Sin perdón

El anagrama de ETA en una calle del País Vasco.

Son o han sido talibanes con txapela, yihadistas encapuchados, nazis irredentos, carniceros de la tierra vasca a imagen y semejanza de todos los Slobodan Milosevic que han poblado el mundo desde el día que lo pisó el primer hijo de Caín. Los genocidas han cambiado de país, idioma, argumentario, bandera o uniforme a lo largo de la historia pero son siempre lo mismo y han hecho lo mismo: someter o eliminar a sangre y fuego al discrepante en aras de la causa o “el conflicto”. Porque su Euskalerría libre, la suprema raza aria, la Gran Serbia o el paraíso de Alá, lo mismo da, justifican utilizar cualquier medio, empezando por sembrar la muerte.

Los iluminados de ETA, como los otros iluminados de otras razas, credos o religiones que les precedieron, o de los que son coetáneos, nos quieren obligar a ver su luz o nos mandarán a las sombras eternas de la muerte. En su ideario el exterminio del contrario, el crimen y el asesinato son lógicas consecuencias de la épica y los valores superiores que defienden. En la batalla, ya se sabe, caen bajo el fuego contendientes de uno y otro bando. Nadie se puede quejar porque ése es el juego de la guerra. Cuando los etarras empezaron a matar hace sesenta años decidieron que todos los demás ciudadanos, lo quisieran o no, entraban en guerra.

O te unías a “los chicos” para liberar Euskadi o financiabas sus ekinzas o te convertías en uno de sus objetivos. En cualquier pared del País Vasco aparecía pintada una diana, tu nombre y la leyenda, “pim-pam-pum”, “ETA, mátalos”. Si vivías fuera y tu muerte podría ser útil para extender el terror entonces engrosabas sus siniestras listas, quedabas a disposición de sus comandos que decidían quién podría seguir viviendo o quién debería morir en función de su logística.

Ésa es la razón por la que ahora, en plena derrota, con todo perdido, los etarras solo piden perdón por las muertes inocentes, los daños colaterales –supuestamente no deseados- que produce la batalla, “el conflicto”. Y es que nunca debieron estar o pasar por allí cuando estaba a punto de estallar la bomba, o el tiroteo. Tampoco debieron jamás ser padres, madres, novias, novios, hermanos o amigos de guardias civiles, policías, militares, políticos, periodistas…

Josu Ternera y la etarra Anboto, que han leído el acta de su defunción, y muchos de los terroristas vascos que se pudren en las cárceles nunca serán capaces de mirarse a un espejo y visualizar la imagen de los asesinos en los que se han convertido. Desde 2011, cuando dejaron de matar, intentan maquillar sus rostros y evadir sus culpas rodeándose de esa supuesta grandeza y solemnidad que acompañaban a los combatientes. A imagen y semejanza de los grandes generales de la historia que firmaron los armisticios o las capitulaciones reclaman la dignidad de los vencidos que batallaron en buena lid peleando noblemente por unos ideales aunque al final fueran derrotados. Dignos hasta en la derrota. Ese es el argumento de la última escenificación montada por los etarras en la localidad vascofrancesa Cambo-les- Baines.

Solo puedo compartir a medias la frase final del comunicado último que leyó Josu Ternera: “ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él”. Ciertamente surgieron del pueblo vasco, y creo que hay que buscar la paz y trabajar en recuperación de la convivencia. Pero los asesinos y los genocidas no pueden disolverse sin más entre la gente y aquí pasó lo que pasó y punto final.

Admiro a amigos que han sufrido en sus carnes el aguijón de los terroristas y admitieron palabras de perdón de sus verdugos o de los compañeros de sus verdugos. Me emocioné leyendo uno de los capítulos finales del libro “Patria”, de Fernando Aramburu cuando Bittori, la viuda de un pequeño empresario asesinado de ETA, se siente reconfortada al recibir una carta del asesino de su marido pidiéndole perdón.

¿Perdón y fin de la pesadilla? Dejo el perdón para los creyentes, aunque deberán buscarlo fuera de una iglesia vasca culpable de comprensión y protección a los verdugos y de distancia cuando no desprecio a las víctimas. Pero solo se superará la pesadilla si no se olvida: como en los Balcanes, entre las víctimas del exterminio nazi, los atropellados hasta la muerte en Las ramblas o en Ripoll, los destripados en los trenes de Atocha… Cuanto más se recuerde la pesadilla todos dormiremos mejor.

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