En la lucha contraterrorista, el proceso va mucho más allá de realizar una investigación minuciosa y prolongada, cuyo desenlace resulta incierto y en la que es necesario asumir riesgos considerables, así como la posibilidad de que se produzcan daños colaterales. La imaginación adquiere aquí una relevancia fundamental.
No existe un manual exhaustivo que cubra todas las situaciones posibles: la experiencia acumulada y la paciencia son esenciales, pero resulta imprescindible sumar a estas cualidades la capacidad de desarrollar iniciativas novedosas. Estas iniciativas surgen como respuesta a los movimientos y objetivos de los propios terroristas, anticipando sus acciones y adoptando sus metas como propias para poder prevenirlas o neutralizarlas.
Este planteamiento sirve como introducción a una operación de inteligencia policial que, con el tiempo, logró convertirse en uno de los hitos clave en la derrota policial de ETA. A través de la combinación de experiencia, creatividad y valentía se marcaron nuevas pautas en la forma de abordar la amenaza terrorista, demostrando que la innovación y la adaptación eran factores decisivos para el éxito en este ámbito.
Remodelación en la cúpula de Interior en 1984
En 1984 se produjo un cambio significativo en la estructura del Ministerio del Interior debido a la salida del entonces subsecretario Carlos Sanjuán. Esta salida vino motivada por la incompatibilidad de su cargo como subsecretario con su condición de diputado. Este hecho desencadenó una remodelación en la cúpula directiva del ministerio, afectando especialmente al organigrama interno.
En aquel momento, el cargo de subsecretario representaba la segunda autoridad política dentro del Ministerio del Interior, siendo una posición clave en la toma de decisiones y en la coordinación de las distintas áreas de seguridad. Desde 1982, yo desempeñaba la función de director de la Seguridad del Estado, lo que implicaba la responsabilidad de dirigir y coordinar tanto a la Policía Nacional como a la Guardia Civil, garantizando la eficacia en la lucha contra la amenaza terrorista y el mantenimiento del orden público.
Se añadía a esta responsabilidad el MULC, el Mando Único de la Lucha Contraterrorista. Aunque bien es verdad que esta área de la Seguridad gozaba de cierta autonomía, en el protocolo ministerial yo era el tercero en la jerarquía. Sanjuán dirigía y coordinaba los Gobiernos Civiles, y las direcciones generales de Política Interior, Tráfico, Protección Civil, secretaria general Técnica, Oficina de Presupuestos y Oficialía Mayor. Se encargaba de asistir a las comisiones de subsecretarios, que preparaban, bajo la presidencia del vicepresidente Alfonso Guerra, los temas a tratar, y en su caso aprobar, en el Consejo de Ministros.
El ministro, entonces José Barrionuevo, mantenía por razones obvias, una muy buena relación política con los dirigentes del PSE que, en definitiva, eran los que lideraban el partido en el País Vasco. Cualquier militante socialista, en Vizcaya, Álava o Guipúzcoa, era un potencial objetivo de los terroristas de ETA, especialmente si ocupaba alguna responsabilidad política de representación: concejal, diputado, senador o militante destacado por su compromiso con la democracia.
De la misma manera, las sedes del partido en pueblos y ciudades vascas eran atacadas, incendiadas y sometidas al vandalismo por los simpatizantes y militantes de Herri Batasuna. Aquello era una “guerra”, en palabras del luego teniente general Andrés Cassinello. Esa amenaza, y no haría falta decirlo, se extendía a otras fuerzas políticas de derechas, de centro o de izquierdas. Así se sucedieron varios atentados mortales contra diputados y senadores, y poco tiempo después contra alcaldes y concejales, bien del PSOE, de la UCD o del PP(AP).
En aquella situación, y a la vista de la remodelación obligada de los altos cargos de Interior, Barrionuevo con el visto bueno de Felipe González, optó por nombrar a un destacado militante del PSE, que ya ocupaba el Gobierno Civil de Vizcaya y había sido alcalde de Ermua, Julián Sancristobal, como nuevo director de la Seguridad del Estado. Sin duda alguna el aval de Ricardo García Damborenea a este nombramiento fue lo que decidió su designación. Todo un mensaje de apoyo y compromiso a la militancia del socialismo vasco.
Yo, pasé a ocupar la subsecretaría de Interior. Ambos, con el rango de subsecretarios. Me mantuvieron, a todos los efectos, el estatus de Sanjuán como número dos de Interior, actuando sobre las dos áreas: la de seguridad y aquella sobre la que había ejercido la dirección y coordinación el anterior subsecretario.
Sancristóbal, llegaba a la política avalado por Ramón Rubial, entonces presidente del PSOE, además de por el secretario general de los socialistas vizcaínos, García Damborenea. Damborenea era un hombre hábil en el discurso, inteligente, de enorme personalidad y de actitudes valientes, a veces temerarias. Un político vasco de aquellos tiempos, que exigían firmeza y riesgo. Enemigo acérrimo del nacionalismo vasco, al que acusaba, con alguna razón, de utilizar los crímenes de ETA, en beneficio propio. Llegaba a increpar en las calles de Bilbao, a “pecho descubierto”, a los manifestantes de Herri Batasuna, que organizaban aquellas algaradas que siempre terminaban violentamente, con la quema de vehículos y de contenedores y con el lanzamiento de cócteles Molotov.
En las reuniones que Barrionuevo con alguna frecuencia convocaba con los dirigentes políticos vascos Txiki Benegas, Ramón Jáuregui y García Damborenea y a las que yo asistía, notaba las diferentes visiones que tenían unos y otros a la hora de afrontar un problema de tal envergadura. Aunque, en el momento de la verdad, con los atentados mortales encima de la mesa día tras día, siempre la tragedia terminaba por diluir la discrepancia.
Caballo de Troya contra ETA
Con esa remodelación, que parecía menor, echamos a andar. Algunos de los hombres, policías y guardias civiles, que yo había incorporado al nuevo organigrama de la Seguridad del Estado con cuatro gabinetes que venían a constituir una especie de Estado Mayor, fueron sustituidos por personal elegido por el nuevo director, decisión que por otro lado me pareció razonable. Yo mantenía la presidencia de la junta de coordinación antiterrorista en ausencia del ministro. Las relaciones, en lo personal, con Sancristóbal eran correctas, aunque en lo político empezamos a discrepar en cuestiones que intentábamos resolver en el ámbito privado.
En una de aquellas largas, a veces duras y siempre concienzudas reuniones de la mesa antiterrorista, Sancristóbal informó de algunos datos que la Guardia Civil había obtenido en el registro de un buzón del correo de un comando de ETA. El mensaje que el comando enviaba a la dirección sugería la posibilidad de atentar contra los aviones que, con demasiada frecuencia, volaban de Madrid a aeropuertos vascos con motivo de la celebración de funerales de muertos por la acción de los terroristas para trasladar a las personalidades de Interior. Apuntaban a un atentado con misiles tierra-aire.
Sancristóbal, con el apoyo de su director del gabinete de Información, el comisario Francisco Álvarez, adelantó que estaban estudiando la posibilidad de cambiar “la oración por pasiva”, es decir: facilitarles los misiles con un emisor escondido para, una vez entregados, hacer un seguimiento de la señal emitida hasta el lugar donde los depositasen. Estas pocas palabras, que resumen bien el objetivo, requerían un proyecto de una enorme complejidad y de una logística que sobrepasaba nuestras capacidades.
Para explicarlo, me veo obligado a confesar que una iniciativa anterior con el mismo objetivo, pero con otro material, había resultado un fiasco, porque fracasó lo más importante, el emisor y la batería que lo alimentaba. Ahí estaba la clave, en contar con el aparato que garantizase el éxito de la operación.
El proyecto, que en aquella reunión no se aprobó definitivamente, quedando a expensas de buscar los elementos que determinarían si se llevaba a cabo o no, presentaba los siguientes objetivos:
- Compra de los misiles, que deberían ser de fabricación soviética. Los SAM 7.
- Elección del elemento determinante de la operación, el emisor y su fuente de alimentación.
- Buscar el traficante de armas, de cierta confianza en el mundo de ETA, que les ofreciese los misiles.
- La experta manipulación de los misiles para dos operaciones, cambiar el explosivo por uno inerte con la misma apariencia del explosivo real, y la colocación del emisor de tal manera que enviase una señal clara y durante algún tiempo. Al menos durante un mes.
Se trataba de cuatro trabajos que nos llevarían algún tiempo y una larga y costosa cadena de favores.
Había trascurrido mucho tiempo desde el nombramiento de Sancristóbal, casi dos años, y en medio del desarrollo de esta operación, en octubre de 1986, fue cesado en su cargo, y me encargaron de nuevo la dirección de la Seguridad del Estado, en esta ocasión con la categoría de Secretaría de Estado, para que ya no existiesen dudas en la jerarquía a la hora de nombrar al nuevo subsecretario.
A partir de ese momento, con el proyecto ya en marcha, asumí todos los temas pendientes, que ya se encontraban en fase de ejecución.
Contactos con CIA y Mossad
Cuando accedes a puestos de tanta relevancia en Interior, y sobre todo dirigiendo a la Policía y a la Guardia Civil, acabas siendo muy solicitado por los agregados o enlaces, a través de sus embajadas, destinados en España y dedicados a labores de información, colaboración y coordinación en materia de seguridad. Ya se sabe, el terrorismo y la delincuencia no respeta fronteras. Desde el primer día, primero como director de la Seguridad del Estado, después como subsecretario y finalmente como secretario de Estado, tuve muchos contactos, algunos de ellos determinantes para la tarea que desempeñaba.
Defendía una visión, en la lucha contra el terrorismo, en la que la cooperación internacional era imprescindible. Punto y aparte merecía la colaboración con Francia, sin intermediarios en Madrid, a través de visitas y encuentros al máximo nivel con las autoridades de Interior del país vecino. A veces, incluso “saltándome” la jerarquía impuesta por el protocolo, llegaba a reunirme directamente en Francia con las personas que más me interesaban, en la búsqueda de la eficacia: ya fueran policías, gendarmes, jueces o fiscales.
Mis relaciones, incluso en lo personal, con el secretario de Embajada y responsable de la estación de la CIA en Madrid, eran buenas y muy fluidas. Le llamé a mi despacho para tratar el punto 2 del proyecto: ese objeto determinante, de precisión y de gran potencia, que esconderíamos en los misiles y que nos permitiese asegurar su seguimiento una vez en manos de los terroristas. Le pareció un plan muy ambicioso y de algunos y serios riesgos, pero a pesar de todo prometió tratarlo con Washington. A los pocos días volvió con “un sí, pero”, que era lo previsible. Tenían lo que necesitábamos; entonces era tecnología punta, sobre todo por su potencia, precisión y por la duración de la batería, los tres elementos de la mayor importancia.
Ellos se encargarían de montar los emisores en los misiles, cambiar la carga explosiva y facilitar los aparatos que captasen las señales, los receptores de seguimiento. Incluso desplazarían a España personal preparado para colaborar en ese seguimiento.
Vendimos misiles a ETA
Los misiles, una vez montados, se “vendieron” a ETA a través de un traficante francés, un habitual en el contrabando de armas, que los recogió en San Sebastián, cerca de la frontera con Francia.
Estaba previsto, nos lo garantizaron los hombres de la CIA, que la batería empezase a funcionar veinticuatro horas después de la entrega. La furgoneta que los transportaba, con las llaves escondidas en un guardabarros delantero, se aparcó en la cuesta de Aldapeta, en San Sebastián. En ese momento, nosotros perdíamos el control y lo fiábamos todo al funcionamiento del emisor. Una larga espera, llena de incertidumbre y de miedo. Fueron días de no dormir, pegados al teléfono, con el cálculo por las mañanas de qué podía estar pasando.
En algún lugar de Francia, en su escondite, Josu Ternera y Francisco Múgica Garmendia, alias Paquito, ya estaban preparando las acciones terroristas en las que utilizarían los misiles que se encontraban en camino. Nosotros temíamos, con razón, que en el momento de la entrega de los misiles el hombre que los recibiese dispondría de algún tipo de scanner que detectase señales sospechosas procedentes de las cajas. Los americanos lo tenían previsto, y los emisores no se activarían hasta veinticuatro horas después de que estuviesen en manos de ETA. El 3 de noviembre de 1986 se produjo la entrega de los misiles.
En paralelo, con la entrega, teníamos montado un servicio muy discreto de seguimiento y vigilancia sobre la furgoneta. Nuestro objetivo no era irrumpir en el momento de la entrega y detener a los presentes, era de mucho más alcance: se trataba de llegar al almacén donde iban a depositar tan valiosa mercancía. Desde el cielo, con un helicóptero, seguimos el trayecto de la furgoneta,desde Aldapeta hasta el final del camino. Aquello nos permitió marcar una zona aproximada en la que se encontraba la mercancía.
El 5 de noviembre de 1986 me encontraba en Estrasburgo, en una reunión de ministros de Interior de la entonces Comunidad Económica Europea, para tratar de temas relacionados con el terrorismo, las fronteras interiores y la seguridad pública en general. En representación del Gobierno francés, Robert Pandraud, ministro delegado para la Seguridad, acudía a aquel encuentro, y yo iba dispuesto a explicarle la operación recién iniciada, de la que las autoridades francesas no sabían nada. En su momento, optamos por no informarles ante el riesgo cierto de que se opusiesen o de que se terminase filtrando la operación.
A Pandraud, le pareció una operación de mucho riesgo, pero se mostró colaborador con la situación. Inmediatamente se puso en contacto con las autoridades policiales del País vasco-francés y, a través del comisario Cathalá, se desplegó un operativo de la Gendarmería que movilizó a 150 agentes. En coordinación con el entonces teniente coronel Rodríguez Galindo que, desde la comandancia de Guipúzcoa había estado al frente de las iniciativas policiales “in situ”, prepararon el operativo que abordase la entrada y registro del local. La señal indicaba que los misiles podrían estar escondidos en una fábrica de muebles de la cooperativa Sokoa, en la comuna de Ciboure, muy cerca de San Juan de Luz y a pocos kilómetros de Biarritz.
Sokoa, centro de actividades terroristas
En la Comisaría General de Información, el comisario Martínez Torres ya sospechaba tiempo atrás de las actividades, de esta cooperativa, vinculadas con ETA. Sostenía que Sokoa era el centro de actividades de la organización terrorista en Francia. Allí, se encontraban los cerebros de las finanzas de la banda, y allí también estaban las respuestas a preguntas que, desde hacía muchos años, la Policía quería conocer y ampliar.
La cooperativa Sokoa había sido fundada en 1971. El hombre clave del negocio era un médico francés al que llamaban Patxi, de apellido Noblia, fundador a la vez de la Asociación “Embata”, que agrupaba a los ultranacionalistas vascofranceses. Uno de los socios era Benito del Valle, también fundador de otra cooperativa, esta vez “del terror”: ETA. En Iparralde, el país vascofrancés o Euskadi Norte, existían un conjunto de empresas con prósperos negocios con la antigua Unión Soviética. Dedicamos mucho tiempo y esfuerzos en desentrañar la “conexión Moscú”, que con la llegada de la Perestroika fue perdiendo interés.
A las siete de la mañana, según el plan previsto, decenas de policías y gendarmes comenzaron a tomar posiciones en torno a la cooperativa. La mañana era muy fría, y ya comenzaban a entrar en la fábrica los trabajadores que se incorporaban a su turno, con la lógica expectación que aquel despliegue despierta.
A las 7.45, un grupo de policías, con el comisario Cathalá al frente, acompañado del teniente coronel Rodríguez Galindo y varios guardias civiles más, entraron en la fábrica con los aparatos receptores que seguían pitando, cada vez con más intensidad. Durante más de una hora recorrieron el interior, registrando armarios, despachos y almacenes, revisando documentos, abriendo una caja fuerte, recogiendo agendas…, pero no había rastro alguno de los misiles. Pasaron una y otra vez por un pasillo donde la señal se multiplicaba, pero no se veía ni puerta, ni hueco, ni apariencia alguna de que allí pudiese haber escondite alguno. El capitán que manejaba el receptor le pidió a Cathalá que derribaran el tabique del pasillo, que allí tenía que estar lo que buscan. El comisario se negó, argumentando que era su responsabilidad si lo hacían y no encontraban nada.
En ese momento estábamos el ministro Pandraud y yo en una pequeña sala a la espera de noticias cuando Pandraud recibió una llamada de Cathalá explicándole la situación. Me miró, con cara de preocupación, y me contó la situación. Le rogué que hiciera caso a las indicaciones de los guardias civiles que allí se encontraban. Ellos ya conocían la manera de actuar de ETA, su afición y experiencia en la construcción de “zulos”, y le añado la alta tecnología que portaban, con muy poco margen para el error. El ministro francés, atendiendo mis indicaciones, ordenó que se hiciera lo que los españoles pedían.
Y así fue, como en el cuento de Ali Babá y los cuarenta ladrones: en aquel “zulo” y ante sus ojos estaba uno de los mayores arsenales ocupados a una organización terrorista: pistolas, explosivos goma-2, armas largas y cortas de diverso calibre, centenares de miles de billetes franceses, munición de diverso calibre, chalecos antibalas, miles de documentos con información diversa desde pagos del llamado “impuesto revolucionario” hasta ingresos procedentes de los secuestros y, en un rincón, los dos misiles tierra-aire Sam-6, capaces de volar a 1.600 km/h y de un alcance teórico de cinco kilómetros. En esos papeles, entre tanta información, apareció la matricula del Talbot blanco que, poco tiempo después, nos llevaría a la detención del “comando Madrid”.
Estábamos en el camino decisivo de la derrota policial de ETA. Que, por obra y gracia, de José Luis Rodríguez Zapatero, acabó acompañada de “la victoria política” de los terroristas, con la incorporación de Bildu a la gobernanza de España, decidida por Pedro Sánchez.



