Por qué Txeroki vuelve a Spoon River, Euskadi

Txeroki gozará de un régimen de semilibertad. Una amnistía fake. No solo era un jefe de ETA; fue condenado a 400 años de cárcel. Citando de memoria, es asesino probado de José María Lirón, sospechoso del asesinato de dos guardias civiles en Francia. Condenado por hasta 20 intentos de asesinato, entre ellos la teniente de alcalde de Portugalete, Ester Cabezudo. También, Madina, el dirigente socialista, la bomba de la T-4 en plenas negociaciones. El régimen de libertad le permitirá caminar por Portugalete o hacerse un viaje en vuelo a Madrid a tomar unos chiquitos o visitar, de paso, la T4. Trabajará con alguna pela publica, naturalmente, y asistirá a notables homenajes. Ongi Etorri.

El juzgado de Vigilancia Penitenciaria y el fiscal mostrarán reticencias a un régimen de semilibertad de esta naturaleza. Inútil. La consejera socialista, rauda, atendió el compromiso político. Hay, desde luego, una razón de clientelismo que hace que esta excarcelación sea, si cabe, más dolorosa. Bildu exigió, el Gobierno aceptó, el PNV acordó y la consejera socialista gestionó [María Jesús San José]. Un convenio de necesidades miserables que se apoya en argumentos no menos miserables.

Todos sospechábamos, conocidas las negociaciones y acuerdos, que tarde o temprano toda esta peña acabaría en la calle sin cumplir penas. Lo que esperábamos era algo tan sencillo como hacerlo con dignidad. Sin humillación para las víctimas ni teñir la medida de gracia de laxo e insultante burocratismo. En esos tiempos en los que la dignidad vale lo que vale un día en el gobierno, era demasiado esperar.

Por desgracia, hay razones más de fondo. ¿Por qué Txeroki [Garikoitz Aspiazu Rubina] vuelve a Spoon River, Euskadi?

“Spoon River” es una invención del poeta norteamericano Edgar Lee Master que narró la historia de ese pueblo ficticio a través de los epitafios de sus muertos. Es una buena forma para describir el País Vasco del año 87. Jon Juaristi, usando un epitafio de Kipling, escribió un poema de tres versos: “¿Te preguntas viajero porque hemos muerto jóvenes, /y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron, eso es todo”. (Juaristi, J. Suma de variada intención. Spoon River, Euskadi. Editorial Pamiela. 1987).

Habrán entendido que la primera razón con la que me explico el retorno de Txeroki es, tras años de discreto silencio, la recuperación política de la gran mentira de los viejos padres herederos de Sabino Arana.

Txeroki, seguramente, podrá sentarse junto a antiguos conmilitones alrededor de una hoguera (metáfora que también debemos a Juaristi – El bucle melancólico. 1997-) a contar viejas historias de la patria. La hoguera puede colocarse sobre algún zulo en desuso de los que quedan en las rumorosas y hermosas montañas vascas.

Para cualquiera de los políticos radicales o analistas gritones y gritonas de los medios públicos que abundan en estas fechas, Juaristi será, probablemente un facha. Eso sí, tras dedicar algunas horas a leer la Wikipedia, a ver si se enteran de quién es.

Déjenme que, al menos, haya alguien que lo rescate de la “fachosfera”. Juaristi procedía del mundo nacionalista y llegó a repartir propaganda de ETA; posteriormente, militó en el PCE (EPK). Compartí militancia con él hasta que Santiago Carrillo empujó a la brillante y valiente generación de Roberto Lertxundi hacia Euskadiko Ezkerra (con Bandrés y Onaindia), para terminar en Foro de Ermua, Basta Ya y, paradoja cruel, el Partido Socialista de la época.

La segunda razón que explica el regreso de Txeroki, tiene que ver con la dejación de la memoria en manos de una parte de la sociedad, aceptando la intimidación de la otra. No solo la gestión de la memoria, sino la creación de una educación sentimental y política, arrendada a las culturas del RH negativo.

Quiero decir que la mentira vasca sobre ETA –tras años de desconcertado silencio- se ha infiltrado en las escuelas, universidades, organizaciones cívicas, partidos políticos vascos. Ha sido un puro ejercicio de hegemonía gramsciana que, últimamente ha recuperado los toques de violencia que acompañaron a la “kale borroka”.

En tercer lugar, no puedo dejar de citar, de nuevo, a Pasolini que escribió (además del aquí recordado “el fascismo de los antifascistas”, que le va de cine, por ejemplo a la portavoz de Bildu en el Congreso) sobre sí mismo un reproche a sus contradicciones “sirves al mundo contra el que llevaste adelante la lucha”: la tolerancia hacia esa educación sentimental de una generación que luchó contra el terror y otra que ha crecido sin verlo negar es lo que ha animado la vergonzosa salida de Txeroki.

Esa tolerancia se ha basado en el respeto que muchos sentimos por el sentimiento de identidad vasco. Pero, bajo él, subyace un tremendo error político: no permanecer atentos a construir una memoria de la afrenta que a los valores humanos, a la decencia y a la construcción de nuestra democracia supuso ETA.

Un trabajo en el que se ha dejado solas a las víctimas, en un deplorable comportamiento de quienes tienen responsabilidades políticas. En este punto no debemos asumir plurales mayestáticos: no se hizo con el apoyo de la mayoría.

Txeroki vuelve, por una última razón: la razón se funda sobre los símbolos. Toda nación necesita un partisano, un mercenario, un guerrero medieval de frontera sobre la que construir sus mitos. Txeroki cumplirá ese papel, será el que tutele a los cachorros que dejó a cargo en el intento, hoy aspirantes al gobierno de la patria. Hemos regalado la simbología a quién quiere dañarnos: el día que se levanten estatuas, alguien gritará en contra, pero ya será tarde.

Un portavoz socialista, ignorando a todos sus muertos, ha dicho esta mañana que Aznar excarceló a un etarra que posteriormente asesinó. “Fact chek” que se dice ahora: el tal asesino se llamaba Iñaki Bilbao. Salió a la calle tras haber cumplido su condena y lo puso en libertad un tribunal. Dicho queda, sin perjuicio de la política de acercamiento de presos que practicó el gobierno de Aznar, en el contexto de diversos intentos de negociación.

La portavoz de Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurua, le ha dicho esta mañana al señor Rufián que no lo necesitan: ellos saben cómo “acabar con la extrema derecha”. Dicho por una señora que dirigía el periódico que señalaba víctimas, casi dan miedo, de nuevo, esperar esas metodologías para acabar con fascistas, ahora que todos y todas parecemos serlo.

La falta de prudencia en las expresiones, el envalentonamiento callejero, el derecho al boicot, a la cancelación violenta, a la violencia contra el disidente, naturalmente fascista, es otro símbolo que explica la libertad de Txeroki.

Anoche, mi nieto me preguntó qué era exactamente ser un cronista. Yo le contesté: si no eres de la televisión pública, es escribir contra el tiempo que te ha tocado vivir. Lo que me complacería es que Txeroki fuera libre, porque no era un asesino. Pero lo es, y las penas deben ser cumplidas: es la forma de reinsertarse.

 

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