Milton Revilla, según el periódico digital Vozpopuli, ex oficial del Ejército venezolano, estuvo destinado, con su unidad de 120 hombres, en el puesto fronterizo de Catatumbo, entre Venezuela y Colombia, en el año 2000. A este militar, de carrera desde 1989, se le encargó controlar esa zona montañosa, de vegetación selvática, uno de los principales pasos entre Venezuela y Colombia. El tránsito mayoritario se produce por el río Catatumbo, en embarcaciones ligeras. El resto de las personas que usan este paso lo hacen casi siempre a pie. Ésta es una zona en la que el ELN y el grupo disidente de las FARC se disputan el poder y el control del narcotráfico.
Este exmilitar, que desertó del Ejército venezolano chavista, tiene pendiente una comparecencia en la Audiencia Nacional, que ha solicitado voluntariamente, para aportar datos acerca de dos destacados pistoleros de ETA, Ignacio De Juana Chaos y Arturo Cubillas Fontán, cuyo paso registró cuando estuvo al frente de la vigilancia de aquel puesto fronterizo.
Arturo Cubillas Fontán fue uno de los etarras deportados a Venezuela desde Argelia en 1989, y acogido como refugiado político por el régimen chavista. Posteriormente adquirió la nacionalidad venezolana, ocupando el cargo de jefe de seguridad del Instituto Nacional de Tierras y alto funcionario público en ese país. Cubillas Fontán facilitó entrenamiento de miembros de ETA en Venezuela, en colaboración con las FARC. Esta acusación la corroboraron dos miembros de ETA ante la Policía española y el juez.
Ignacio De Juana Chaos, nacido en Legazpia el 21 de septiembre de 1955, fue agente de la Ertzainza, de la que desertó tras el robo de 112 pistolas depositadas en la Diputación de Guipúzcoa. Tras este asalto huyó a Francia, y en 1985 ya estaba integrado en el “comando Madrid”. Este robo de armas fue uno de los primeros pasos que marcaron su implicación activa en la banda terrorista ETA, facilitando la logística y el armamento para la comisión de atentados.
El lunes 14 de julio un guardia civil conductor, destinado en el Parque de Automovilismo situado en la entonces calle de General Mola de Madrid, de camino a recoger el vehículo que conducía habitualmente, un autobús Pegaso de sesenta plazas, iba pensando en sus próximas vacaciones de verano. Éste podía ser su último día de trabajo. El curso de Tráfico para los jóvenes guardias estaba a punto de concluir y, como consecuencia, terminaban los traslados ida y vuelta entre General Mola y la Venta de la Rubia.
Una de las noticias de cabecera en todos los periódicos del día era la deportación del etarra Txomin a Gabón. La deportación había sido decidida unilateralmente por el gobierno francés tras un corto periodo de prisión en Burdeos. La detención, prisión y deportación de Txomin, permitió a los más radicales hacerse con la dirección de ETA. Txomin, no se quedaba atrás como asesino, pero la edad y el cansancio hacían mella. El relevo en la dirección de la banda pasó a manos de Josu Ternera y de Múgica Garmendia, Paquito. El dúo que “mejoraría” el instinto asesino de ETA.
Matanza en la Plaza de la República Dominicana
Jesús, el guardia-conductor asignado, una vez revisado el autobús, repasó mentalmente el recorrido y eligió el que le parecía más despejado tratándose del mes de julio, un tiempo de menos tráfico como consecuencia del comienzo de las vacaciones de verano. Decidió salir del Parque hacia la calle de Costa Rica. Tenía órdenes de cambiar cada día de itinerario, y lo respetaba escrupulosamente. Las razones, especialmente relacionadas con la seguridad, eran motivo de primer orden y se esforzaba en buscar nuevos recorridos, aunque tratándose del lugar del que partía las opciones eran muy limitadas. El convoy de transporte lo completaba un microbús y dos coches de escolta, uno en cabeza y el otro cerrando la marcha. Ese día, uno de los coches de escolta se había averiado y hubo que salir sin él. Jesús conectó la emisora que comunicaba con la Sala de Operaciones y anunció que se ponía en marcha.
– “Autobús Academia para Central. Salimos del Parque para lugar asignado”.
A las 7.30. el convoy estaba en marcha.
Desde Príncipe de Vergara bajó hasta la plaza de la República Dominicana y se dirigió a la desembocadura de la calle de Costa Rica, hizo una breve parada ante el semáforo y arrancó al comprobar que no pasaba nadie. En ese momento sintió un golpe seco, un ruido ensordecedor y cómo estallaban los cristales del parabrisas y se levantaba el techo del autobús como si fuese una lata de conservas. La explosión del coche-bomba afectó de lleno a la parte trasera del vehículo, causando un enorme agujero en la carrocería.
El espectáculo era dantesco, aquello era un auténtico infierno, una carnicería: cuerpos destrozados por la metralla, gritos pidiendo auxilio, lágrimas y dolor, mucho dolor. Hombres jóvenes contemplando su cuerpo mutilado, queriendo reanimar al compañero que ya no respiraba, pero al que seguían llamándole entre sollozos. Doce guardias civiles asesinados cobardemente.
Había ocurrido una auténtica masacre. El “Comando Madrid”, había perpetrado el mayor atentado en la capital de España desde la explosión de la cafetería Rolando, cerca de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol.
El Comando Madrid había golpeado. Aunque la explosión no cogió de lleno al autobús, como pretendían los asesinos, el atentado conmocionó a la población y los destrozos en los edificios cercanos fueron numerosos. El coche bomba entraba de lleno en la operativa de los terroristas. Era fácil de montar y, mediante el robo del vehículo en la calle horas antes de armarlo y prepararlo, un arma mortal estaba al alcance de su mano.
El coche que utilizaron para el atentado tenía en su interior cinco ollas a presión, de las que se venden para su uso doméstico, diez kilos de dinamita y goma 2 y entre cinco y diez kilos de tornillos, tuercas y eslabones de cadena, que actuaron como metralla. Para activar la goma 2, los terroristas habían utilizado detonadores piezoeléctricos introducidos en la parte inferior de las ollas, previamente perforadas con un taladro. Los detonadores de las cinco ollas estaban unidos mediante una mecha rápida de acción inmediata y, para hacer estallar el explosivo, habían empleado un receptor de FM, alimentado con dos pilas.
El terrorista que pulsó el emisor receptor debía estar situado a menos de cien metros del punto de explosión. El hecho de que el conductor del autobús no parase en el semáforo, ya en intermitente, al hacer el giro hacia la calle de Costa Rica, evitó que la explosión cogiese de lleno al autobús.
Comenzamos una carrera en busca de los elementos electrónicos que pudiesen neutralizar las señales de aquellos mandos a distancia que utilizaban los terroristas para activar los coches bomba. Decididos a invertir en aquel objetivo, se movilizaron algunas empresas expertas en elementos electrónicos, y los propios laboratorios de la Policía y de la Guardia Civil se pusieron manos a la obra. Con la misma finalidad, se contactó con el Ejército para recibir apoyo y asesoramiento. Teníamos la certeza de que el coche bomba se iba a convertir en la “herramienta” más mortífera en manos de los pistoleros. Con el paso de los años se fue perfeccionando un dispositivo perturbador de señales enviadas con mandos a distancia, que terminó instalándose en vehículos, comisarías, cuarteles, edificios oficiales y cualquier instalación que pudiera ser objetivo terrorista.
Un comando sanguinario desde 1982
El “Comando Madrid”, que solo en un año había ocasionado en la capital de España un total de veinte víctimas, después de este atentado, suspendió en julio su campaña de terror, coincidiendo con la formación del nuevo Parlamento y la investidura de Felipe González como presidente. La historia de este comando asesino comenzó antes de que ganásemos las primeras elecciones, las de 1982. El atentado de la plaza de la República Dominicana era el final de un proceso que se inició con el desembarco, al frente del comando en la capital, de un histórico de ETA, Aracama Mendía, de treinta y cinco años, alias Makario.
El primer comando destinado a atentar en la capital se formó con tres etarras veteranos, entrenados en Líbano, Argelia y Yemen, con una preparación y una disciplina férrea, asesinos profesionales al servicio de una causa equivocada y sin futuro. Ignacio Aracama Mendía, José Luis Urrusolo Sistiaga y Belén González Penalva. Entre los tres destacaba Aracama, como especialista en el manejo de la metralleta, su arma favorita.
Todo empezó una mañana de noviembre de 1982, con el reciente triunfo del PSOE en las elecciones generales, a punto de tomar posesión el nuevo gobierno.
El 4 de noviembre, el general Víctor Lago Román, jefe de la División Acorazada Brunete, una de las unidades de élite del ejército español, instalada en el pueblo madrileño de El Pardo, viajaba con su conductor por la carretera de La Coruña, camino de su despacho. En el semáforo del Arco del Triunfo, el conductor tuvo que frenar porque se puso en rojo. Al mirar por el retrovisor, en el momento de arrancar de nuevo, vio que se acercaba muy deprisa una moto Guzzi, que se situó en paralelo al Seat 131 del Ejército de Tierra, y el acompañante del motorista sacó una metralleta de debajo de la cazadora y disparó dos ráfagas seguidas contra la ventanilla trasera. A pesar del volantazo que dio el soldado conductor, los disparos impactaron de lleno en el general Lago, falleciendo al instante.
El antecedente de este atentado, y que se asociaba al mismo comando, fue el llevado a cabo contra el general Valenzuela, jefe del Cuarto Militar del Rey, con una bomba lapa colocada desde una moto en el techo del coche oficial que le trasladaba. La policía no había identificado todavía la nueva composición del comando, y se señalaba al miembro más destacado ya conocido, Txema Berreciartua, como el autor del ametrallamiento al general Lago. Pero lo cierto es que nos encontrábamos con una nueva composición: el relevo de gente muy conocida por otra que llegaba con más ganas de matar y con una mejor preparación.
Los primeros hilos de los que tiró la Comisaria General de Información para identificar y situar a los nuevos miembros del Comando Madrid, se buscan minuciosamente en los papeles incautados en la llamada “Operación Sokoa”, que en su momento detallaré cómo se gestiona y cuál fue el resultado. Son tantos los papeles encontrados en aquel escondite de la cooperativa Sokoa, con miles de datos, que su análisis llevaría mucho tiempo y dedicación. Hasta la desaparición de ETA, las fuerzas de Seguridad han estado examinando una y otra vez aquellos documentos que seguían facilitando información operativa.
A la caza del Comando Madrid
Se centraron las pesquisas en dos datos, la matricula de un coche Talbot blanco y un piso en la calle Carranza de Madrid. El número de teléfono de ese piso apareció en uno de aquellos papeles, en los márgenes de un folio de contabilidad. El comisario Juan Felices, entonces jefe de la Brigada Central de Información, se dedicó en persona a hacer seguimientos y a contrastar datos de individuos que, conforme avanzaba la operación, iban apareciendo en el operativo.
Un maestro de EGB, que había perdido su cartera con documentación y algo de dinero en Villafranca de Ordicía, fue la identidad elegida por los terroristas para afincarse en Madrid. Cuando la policía contrastó los rasgos físicos de ese maestro con los de la persona que había alquilado la vivienda de la calle Carranza se supo con certeza que no coincidían. Todo se confirmó al interrogar al vendedor del Talbot blanco, que aportó datos del comprador que coincidían con el aspecto del inquilino de aquel piso alquilado con documentación falsa.
En paralelo, y a través de la brigada provincial de Información de Guipúzcoa, nos llegó otro dato que apuntaba a la infraestructura de ETA en Madrid. En las escuchas telefónicas a personas sospechosas de colaborar con los terroristas había aparecido el nombre de una mujer, peluquera de profesión, que se había ido a estudiar a Madrid. Había alquilado un piso en la calle Alcántara, del barrio de Salamanca, y su vida no se correspondía con las razones que daba a una amiga en una conversación telefónica. Aquel domicilio, el de la calle Alcántara, quedó sometido a una vigilancia día y noche, así como los movimientos diarios de la inquilina.
Aquella peluquera, Cristina Arrizabalaga, era una militante destacada de Jarrai, las juventudes de Herri Batasuna, a la que logramos localizar después de “peinar” durante meses el barrio de Salamanca, así como academias dedicadas a la enseñanza de peluquería y miles de pisos. Se comprobó que no vivía permanentemente en el piso de Alcántara. Con frecuencia subía al País Vasco y podía tardar semanas en volver. No teníamos ya dudas de que algo importante estaba en marcha. Se cruzaron datos en el sistema informático de la Policía, que vinieron a confirmar esas sospechas. Para la portera del inmueble, situado entre dos bares, Casa Antonio y La Goleta, esa vecina no daba problemas y apenas se la veía. Solamente una noche recibió una llamada sospechosa, controlada por la Policía, desde un teléfono del barrio madrileño de Pueblo Nuevo, y esa noche una mujer muy joven, de unos veinte años, se alojó en el domicilio vigilado. La Policía sospechó que esa joven era la misma que una tarde, semanas antes, había llamado al objetivo desde una cabina, en la calle Río Ulla, en el barrio de Pueblo Nuevo.
Para el comisario Felices, un andaluz de pocas palabras pero con una tremenda capacidad para la observación, todos aquellos datos indicaban que los integrantes del Comando Madrid iban a ser cambiados, así como su infraestructura. Probablemente se estaba montando una nueva red de pisos, en distintos puntos de la capital, para moverse con ciertas garantías de seguridad.
El control de las matrículas buscando coches robados
Los terroristas sabían que utilizar coches robados para moverse, con matriculas dobladas, si se aparcaban en la calle, se corría el riesgo de que los coches patrulla de seguridad ciudadana, o los camuflados de información que teníamos permanentemente recorriendo barrios enteros buscando matriculas sospechosas, terminasen por descubrirlos, y habían decidido guardarlos en los aparcamientos públicos de pago. Ante esa sospecha, se instalaron cámaras de los accesos a aquellos aparcamientos próximos a los pisos vigilados. En el de la calle Arapiles, saltó la buena nueva.
En el mes de diciembre, uno de los policías que hacía el visionado diario de las cintas grabadas en esos aparcamientos se encontró con el coche Talbot blanco, conducido por el individuo que había alquilado el piso de la calle Carranza, acompañado de una mujer cuyas señas no coincidían con las localizadas hasta ese momento.
Casi a la vez, un Renault 18 GTX apareció en la puerta del edificio de la calle Alcántara y de él descendió Cristina Arrizabalaga. Lo conducía un hombre alto de complexión fuerte, que los policías le identifican como Ignacio de Juana Chaos, el policía desertor de la Ertzaintza.
En paralelo, siguiendo con el concienzudo estudio de los papeles de Sokoa se localizó una factura, emitida por una empresa de transportes instalada en Villabona, Guipúzcoa. El responsable máximo de dicha empresa era Mikel Zalacaín, un vasco residente en el sur de Francia y con ciertos contactos con el colectivo de refugiados. Dicha empresa, en pocos años, había conseguido levantar un negocio de cierta importancia. Controlado el teléfono de la empresa, las sospechas apuntan a un camión con matrícula de Barcelona, en el cual podrían viajar próximamente los nuevos miembros del comando que a partir de ese momento llamarían Comando España. Efectivamente, el camión tenía camuflado un hueco, en su parte delantera, junto a la cabina del conductor, que servía de escondite para trasladar a un comando desde Francia a España.
Se movilizaron seiscientos policías y un número similar de guardias civiles, los cuales se dedicarían a montar controles en las carreteras de acceso y salida de Madrid. Este dispositivo se mantendría al menos un mes, mientras la Brigada Central de Información, reforzada con efectivos desplazados del País Vasco, continuaba con las labores de identificación de los nuevos miembros del comando y, sobre todo, en la localización del piso de seguridad de los terroristas.
En dos ocasiones, en aquellos seguimientos y vigilancias se tuvo que interrumpir el operativo ante la sospecha de que nuestros objetivos habían detectado las vigilancias. En ese tiempo, con los dispositivos paralizados, siempre nos asaltaba la sensación de un fracaso que podía conducir a la desaparición repentina de todo lo realizado: volver a empezar, cambiar a los agentes, utilizar vehículos nuevos y recuperar el ánimo perdido… Añadiendo la enorme preocupación de que en ese tiempo se produjera otro atentado.
Por fin, en el mes de enero, con un tiempo muy frío que todo lo congela, uno de los individuos, con el Talbot blanco entra en un local habilitado como garaje, en la calle Sambara, en el barrio de Barajas. Poco después se localiza un segundo garaje en la calle Burriana, del mismo barrio. La red que tienen montada los terroristas, entre pisos y garajes, nos adelanta que este comando tiene por delante una misión de envergadura: asesinatos, bombas y secuestros.
Todo confluye en Río Ulla
Al final del día, los diferentes seguimientos se analizan, cruzando datos y movimientos, y se llega a la conclusión de que el piso de seguridad está en la calle Rio Ulla.
El comisario General de Información, Jesús Martinez Torres, llamó al responsable jefe de los GEOS, el comandante Holgado, un hombre que había formado un grupo de policías de gran preparación dedicados a las operaciones de mayor riesgo y más delicadas que correspondían a la policía. En ese caso, se trataba de entrar de madrugada en el piso de Río Ulla y detener a los todavía no identificados miembros del Comando Madrid, rebautizado como Comando España.
A las cinco de la madrugada del 16 de enero de 1987, con una temperatura en Madrid de cinco grados bajo cero, entraron los geos, derribando la puerta del piso de Rio Ulla 8 y detuvieron a los seis nuevos miembros del comando: Cristina Arrizabalaga, María Teresa Rojo Paniego, Antonio Troitiño Arranz, Esteban Esteban Nieto, Inmaculada Noble Goicoechea e Ignacio De Juana Chaos.
Al entrar los geos, Troitiño se echó sobre la cama y empezó a llorar desesperadamente. Esteban Esteban Nieto tuvo un retortijón de vientre y no pudo llegar al cuarto de baño. Tres estaban totalmente desnudos. Teresa Rojo gritó: “Levantaros que es la policía”.
Queda por contar las andanzas posteriores de De Juana Chaos por Venezuela. El capitán Milton Revilla, el oficial que quería declarar en la Audiencia Nacional, compareció al fin y manifestó: “Hay intereses en España para que el caso no se reabra”.
Siempre me he preguntado sobre los intereses que determinados gobernantes españoles pudieran tener en que determinados venezolanos, muy críticos con el narcorégimen de Nicolás Maduro, declaren sobre las relaciones de este país con los asesinos de ETA u otros asuntos igual de espinosos. No puedo dejar de pensar que fue el gobierno de Rodríguez Zapatero el que favoreció las demandas de beneficios carcelarios a De Juana Chaos con tal de que éste no siguiera con su huelga de hambre. Un terrorista, por cierto, que acabaría luego evadido y refugiado en Venezuela. Siempre me han asaltado preguntas como ¿qué relación tienen determinados dirigentes del PSOE con Venezuela?, o como ¿por qué se puso sordina a las denuncias de Hugo Carvajal, denuncias que sin embargo han motivado en Estados Unidos una investigación contra el expresidente del Gobierno español? Parece que estas incógnitas empiezan a ser reveladas en los medios de comunicación españoles y norteamericanos. Veremos.



