Vivir en vilo: nuestra forma de vivir la historia

En realidad, el mundo siempre ha vivido así. Analizando cada gesto, cada acontecimiento, para escudriñar si habrá un mañana, si habría consecuencias inmediatas. La primera palabra de la cultura occidental se encuentra en el primer hexámetro de la Ilíada: “Cólera” (“menin”, del Pélida Aquiles). Cada generación ha tenido su amenaza de destrucción (en las últimas décadas hemos pasado por la amenaza nuclear, el terrorismo, las células dormidas, el genocidio…).

Hemos vivido y construido relatos en un balneario alimentado por reconstrucciones de un drama y efímeros dividendos de la paz. Hasta hace apenas 37 años, cualquier ataque en el más recóndito rincón del mundo alarmaba a las cancillerías y a los responsables de asuntos bélicos. Nunca las Naciones Unidas sirvieron para nada. En realidad, siempre se organizaron, eso sí, coaliciones paralelas y maniobras de la OTAN. Ahora no nos hacen falta. Manda el cuatrero. Atacar mientras se negocia es ladino e inmoral, pero es lo que hay.

Hemos olvidado los terribles 60 y 70, los dramas de la descolonización, que los ayatolás nos llevaron al límite en el 79, los atentados terroristas, ignoramos los conflictos en todo el mundo, los estados fallidos. Nosotros comíamos, estábamos bien. Un día, el “final de la historia” concluyó, cayeron las Torres Gemelas y se desató un nuevo infierno. Los populismos aprovecharon mejor que nadie la nueva era. Y luego llegó la epitome de todos ellos: Trump.

Apenas han pasado unas horas desde que Estados Unidos e Israel han atacado Irán. Muy pronto para saber que nos traerá el futuro, lo suficiente para que toda clase de voceros tomen el campo. Se publican en los medios europeos imágenes reiteradas: el humo de las bombas que vemos (se sospecha que hay muchas que no estamos viendo).

Veo, también, imágenes de unas muchachas quitándose sus velos en Teherán, de estudiantes gritando que aman a Trump. Tenemos, en realidad, la misma sensación que tuvimos en la “extracción” de Maduro: un régimen asesino y venal que impide cualquier forma de oposición y transición política. Dificultades de entendimiento de la oposición, fuerzas paramilitares. Unos cooperadores del régimen que han usado y abusado de sus dineros y su petróleo, unas potencias regionales incapaces de buscar alternativas democráticas. Sobre esas cenizas construye Trump su operativa.

El orden internacional ha volado. Los europeos debemos garantizarnos una mínima seguridad, la escalada en Irán puede traer graves consecuencias, pero las llamadas al reencuentro imposible deben acompañarse de acciones para protegernos. No hay más remedio que pedir el regreso a las negociaciones, mientras nos protegemos. No queda espacio ni para el buenismo ni para la retórica.

Mientras la “cólera” se organizaba de nuevo, los líderes europeos esperaban los resultados de las conversaciones de Suiza y Viena con la esperanza de un paréntesis. Podrían esperar avances en el asunto nuclear, era ingenuo creer en la renuncia al poder del endemoniado y asesino régimen de los portavoces de su dios. Ése, por desgracia, será un asunto del pueblo iraní, al que se le dejará esa tarea. Era ingenuo aplazar, otra vez, nuestro derecho a la seguridad.

Ahora, como en el pasado, el resultado predecible de la aparentemente indefinida agresión estadounidense-israelí contra Irán será instantáneo y extenderá el caos. Civiles morirán, niños quedarán huérfanos y familias serán destrozadas.

La agitación regional y el pánico internacional por los precios del petróleo (cierre de Ormuz) seguirán a la represalia iraní que ya ha comenzado y que podría contar con el respaldo de Hezbolá y los aliados hutíes de Teherán. Se sembrarán nuevos odios y se sembrarán venganzas terroristas. Los enemigos de Occidente se alegrarán, Putin tendrá un respiro, el petróleo que coloca ilegalmente por ahí financiará más agresión y dolor sobre Ucrania, mientras los europeos seguimos presos de Orbán.

Y no hay garantías de que los iraníes, hombres y mujeres, obtengan algo de valor. Ése fue el amargo resultado de las fallidas intervenciones lideradas por Estados Unidos en Afganistán e Irak. Hoy, le toca a Teherán cosechar el torbellino.

Parece increíble que un presidente estadounidense electo del siglo XXI todavía crea que es eficaz, permisible y moral dictarle al mundo a punta de pistola. Él quiso el premio Nobel porque, entre otras cosas, había bombardeado Irán, recuerden, para acabar, por fin, con la amenaza nuclear. Teherán no es Caracas, no hay un objetivo que haga colapsar el régimen, salvo la agresión generalizada, al margen de toda arquitectura del derecho.

“Esta será probablemente su única oportunidad en generaciones”, le dicto Trump a su red social, llamando a una insurrección nacional al pueblo de Irán. Durante muchos años, ese pueblo ha pedido la ayuda de Estados Unidos y de otras naciones, nunca la tuvieron. Muchas mujeres pidieron a las izquierdas y derechas del mundo que les libraran de la opresión de la que el velo es solo un síntoma de la ausencia de libertad.

Hay buenas y sensatas razones por las que ningún presidente norteamericano anterior ha hecho algo tan imprudente en Irán. Es una invitación irresponsable a la anarquía y el caos.

Podría desencadenar la fractura del estado iraní en sus múltiples componentes étnicos y religiosos. Los persas son un mundo complejo, esa complejidad es la que hizo exclamar a un personaje de Montesquieu: ¡Cómo se puede ser persa! Los conflictos tribales, de distintas fuerzas de oposición, las armadas milicias del régimen pueden impulsar una guerra civil que afecte a estados regionales.

Veo venir grandes ruidos y palabras, muchas Kufiyas son preparadas, gritos sobre la guerra, relatos sobre el crimen, la búsqueda de culpables en un lado y otro de la trinchera y poéticas convocatorias a la paz. Todo pasará y no habrá nada. Volvamos a la casilla de siempre: vivir en vilo es, al parecer, la forma que nos gusta de vivir la historia. La nostalgia no es una estrategia: tengamos miedo, vivamos si podemos, obremos en consecuencia.

 

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