Trump no solo es un pato cojo, él no tiene continuidad política. No solo pretende que los demás lo seamos. Es también lento en aprender sobre los límites fácticos de su poder, lo hace haciendo daño. Pero, sobre todo, pretende irse a la tumba como el tipo que dejó a su país y al resto sin futuro. Trump está aprendiendo sobre los límites del poder estadounidense, pero es un aprendiz lento.
Donald Trump está dando una lección al mundo, pero no la que él cree. El ataque a Irán pretendía ser una deslumbrante demostración de supremacía militar. En cambio, ha puesto de manifiesto las debilidades de Estados Unidos. Una de ellas es la forma de afrontar el futuro: Estados Unidos está comportándose como si no hubiera un mañana.
Los almacenes de armas se están vaciando a velocidad de vértigo, aparecerán incapacidades para afrontar, si en algún momento hacen falta, recursos para el Pacífico. Pero lo que es más importante: ha acabado con las alianzas y las estructuras del derecho internacional (la OTAN, las Naciones Unidas, las relaciones bilaterales…).
Está haciendo algo parecido con su propia economía, con la inflación se reduce el coste real de la deuda, pero hace imposible la reducción de tipos de interés que él mismo desea. El precio del petróleo igual llena las manos de los magnates de la vieja economía, pero encarece el endeudamiento de las tecnológicas.
Lo está haciendo especialmente con la economía global: no solo la crisis de la energía, que se mitigará en el momento en que acabe el conflicto si no se tocan las infraestructuras, el comercio internacional sufrirá, en cualquier caso, la resistencia a la bajada de precios, los problemas monetarios y el estrés de las cadenas de suministro.
Ahora se dice que el formidable arsenal del presidente estadounidense no puede provocar una insurrección de la oposición iraní, tiranizada y sin liderazgo. Primero, nadie se lo ha pedido. Debiera decirse que el silencio de cuarenta años sobre la situación del pueblo iraní permitió esa situación. No puede obligar a los buques mercantes a enfrentarse a una lluvia de ataques con misiles y drones en el estrecho de Ormuz. Es impotente para empujar a los miembros de la OTAN al golfo. Muchos límites al poder del unilateralismo.
La negativa de los líderes de la OTAN a poner sus armadas a disposición de Trump era quizás menos predecible, aunque previsible desde Davos. Refleja, principalmente, una aversión a Trump y, desde luego, a una intervención militar que no entusiasma a la opinión pública europea, producto, también, del ensimismamiento continental, convertido en doctrina social y política.
También indica una creciente disposición entre los aliados de Estados Unidos a decir “no” a un presidente que interpreta el “sí” como una admisión de debilidad y una provocación para formular más exigencias. Los europeos se la están devolviendo al norteamericano, en forma de bajada de humos, pero no acaban de aceptar el cambio de época.
Trump es de aprendizaje lento: parece no creer en la interdependencia económica. Sin duda ha oído hablar de las cadenas de suministro. Seguramente conoce los costes de las materias primas o básicas de su época como promotor inmobiliario. Está acostumbrado a operar en entornos donde su voluntad, respaldada por amenazas, puede superar cualquier obstáculo. Tiene una visión de suma cero del negocio que no reconoce beneficios mutuos.
La ciencia del arancel “trumpiano” se ha revelado como lo que era: falsa. Son los consumidores estadounidenses quienes pagan, a través de precios más altos. Esos eran fallos de conocimiento. Los mercados se desplomaron y el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha dictaminado ausencia de base legal. Enfrascado en el desconcierto y en unas elecciones complicadas para su partido se ha sumido en el caos como estrategia: errónea reacción por lento aprendizaje.
La Unión Europea no parece disponer en estos momentos de la velocidad necesaria para corregir las variables que Trump ha puesto sobre la mesa. De hecho, el día que Trump desaparezca tardaremos una generación en recuperar el escenario político, que nunca se parecerá al pasado: la nostalgia no es una estrategia. Los principios básicos de la política exterior se han hecho añicos.
Muchos de los problemas que tenemos los europeos, en general, y los españoles en particular es que son anteriores a la guerra y autoinfligidos, desde la caída de la calidad democrática (gobierno contra el legislativo, sin presupuestos, gobiernos sin mayoría parlamentaria), ignorancia de los retos europeos, populismos…
Europa va lenta en su autonomía estratégica, España también y no aprueba muchos de los contenidos europeos ni en energía, ni en autonomía de China en materia digital, ni en materia de seguridad.
Una combinación de arrogancia y falta de confianza de los socios guía nuestras relaciones exteriores en las que, con Albares al frente, hemos sustituido la diplomacia europeísta o iberoamericana por relaciones con realidades que no existen. Alemania, Polonia y los países bálticos, por ejemplo, igual esperaban algún tipo de solidaridad española en sus estrategias de defensa: Putin existe.
España, en un contexto de ausencia, por tiempo, de un socio fiable al otro lado del Atlántico –también en Hispanoamérica, al paso que vamos- y en una unidad continental necesitada de autonomía, necesita reforzar vínculos internacionales e institucionales con Europa; no podemos seguir jugando como si no hubiera un mañana: somos más vulnerable y nuestros propios recursos no llegan.



