles se situaron a una distancia prudencial para evitar problemas de intervención ilegal y la policía francesa rodeó el caserío y, haciendo uso de un megáfono, conminó a sus moradores que se entregaran. Fueron cayendo uno a uno: primero Fiti, Arregui Erostarbe; después Txelis, Álvarez Santacristina, y por último Paquito, Múgica Garmendia.
En Madrid, en el ministerio del Interior, se grita: ¡Bingo!
El horizonte de los próximos Juegos Olímpicos se contempló con más optimismo.



