Ningún muerto en la cuneta (II)

El escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn, en un programa de TV en España en 1977, dijo que la dictadura española era light comparada con la que él había sufrido en Rusia, donde estuvo 10 años confinado en un gulag (campo de concentración). Dijo que comprar distinta prensa, hacer fotocopias, residir donde quieras, viajar libremente por el territorio español o extranjero nunca pudo hacerlo en Rusia. Entrevista respondida por Juan Benet, escritor español miembro del Partido Comunista que, sin rebatir los argumentos de Solzhenitsyn sobre las dictaduras de Stalin y Franco, dijo que solo por atreverse a decirlo merecía volver al campo de concentración. Esa mentalidad comunista bolchevique, esa intolerancia con quien piense distinto que pareció desaparecer con Santiago Carrillo y su eurocomunismo aceptando las reglas democráticas, galopa hoy por el Consejo de ministros y la sociedad española.

De haberse impuesto durante la II República la dictadura que pretendían quienes hoy aparecen como defensores de la democracia, España hubiera sido una sociedad con más represión que la impuesta durante la dictadura franquista. El Muro de Berlín estuvo en pie hasta 1989, no se sabe de nadie que lo saltara hacia la dictadura comunista y sí de quienes murieron buscando la libertad en la zona democrática. El ministro de Consumo, Alberto Garzón, homenajeaba recientemente en redes sociales el aniversario de esa dictadura.

Correos, empresa pública gestionada por un amigo del presidente solo por serlo sin currículo para ello, con más de 200 millones de euros en pérdidas, difunde sello conmemorativo del centenario del nacimiento del PCE. Esto contradice la resolución del Parlamento Europeo sobre comunismo y nazismo y, sobre todo, deja en evidencia la llamada Memoria Democrática, una ley hecha desde un bando para imponerlo sobre otro, de españoles contra españoles después de 80 años de transcurrida la Guerra Civil.

Atendiendo a la ley de Amnistía, la Constitución y el espíritu de la Transición que llevaron a la concordia nacional, el Gobierno pierde legitimidad moral actuando con revanchismo, decidiendo homenajear al partido que ha mantenido las dictaduras más brutales contra la humanidad a la vez que plantea ilegalizar fundaciones franquistas; o que se remuevan cadáveres de personas que lucharon en un bando (Franco, Queipo de Llano, Primo de Rivera…) mientras promueve calles, estatuas y homenajes a los del otro (Largo Caballero, Indalecio Prieto, Lluís Companys…).

En ambos bandos se cometieron abusos, crímenes, fusilamientos y torturas. Haber ganado la guerra no hace a unos peores que otros y, atendiendo a la evolución de la dictadura fascista de Franco comparada con la dictadura bolchevique de la URSS, Alemania del Este, Polonia, Checoslovaquia, etc., hubo más avances y bienestar en España que en toda Europa tras el Telón de Acero.

Siguiendo la dinámica aprobada en la ley de Memoria sectaria, ¿sacará el Gobierno los restos de los héroes del Alcázar de Toledo? La resistencia llevada a cabo por militares del bando nacional frente a las milicias que apoyaban la República fue un hecho heroico, un acto de valor reconocido internacionalmente. Lo de menos es en qué bando militaban quienes, por sentido del deber, del honor, la lealtad a sus ideas y su país decidieron quedarse y morir con hambre, frio y penalidades antes que rendirse y salvar la vida. Si el Gobierno no entiende de valores y los subordina a su ideología, dirige la sociedad española con rumbo de colisión. Desde el revanchismo ideológico no se dirige una nación.

La democracia (partidocracia de ínfima calidad) no la trajo a España el PSOE ni el pueblo sublevado; el camino lo comenzó el régimen del dictador con Juan Carlos I, un sátrapa en su vida personal que, con una acertada visión política, tomó decisiones arriesgadas; cesó a Arias Navarro y nombró a Adolfo Suárez, (falangista, al que después relevó propiciando el intento de golpe de Estado del 23F que luego frenó), para desmontar el régimen iniciando el camino a la democracia. En ese proceso, Estados Unidos y Occidente (en especial Alemania) apoyaron al rey y a Felipe González.

Muerto Franco la democracia iba a llegar, pero el rey, acelerando el proceso, evitó muerte, conflictos y que pudiera retrasarse. Ese espíritu de la Transición y la concordia nacional, la Amnistía que dejó en libertad a terroristas con sangre caliente de sus víctimas en las manos no ha servido para nada. Los terroristas de ayer hacen política hoy reinsertados, apoyan al Gobierno y reciben homenajes mientras las víctimas son despreciadas; la concordia ha transmutado en revancha de quienes perdieron la guerra hace 83 años con la que querían imponer la más brutal dictadura que ha conocido la humanidad. ¿Qué pretende el Gobierno hoy volviendo a las dos Españas?

 

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