La República pasmada

¡Oh, mon Dieu, la France des valeurs n`existe pas; elle a volé ou a eté volé! Probablemente, han ganado las distintas versiones de los chalecos amarillos. Ni siquiera la disciplina republicana, que viene a ser como el cinturón sanitario, pero en fino, sería suficiente para evitarlo: la derecha, el socialismo y el comunismo se fueron al “basurero de la historia” (la venganza de Trostki es siempre larga). Macron estaría más bien solo con la ciudadanía.

Macron, liberal los días pares, progre los impares, ha salvado los muebles. El último político bailarín, de los que hablaba Kundera, le saca cinco puntos a Le Pen que, no obstante, se presentará a la vuelta con doce millones de votos, los suyos y los de la otra derecha extrema. También llamarán a los republicanos conservadores que recelan del “macronismo” como mal menor.

Parece lo mismo que hace cuatro años, más no es igual. La abstención del centrismo y de la izquierda, pasa de momento del asunto del cinturón sanitario.

Los más movilizados votantes –Melenchon, populista tipo Iglesias, pero con más ego todavía- pueden considerar, como ya lo hicieron hace cuatro años que lo del mal menor no les va: hace cuatro años, un tercio del voto a Melenchon se fue a la derecha extrema.

Así que Macron que, siguiendo la tendencia de todo líder francés, se ha dedicado al mundo, tendrá que bajar al barro.

¿Qué ha pasado, se preguntan los que observaban a Francia como el paraíso de todas las religiones laicas?

Pues que ese paraíso hace años que no existe. Francia lleva más de una década haciendo trampas con sus números y su economía, solo sostenida por la tolerancia reglamentaria europea y la paciencia de Merkel, necesitada de un socio, frente al Brexit y las otras cositas en las que se lió la Unión Europea.

Ya se lo he dicho antes a ustedes: han ganado los chalecos amarillos. Los de la fracción de Le Pen y la de Melenchon, que ahí andaban ambos, del mismo modo que todo el mundo sabe que todos los camioneros y agricultores españoles movilizados son fascistas, faltaría más.

La derecha francesa no quiso o no pudo hacer reformas -las que se pedían no eran otras que las que Felipe González hizo en los ochenta- frente a una izquierda sindical y política capturada por múltiples clientelismos. (Se llegó a convocar huelga por un plus de los maquinistas de máquinas de vapor que no existían).

La izquierda caviar siguió viviendo entre Saint Michel y Saint Germain, creyendo que la plazuela del Ayuntamiento de París era el paraíso progresista, el Ayuntamiento del mundo de la izquierda mundial. Mientras Hidalgo repartía toda clase de medallas a los mitos de la izquierda, sus “banlieus” ardían, simplemente porque la Francia diversa venía a ser una mentira.

Así, la izquierda caviar dio paso a la izquierda caníbal, alimentada por el populismo de la izquierda radical francesa, incapaz de tejer unidades, que no deja de añorar los viejos privilegios de la pequeña burguesía urbana: el señor del sombrero “al estilo Delacroix”, ustedes me entenderán, del afamado cuadro.

No; no es lo mismo de hace cuatro años. Macron podrá movilizar abstencionistas, capturar a una parte del electorado de Melenchon, podrá imponer miedo a algunos votantes conservadores abstencionistas, pero va a sudar tinta.

Le Pen ha dado un giro al centro. La parte vieja del programa del Frente Nacional se la ha dejado a Zemmur -que pondrá sin condiciones dos millones de votantes a Le Pen-. Lo que hará Vox si le toca. No nos liemos con el programa de la derecha extrema: lo que quieren es hundir a la izquierda en simas electorales sin salida. Socialistas y comunistas por debajo del dos por ciento. Un éxito progresista.

Marine Le Pen ha planteado a los franceses una inteligente pregunta trampa, más “trumpiana” que fascista: ¿De verdad queréis la globalización o es preferible la civilización que nos hizo grandes?

Ella, ustedes y yo sabemos que esa “grandeur” no volverá. Una Europa envejecida, lenta y militarizada no dará para tanta gracia como en el pasado.

La izquierda se había anclado en el “postmaterialismo”, todo lo material estaba resuelto y solo nos quedaban nuevos derechos, desde el ambientalismo al subsidio general.

La izquierda francesa se volatiliza porque ese “postmaterialismo” ignora a los “banlieus”, los alejados barrios. La incapacidad de la izquierda europea para reinventarse en una sociedad compleja, que la propia izquierda ha creado, es notoria.

La República pasmada nos tiene en vilo. Hemos descubierto que hay más miedo que esperanza. No sé si sólo hablamos de Francia.

 

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