Revuelo de izquierda en la balsa de la Medusa

Todo empezó con cierto barullo en uno de los galeones “indepes”, varado en el proceloso mar de la república que no existe. Una parte de la marinería empezó a desconfiar de su embajador en la corte madrileña. Le reprochaban cierto interés por la escalada interna y un extremado gusto por la corte extranjera, muy tabernaria, tras haber ido para dieciocho meses y permanecer diez años.

En esas circunstancias, el más famoso y sospechoso de los argonautas, de nombre Rufián, decidió, sin acuerdo de su marinería, lanzarse a organizar y dirigir a la izquierda de verdad verdadera de más abajo del Ebro, un independentista tenía que arreglar su lamentable estado.

La cosa fue el miércoles pasado. Dos señores, se acabó el protagonismo de las señoras al parecer, se hicieron un mitin, donde una azafata les moderaba. La azafata estuvo algo enfadada porque no podía llamar fascistas y xenófobos a un señor que dijo que había barrios violentos y otro que defiende que en su Comunidad (la catalana) no debe haber más inmigrantes –ya tardábamos en tener a “rojipardos” en casa-.

Rufián no dijo nada, sino que formuló una propuesta de ingeniería electoral: todos votarían al más importante en cada región. Al día siguiente, visto el escaso éxito, aceptó coalición como animal de compañía. Su propuesta, por razones que ahora señalo, no ha sido aceptada por nadie de la izquierda de más abajo del Ebro ni de más arriba.

La primera razón tiene que ver con el sistema electoral. Las fuerzas políticas son más racionales, electoralmente, de lo que se cree. Tanto la barrera de entrada (5%) como el porcentaje necesario de votos (otro día les hago las cuentas) suponen que solo en las grandes provincias se pueden rascar diputados, siendo cuarta fuerza política. En las menores, aun sacando excelentes resultados, la cuarta fuerza política no se come un rosco.

En segundo lugar, todo el mundo ha echado cuentas. Como era de esperar, sin Podemos no hay escaños robados a la derecha. Y, más aún, se le quitan más votos al PSOE que al PP o Vox, en una ley muy de la izquierda española: cuando al PSOE le va mal, a su izquierda le va mejor.

La razón electoral es que, ahora, la distancia entre izquierda y derecha es muy alta: las derechas rondan el 52% de los votos. Solo habría una manera de que la propuesta de Rufian funcionara: que las derechas no pasaran del 46 y poco por ciento y que la agrupación de voto incluyera a Podemos.

Hay una tercera razón en ese espíritu confederal de Rufián: arrastraría a la baja a votantes del Bloque o de Compromís y haría huir a los de los Comunes, si tienen que votar a Esquerra. Por otro lado, los sitios donde la izquierda extrema sería más beneficiada (País Vasco, Navarra o Cataluña) la derecha defiende pocos escaños, por lo que Sumar sería la perjudicada. El PP podría perder escaños en alguna provincia en Canarias o Andalucía, pero perdería tantos como el PSOE. Eso, siempre y cuando se sumara Podemos, el más improbable de los escenarios.

Hay una última razón: Izquierda Unida, con Maíllo al frente, parece poco dispuesta a dejarse pastorear como en el pasado reciente por Sumar o el PCE. Y Podemos aspira a resistir y competir, a costa de los otros. En resumen, nadie quiere a Rufián ni a su propuesta.

Para dejarlo claro, el sábado 21 de marzo de reunieron en mitin los integrantes de la balsa de la Medusa, título de un extraordinario cuadro cuya composición e historia que relata les recomiendo. Reunidos los supervivientes de todos los naufragios, pudimos percibir varias cosas: señores y señoras que llevan ocho años en el Gobierno afirman… ser alternativa de Gobierno. Afirman que la nueva izquierda, ahora sí que sí, aparecerá renovada: dieron fe de ello, entre otros, dos “nuevos políticos”: Ada Colau y Alberto Garzón. Por último, no se reflexionó sobre lo que ha llevado a la izquierda de verdad verdadera a su situación casi marginal, solo se anunció el final de la resignación.

Existen tres grandes problemas en este sector de la política española. Uno, de desafección. Los votantes más jóvenes (no hablo del primer votante, sino hasta los 34 años) se apuntan a la derecha, con una fuerte presencia de Vox en el primer tramo.

En segundo lugar, la clase media, y desde luego sus vástagos como se ha dicho, muestran su rechazo a la sustitución del estado de bienestar por el asistencialismo: el hecho de que un ingreso mínimo vital (familia y dos hijos) o un salario mínimo superen al salario más frecuente es explicativo del fenómeno.

Por último, la incapacidad de estas izquierdas de distanciarse con el sanchismo por no ser fachas (véase ejemplo burka) constituye un auténtico problema identitario a la hora de hacer propuestas políticas y de programa. Han sido corresponsables del fiasco de la política de vivienda, han tolerado las prácticas de no explicación de la corrupción y han protagonizado la falta de diseminación en los hogares de la evolución económica.

Resumen de todo ello es el penoso papel de la otrora “paloma blanca”, la vicepresidenta Yolanda Díaz, que ha desaparecido por la gatera de todas las propuestas de liderazgo. Mientras los eventos citados transcurrían, la ministra incitaba por redes a la ciudadanía a hacer preguntas: nadie le preguntó. La soberbia le condujo a no preparar a unos o unas que preguntaran para animar la transmisión, haciendo el más soberano ridículo (supongo que el organizador del evento habrá sido cesado).

Ella aparecerá como la responsable de los ocho años de vaciado de la izquierda de verdad verdadera. La necesidad de reconstrucción no afecta solo al PSOE. También esta izquierda extrema podrá conservar si quiere sus tradiciones primigenias, pero debería pensarse si el momento actual no requiere repensar algunas autonomías estratégicas que parecen incompatibles con la contaminación populista.

No; el problema no son las alianzas o los liderazgos; el problema son los votos y las políticas. No hay problema, pasará el revuelo y seguirá habiendo sitio en la balsa de la Medusa.

 

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