La vida entre un tren y las gafas de Macron

“Yo para todo viaje -siempre sobre la madera de mi vagón de tercera– voy ligero de equipaje. Si es de noche porque no acostumbro a dormir yo y de día por mirar los arbolitos pasar, yo no duermo nunca en el tren y, sin embargo, voy bien. Londres, Madrid, Ponferrada, tan lindas para marcharse, lo molesto es la llegada… El tren camina y camina y la máquina resuella y tose con tosferina ¡vamos como una centella!” (El tren. Antonio Machado).

Qué hermoso el viaje de Machado subido en una centella, qué desastre cuando la centella vuela en pedazos y deja sin vida a unos cuántos de los nuestros, que no merecían morir de forma tan cruel.

Los que aquí quedamos ya no viajaremos igual, siempre recordaremos a los que perdimos en Adamuz o en Gelida, como recordamos a los que viajaron en los trenes madrileños de aquel 11 de marzo o a los que se aplastaron en Angrois.

La vida nos espera de nuevo tras tan terrible paréntesis, afrontémosla, sabiendo que estamos obligados a reconstruirnos, una vez más, mientras esperamos que nos cuenten que pasó, quien dejó de mantener las vías llenas de material fatigado, quien asumirá esa responsabilidad.

Siendo viernes no hablamos de cosas sesudas, pero era inevitable recordarlo, mientras en el mundo han pasado muchas cosas esta semana. Pero hay una, señoras y señores, determinante.

Se suponía que los líderes mundiales y ejecutivos de empresas reunidos en Davos discutirían de la crisis geopolítica más compleja y alarmante que cualquiera pueda recordar, gracias al divertidísimo Donald. En realidad, solo discutió él. Pero eso, amigos y amigas, no ha sido lo importante: todas las miradas estuvieron centradas en Enmanuel Macron.

La aparición del presidente francés con gafas de sol de aviador reflectantes, al estilo de Top Gun, fue la imagen que desató miles de chistes, memes y preguntas concisas. ¿Se habría lesionado entrenando en el ring, preparándose para una reunión con Trump? ¿Se habría lesionado mientras entrenaba en el gimnasio? ¿Simplemente, se preguntaban algunos, quería evitar mirar a Donald Trump a los ojos?

Pocos habrían culpado a Macron por imitar a Tom Cruise en una “misión imposible” para neutralizar el plan del presidente estadounidense de apoderarse de Groenlandia e imponer aranceles del 200% al vino y el champán francés. Una osadía, lo del vino, los oligarcas yankis no se lo perdonarían.

La verdadera razón fue más prosaica: Macron estaba ocultando, con estilo francés, una hemorragia subconjuntival, un vaso sanguíneo roto en su ojo derecho, una condición que describió como “totalmente benigna”.

Pero ni siquiera él era inmune a los clichés. Dirigiéndose a las tropas francesas en un evento militar la semana pasada, Macron describió el problema como “l’oeil du tigre” (el ojo del tigre). El comentario hacía referencia a la canción de 1982 de la banda de rock Survivor, utilizada en la película de boxeo Rocky III, protagonizada por Sylvester Stallone. Para aquellos demasiado jóvenes para entender la referencia, era una “muestra de determinación”, añadió.

Para los artesanos de Maison Henry Julien, en el departamento de Jura, en el este de Francia, donde se fabrican esos cristales desde hace más de 100 años, ha sido una publicidad imposible de pagar.

Las gafas de Macron, amigas y amigos, son una parábola del mundo en qué vivimos. Todo se desmorona, como el mejor tren, antaño el mejor de la historia, o los “muros de la patria mía”, que diría Quevedo. Todo se diluye de forma tan notable que mejor ponerse unas gafas que no sirven para proteger el ojo, solo es imagen, en realidad, como le dirá cualquier oftalmólogo.

Pero deben aprender de Macron, cómo ser el líder más débil del mundo, pero el más escuchado. Qué envidia da ver a un señor con gafas de aviador, mientras uno se tiene que conformar con un macarra tuitero doméstico. Sí; es la diferencia, mientras nuestro líder, simplemente, ni está ni se le espera.

En fin, hoy no me tomaré el vino habitual de los viernes a su salud, voy a viajar, recordaré a los que ya no viajarán, sus afanes dejados a medias, pero, eso sí, me pondré gafas mientras mi centella anda rauda y yo miro los arbolitos pasar. Tengan buen día y ya saben: a sobrevivir, como “el ojo de tigre” de Macron.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.