2025 (2): Sánchez y los sesgos del buen narciso

Días de balance: ya les tengo escrito, de soslayo nada más, que nuestro presidente es un narciso. Les recordé que la justicia y la venganza acabaron con Narciso, un simple recordatorio literario sin pretensiones fácticas. El caso es que, hasta que uno descubre que todos los caminos no conducen a sus zapatos, el comportamiento narcisista está lleno de sesgos que, en el caso de un político, determinan el conjunto de su acción de gobierno.

Un narcisista tiene algún punto sicopático: desde el egocentrismo a la falta de empatía. Pero, muy especialmente, atesora sesgos cognitivos que determinan la acción política, desde la forma en que entiende ésta al modo en que se desembaraza de potenciales adversarios.

No es por casualidad que debamos empezar por un sesgo que denominaremos 1906 (marca de cerveza) que también podríamos bautizar como el síndrome de Tezanos, el certero. La marca de cerveza ha utilizado la frase “La mayoría está sobrevalorada”, como lema de sus campañas. El presidente del Gobierno carece de tales mayorías, pero para eso tiene a Tezanos, el certero que le apaña una cada mes. ¿Espejito, espejito mágico: quién es la mayoría? Y Tezanos, en 42 de las 43 elecciones sondeadas, desde que es el activista jefe del CIS, ha sobreestimado a la izquierda y devaluado a la oposición. El activista compareció en el Congreso para decir que Sánchez gana: no ha ganado nunca.

La mayoría inexistente, autocalificada de progresista, que no lo es, ha ido acompañada de comportamientos clientelares escandalosos, especialmente en materia territorial. Cesiones inicialmente financieras a cupos insolidarios reforzados son, en última instancia, una idea de dilución de la idea constitucional de la nación y de la soberanía popular. En realidad, lo que piensa el narciso es que los seres humanos que habitamos España descendemos de 17 monos distintos.

La invención de la legitimidad, más escandalosa en este último año: voladura de la coalición de la investidura, produce otro sesgo notable, el llamado de Dunning–Kruger: la incompetencia te impide ver tu propia incompetencia. La gestión de los fondos europeos (renuncia a endeudamiento con carencia), incumplimientos de reformas, la extraordinaria lentitud en la gestión de las amplias subvenciones que se han concedido, la ejecución de la inversión pública, la ocultación del error bajo la sobreexposición en las redes o la publicidad han sido ejemplos más que notorios en este año y en toda la legislatura.

Una economía basada en la inmigración, sin infraestructuras que le acompañen, con crisis de precios, sin posibilidad de ahorro, con crisis de vivienda, con salarios reales muy por debajo de los crecimientos nominales, con trabajadores cobrando menos que los que no trabajan, han desvanecido la imagen de políticas socialdemócratas, enfangadas en una explosión de la deuda, destinada a financiar la crisis generacional.

Naturalmente, este modelo de gestión ineficiente ha de ser compensado con modelos de comunicación. He aquí dos sesgos al respecto que han definido la posición política del presidente del Gobierno. Ha habido un evidente esfuerzo por completar un esfuerzo de anclaje, por controlar la primera información, para marcar el tono del debate. Empezamos con el relato, pasamos a la neolengua y, últimamente, nos atrevemos con las ventanas de Overton: lo que quiere la mayoría (“que no existe, imbécil”) no cabe en la ley –hablaremos otro día de la legitimación de la okupación-.

La gestión de la publicidad pública, la rueda de prensa sin preguntas, incluso, como ha ocurrido en Extremadura, sin explicación. La legislación de control de medios, la colonización hasta el escándalo de la televisión pública o la financiación de la propia maquinaria de bulos han sido y son prácticas de las que el gobierno ha abusado en demasía.

En segundo lugar, la comunicación ha respondido, también, a un sesgo presidencial: la falacia de la atribución. El presidente juzga a los demás por sus acciones, pero se juzga a sí mismo por sus intenciones (que por otra parte no conocemos, inicialmente). La construcción de la polarización o el muro divisivo establecido se atribuye a los demás, porque el gobierno, naturalmente, no se comporta con sectarismo. Si debe alterar la división de poderes o convocar manifestaciones contra el Supremo es solo porque hay un “golpe judicial” en marcha. Sin embargo, las políticas han resultado ser extraordinariamente divisivas, alterado el estatus de las clases medias y el radicalismo de toda naturaleza.

Sin embargo, sí sabemos cuál es la intención del buen narciso: un sesgo de supervivencia. Hay que ignorar a los perdedores, dejar de conocerlos, no saber nada de quien te ha acompañado. Frente a la corrupción, ignoramos a los desertores.

La respuesta es el efecto “halo”: los rasgos positivos del narciso, su belleza, su presencia, el tour house a lo Isabel Presley o la lista de Spotify deben ir acompañados de otras virtudes éticas que la ciudadanía ha de suponer. Es importante, en consecuencia, para el que aspira a sobrevivir, explotar el sesgo del foco: estar presente, llamar la atención en un escenario donde no se compita con nadie. Quien posee el escenario es dueño del espectáculo.

La invención de una mayoría y de la legitimidad, la comunicación persuasiva, la ocultación de la incompetencia, la ignorancia de los que acompañan en la aventura de gobierno, la manipulación de masas, el aliento del radicalismo son los elementos que ocultan el auténtico miedo del narciso: la aversión a la pérdida de su poder.

El personaje no ha ejercido política porque no tiene mayoría, porque el lío ha sustituido a la gestión, porque la soberanía ha acabado residiendo en él, no en las instituciones. Él no viaja con el rey, no considera a los jueces, ni cuenta “con el concurso del legislativo”. Y cuando eso ocurre aparece un sesgo tan determinante como los anteriores, el del enredador, que diríamos los aragoneses, o el síndrome de Cécina del que ya les hablé aquí: “Cuando se descubrió que habían desviado dinero público y se pidió que se le juzgara por malversación, Cécina, resentido, decidió revolverlo todo y restañar con los males del Estado sus heridas privadas”. (Cornelio Tácito. Historias – Cita generada con IA, Géminis- 13 de diciembre de 2025).

La izquierda ha quedado inerme ante el filibusterismo de un liderazgo populista que ha acabado perjudicando a quienes decía proteger. Los sesgos del buen narciso, amparados en una coalición clientelar, han determinado la contaminación de una legislatura que ha terminado, con notable daño a la calidad de nuestra democracia y a la potencial regeneración de la izquierda. Otra cosa es la fecha en la que el narciso se va a otro campo con sus sesgos.

 

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