Puente, el relato y la resurrección del PowerPoint

Puente abandonó, imagino que temporalmente, la red “X” (el Twiter). Quizá cuando vuelva tenga menos seguidores. Cuando un “macarra tuitero” abandona las redes y se pasa a la comunicación convencional tiene un problema: la falta de credibilidad; es como un influencer presentando un telediario en la 1 de RTVE.

Óscar, falto de la dosis de modernidad tecnológica no solo se pasó a extensísimas ruedas de prensa, lo suficientemente extensas como para colar alguna mentirijilla. Añadió una aportación tecnológica que no vimos venir: la resurrección del PowerPoint. Puente ha llegado a la experiencia boomer, enseguida serás un milennial, vamos Óscar, tú puedes: Windows 3.0, 1990, PowerPoint.

Si ustedes quieren saber por qué China gobernará el mundo y nosotros no, es sencillo: allí, las infraestructuras críticas las dirigen los ingenieros; aquí, los abogados y, en todo caso, algún experto en ciencias ambientales.

Ahora que hasta los boomer sabemos que el actual PowerPoint maneja inteligencia artificial o inscribe imágenes en películas. Ahora que sabemos que hay otras alternativas para una presentación, la modernidad española es un PowerPoint. Bienvenidos al año 90. Quédense ustedes tranquilos: los de ADIF, RENFE y el ministerio de las infraestructuras son dominadores del entorno Windows.

La resurrección del PowerPoint es un excelente epítome de la gestión pública española. Es el resumen de lo que el buenismo aplaudidor de la pandemia nos ocultó: nuestras infraestructuras críticas se han desvanecido como lágrimas en la lluvia, desde la mejor red eléctrica del universo que se apagó, sin que aún sepamos porqué, hasta la alta velocidad más rápida del mundo, con la excepción de China, paralizada en casi todas las líneas. Hemos vuelto al pasado de lo que no funcionaba.

Ése es el gran temor del socialismo realmente existente: la muerte nos ha puesto ante el espejo de la España que dejó de funcionar. Ésa es la razón de la desaparición de Sánchez y, también, de que la habitual maquinaria del relato, la neolengua y ventanas de Overton no hayan colado esta vez.

Y sí, lo han intentado. Hemos tenido las ruedas cuadradas de RTVE. Hemos oído las filtraciones a la prensa de referencia y sus satélites de conversaciones que tratan de penalizar a los maquinistas.

Hemos tenido a la Cadena SER entrevistando a un maquinista que no vio la vía rota, claro que la cadena no informó de que el tal maquinista iba por el otro lado. También hemos visto a la misma radio que la pasada semana bromeaba sobre el “derecho al asesinato de un bebé potencialmente malvado” poner a los humoristas menos empáticos y más groseros de la cadena a debatir sobre la “apropiación lacrimal”.

Se ha intentado sostener que la inversión renovó la línea en 700 millones. En realidad, en el tramo del que hablamos fueron 52. Se ha intentado culpar a la empresa que fabricó el rail. Las máquinas que revisan las vías o no están homologadas o están en reparación. No; en los tiempos que corren de drones y GPS, de balizas que nos ubican, no podemos localizar un tren.

Los aliados también se han portado. Unos pocos han guardado silencio. Otros han replicado el argumentario. Rufíán, el responsable de asuntos españoles de ERC, ha dejado dicho que 45 vidas perdidas en Andalucía, la falta de mantenimiento, el choque de los trenes, semanas de incomunicación ferroviaria es mala suerte. Eso sí, su jefe, Junqueras, ha declarado que una vida perdida en Catalunya, un muro caído y cinco días de incomunicación requieren la dimisión del ministro Puente. Supongo que la diferencia de discurso y relato ofenderán a los andaluces, cosa que a los hiperventilados les importa poco.

También hemos tenido a la izquierda de verdad verdadera polemizando sobre funerales con Ayuso. En realidad, allí en Huelva, todos los fallecidos y fallecidas han sido despedidos con oficios religiosos, los cofrades han despedido a sus hermanos, los pueblos han convocado sus misas, nadie ha protestado por los funerales.

Hemos estado en Huelva, acompañando a amigos. Siempre se vuelve de Huelva con optimismo: la gente, los bichos que allí se comen, la luminosa claridad que regala el océano. Hemos regresado con un sentimiento agridulce, hemos visto a los onubenses pelear por volver a la vida, llenar en una mañana de sol su mercado, pero no ha habido un sitio donde hayamos entrado donde no nos hayan hablado de alguien perdido, familia o amistad.

Hemos caminado por una ciudad silente y abrumada, como el Madrid de los trenes del 11 M que recordamos. Nosotros tuvimos, durante unos días, un enemigo, a los onubenses no les protegió quien debía, es su sentimiento. No es el pueblo el que debe salvar al pueblo –verso de castigo de Machado a quienes, con Largo Caballero al frente, abandonaron Madrid, prometiendo una contraofensiva que nunca se produjo-. Es el estado del bienestar, la inversión pública, las infraestructuras las que salvan al pueblo: ése es el relato, no la resurrección del PowerPoint.

 

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