La del reemplazo nazi y su menteplanismo

Es posible enfrentarse a la estupidez, a la intolerancia y al fanatismo. Es costoso, pero posible, hacerlo por separado. Pero, ¿qué hacer si se presentan a la vez? Es grande la tentación de escapar, eso ayudaría a mantener nuestro equilibrio mental. Pero, lamentablemente, nos vemos obligados a poner pie en pared; en algún momento hemos de decir, se acabó, camarada, pasas a las páginas oscuras de la historia.

Ocurrió este sábado 31, en Zaragoza, se defendió en el acto de Podemos la teoría del reemplazo. Aquellos que no le gustan a la imbécil correspondiente deberán ser reemplazados por personas “chinas, racializadas y marronas” que, naturalmente, serán nacionalizadas y podrán votar a lo que ella dice representar. Es posible, lo decía hace pocos días, compatibilizar notoriedad y mediocridad.

La señora protagonista ha citado “la teoría del reemplazo”. La izquierda sufrió en sus carnes ideológicas la tolerancia hacia la rusificación soviética. Y la humanidad, la siguiente vez que escuchó hablar de reemplazo, se vio en la vergüenza de Auschwitz. Reemplazar etnias es lo que tiene: es de puro nazi. Ha esto ha llegado este enloquecido personal.

Podríamos ignorar el grito de taberna que la protagonista nos ha dedicado. Al fin y al cabo, pertenece al pasado político. Pero la nazi que nos ha caído en suerte es un cargo público, una eurodiputada, que nos ha regalado un delito de odio en plena campaña electoral aragonesa.

La nazi imbécil es, además, ignorante. No me refiero al asunto alfabético, aunque debería, persona tan relevante para el porvenir de la humanidad, cuidarse. La palabra “marrona” no existe: “hay adjetivos… de una sola terminación como “marrón, azul o imbécil”, lo ha dicha la RAE, en declaración pública. Por otro lado, en español, esto lo digo yo, el sufijo “ona” no muestra género, sino que es un sufijo aumentativo, intensivo y, en muchas ocasiones, despectivo. Se aprende en la escuela.

Pero no es ésa la mayor ignorancia que revela el contenido de la frase. Lo importante, a más del sesgo ideológico, es la ignorancia política que revela. Cómo el dogmatismo ha podido al análisis de la realidad. En primer lugar, las personas que se beneficiarán de la regularización no serán las que indica la frase sino, fundamentalmente, hispano y latinoamericanas. En segundo lugar, los procesos de naturalización y nacionalización están regulados en el código civil y requieren plazos muy largos. No les dará tiempo a votarle.

La señora de marras venía con unos antecedentes magníficos: impulsó el borrado de las mujeres, para sustituirlas por improbables identidades; sacó de la cárcel a maltratadores por radical impericia política y jurídica; contrató venalmente a los de las pulseras que nunca funcionaron y, ahora, nos propone reemplazar a los nacionales por migraciones nacionalizadas que, naturalmente, le votarán a ella. Un favor que le ha hecho a la izquierda.

¿Por qué? Por pura supervivencia política. Mientras el líder se dedica a Trump, a Marte y a Musk y a cantar sobre las calles de Minneapolis, más interesantes que las de Adamuz, ella necesita la radicalización para parecer que lidera algo, una polarización que le haga útil. El grito en el barrio de Las Delicias zaragozano es solo una expresión nazi de puro “menteplanismo”: alentar el miedo y refugiarse en la simpleza del dogma y las teorías mágicas. El “menteplanismo” es solo un reflejo de la “estupidez natural”.

Ése es el drama para la izquierda, para todos los actores realmente existentes: creer que no hay otra forma de ganarle a la derecha que una polarización defensiva, convirtiendo en fascismo a todo lo que se mueve, incluso legitimando cualquier forma de violencia. Lo que supone una supina ignorancia de lo que es el fascismo.

Si entendemos que el único éxito es poner un muro para mantener gobiernos, el camino de la búsqueda obsesiva del enemigo y su reemplazo quizá le resulte adecuado a quien aspira a autócrata. Pero si el éxito se refiere al bienestar de las mayorías sociales, la cohesión social, la confianza, ese liderazgo será un desastre. Eso es lo que está pasando y lo que la ceguera del “menteplanismo” no deja ver. Ese relato, el del reemplazo, solo genera desconfianza institucional, alejamiento de la política y desaparición de la izquierda.

La compulsiva medida adoptada no ha sido explicada. Ni en sus aspectos positivos, ni en sus presiones sobre el estado de bienestar ni en las medidas que deben acompañarla. Tampoco si la definición de regulación no vinculada al trabajo y a obligaciones, prescriptora solo de derechos, es la adecuada.

Como ya he escrito aquí, la medida incluye una falacia de atribución: ellos son la humanidad, los que pedimos (no negamos) reflexión somos fachas. Labordeta lo hubiera dicho mejor que yo: “¡A la mierda”! Todo el mundo conoce mi contradictoria relación con Julio Anguita, dedico a todo el “menteplanismo” nazi las palabras de aquél a quien convirtieron en icono: expresado con una forma que personalmente no comparto, se refería a la izquierda de la regulación controlada de los procesos migratorios.

Decía Anguita: “¿Usted cree que cualquier país europeo, especialmente el nuestro, puede decir: venid todos los que queráis?. Venga, ¡que los buenistas lo digan! ¿Millones? Compañeros del buenismo, ¿pueden venir millones? Enfrentaos a ese hecho. Aportaré otro dato que parece que no incide, pero sí. En el año 2050, Alemania tendrá ochenta y tantos millones de habitantes y el 70% de ellos serán de edad avanzada. Etiopía va a tener lo mismo y el 65% tiene menos de 35 años.… Lo que está pasando aquí ya ha pasado en la historia de la humanidad…

“A los buenistas les planteo el problema: decimos a todo el que venga que se quede ¿si o no? Primero hay que atender… hay que empezar a presionar… para que al desarrollar…, ya no tengan que venir… Yo no puedo ignorar la magnitud del problema porque puedan llamarme racista. No. ¡Vamos a dejarnos de historias!” (Escrivá, Á. Entrevista a Julio Anguita. 9 octubre 2018. El Mundo).

La alternativa a esta reflexión, en realidad, es la que anima a la “izquierda parda” (izquierdistas con tintes xenófobos) que empieza a moverse por Europa. Ésta es otra de las consecuencias del absurdo y patético folclore político reaccionario en que el populismo ha convertido a la izquierda. La nazi del reemplazo volvió a convertir las Delicias en lo que habíamos olvidado: angustia y cemento. El miedo a ser perseguidos por ideas, por piel, por lo que sea. Hagamos que, de verdad, sea el pasado.

 

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