La coherencia de Pablo Iglesias

No es que los políticos se distingan precisamente por su coherencia, pues suelen decir una cosa y hacer otra bien distinta.

En eso, mírese por dónde, también es diferente Pablo Iglesias de sus congéneres, pues él nunca ha prometido gobernar para todos los españoles ni otras pamemas por el estilo. Desde sus inicios, él ha dicho que quería el poder para poner las cosas patas arriba, es decir, acabar con esta democracia que él ha afirmado a bombo y platillo que no es plena y casi ni democrática.

Es decir, que él no está para gobernar sino para destruir el Estado de derecho y, desde dentro, además, pues para algo está en el Consejo de Ministros. Por eso no le importan los desacuerdos y la falta de cohesión del Gabinete, asunto que ni le va ni le viene, como tampoco le importa perder un voto más o menos en las elecciones porque su poder no depende de la voluntad popular sino de la demagogia y del amedrentamiento de los adversarios políticos.

Por eso, y porque se sabe imprescindible para Pedro Sánchez, aunque le dé la murga un día sí y otro también con sus actuaciones esperpénticas. Diga lo que diga y haga lo que haga seguirá dentro de un Gobierno que lo necesita, arrancando a dentelladas trozos de independencia de las instituciones del Estado, incluyendo los medios de comunicación que aún no controla. Si en su día no tuvo empacho alguno en irse desembarazando de todos sus amigos que podrían hacerle sombra en el partido creado a su imagen y semejanza, ¿por qué habrían de importarle ahora las críticas de sus enemigos ni los resultados electorales, por adversos que éstos sean?

Esa coherencia con su intención de derruir las instituciones democráticas heredadas —del franquismo, según él— le lleva a estar cómodo en sus discusiones con los compañeros de Gabinete y hasta con episodios como los recientes actos de vandalismo y violencia callejera en varias ciudades, que por supuesto no ha condenado en ningún momento ya que son parte sustancial de su acerbo doctrinario.

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