Pedro y Úrsula, esa mujer difícil

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre poseedor de una gran altura moral, conocida inteligencia y acrisolado amor por la humanidad merece ser consejero de una mujer, especialmente si es poderosa. Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos de un hombre cuando es por ésta rechazado, más aún cuando ella hace público su malestar.

Sí es imaginable, empero, la profunda herida que le produce, tras ser rechazado, ser ubicado a la hora del té junto al socio menos recomendable del Club. ¡Imagínense que la historia reserva a Pedro una foto con Orbán, en el rincón de la “fachosfera” prorrusa! Tanta pasión, reflexión, maquillaje, venalidades y amigos impropios a los que no conoce, tanto cambio de opinión para acabar ahí. Del colegio de “preferiti” (preferidos) a abandonado. Pero él está bien, ha comido, una periodista turca le ha piropeado, una ministra gritona le ha llamado superhéroe, ha recuperado el desaparecido orden de la historia y, faltaría más, ha tenido tiempo de crear un nuevo icono del progresismo galáctico: una señora activista, mentirosa que grita y llora mucho, a la que no conozco, en este punto me pongo en plan “sociata”.

Los analistas y cronistas varios llevamos tiempo temiéndonos lo peor. “Úrsula ya no ama a Pedro”. Nos lo temíamos, sabíamos que von der Leyen tenía una nueva mejor amiga que había sustituido a Pedro en su corazón. Peor aún, la malvada italiana se ha erigido en líder del flanco sur europeo y organiza los cócteles a espaldas de Pedro. El pasado 8 de julio, mi amigo y contertulio José María Triper me decía, a pesar de ser poeta es persona seria, que el problema no es Sánchez, “es la imagen de España” (mis cuadernos no se destruyen, sabedlo contertulianos). ¿Y si Sánchez fuera parte relevante del problema?

Pero el asunto ha ido a peor. La responsable del ejecutivo comunitario ha trasladado a su círculo más cercano que Sánchez y Orban rechazan sus propuestas para “obtener un rédito nacional”. Ha desmentido que lo haya comparado con Orban, mientras se desplazaba a un evento al que Sánchez, primero no fue convocado y, luego, no ha querido estar, porque a él no lo maneja Macron y eso no da votos en España.

¿Por qué tanta desdicha? Hay dos razones políticas: la primera, el profundo desvanecimiento de la socialdemocracia europea. Los liberales (Renewal) se han unido al acuerdo político que compartían centroderecha y socialdemócratas. Y, por otra parte, la creciente debilidad de la socialdemocracia alemana ha sustituido cualquier acicate al respecto que tuviera von der Leyen.

Por otra parte, el crédito de la Comisaria española, desplazado nuestro país de todo espacio de influencia, no es muy alto: la profeta de lo antinuclear (sin explicar el asunto Forestalia de su departamento) ha pasado ahora a ser defensora de lo nuclear. Hoy mismo, en París, von der Leyen ha dicho que es un error la renuncia a lo nuclear de la Unión Europea. ¿Esperan ustedes la dimisión de Ribera? No; por supuesto.

Hay un segundo aspecto no menos importante. La creciente devaluación del compromiso europeo español. Quizá recuerden aquellos días en los que éramos los primeros de la clase. De hecho, llegamos a obtener el premio a los apresurados, cuando fuimos los únicos que votamos el Tratado de Maastricht, mientras el resto de Europa lo iba rechazando.

Tal entusiasmo se ha ido enfriando. Las razones para España son parecidas al desencanto europeo. La crisis financiera, con el euro salvado milagrosamente con la máquina de “Supermario” (Draghi: “watever it takes –lo que haga falta-), dio paso a múltiples populismos y a agendas políticas alejadas de las preocupaciones ciudadanas que erosionaron, junto a una notable debilidad de liderazgo, la confianza en la Unión.

España no fue ajena a ese proceso, acompañado de otro: la reducción paulatina de los recursos que hemos recibido de Europa. Hay que decir que España es, en relación con su PIB, el país de la Unión que más dinero recibió. Pedimos rescates ucranianos y pospandemia: los tuvimos, los derrochamos de forma inútil, algunos en mordidas.

La respuesta española no solo a esa situación sino a los crecientes cambios geopolíticos suele ser la de un “leve aroma antieuropeo”. Pedro Sánchez deja de respirar, enfadado, cada minuto que se pasa por Bruselas o el mundo, se pone contestatario y aposenta su palidez en la esquina de los que no están de la foto. Pide, eso sí, subvenciones y excepción ibérica, permanentemente, para todo. Nos hemos convertido eso que en economía se llama “free rider” y nosotros llamaríamos gorrones.

Opina el resto de la peña -especialmente en el norte- que la cuarta economía europea (lo de Polonia no se lo crean) igual debía tener un comportamiento más proactivo. Pero ya saben, en su lucha contra la ola reaccionaria que nos invade todo el mundo es sospechoso. Mientras Sánchez sigue anclado en las agendas anteriores, Europa ha pasado página y fijado su horizonte y, probablemente, sus recursos en la autonomía estratégica (seguridad y defensa, digital y energía).

Los recelos en estos campos, especialmente en el de la seguridad, de Sánchez son muy evidentes y han provocado conflictos con Alemania y Francia. En el tema energético es contradictorio: España se ofrece como paraíso de los centros de datos, pero no tenemos energía suficiente ni para cubrir el déficit de vivienda, y agua a ratos. De digitalización solo estamos en contra de los oligarcas, cosa que estaría bien si facilitáramos alguna alternativa, en lugar de seguir animando a la vieja cultura de la regulación.

La señora von del Leyen es una mujer difícil. Incluso cabría preguntarse si quienes han conducido el desastre no debieran dejar paso a otro personal. Probablemente es lo que piensan los italianos, con “ella” a la cabeza, que han puesto sobre la mesa dos estrategias a las que España no ha dicho nada: Draghi y Letta.

Comparar a Orban y Sánchez es, probablemente, injusto e inexacto políticamente. Sobre todo por el compromiso español con Europa y con los valores europeos, hasta que se acrecentó el declive al menos, pero que se mantendrá. No obstante, debemos reconocer que se ha ido imponiendo de forma preocupante: una creciente “nacionalización” electoralista de nuestra agenda política.

Esa agenda tiene algún que otro interés espurio. Pero nos concierne, en realidad, a todos los que nos reclamamos de un pensamiento ilustrado de izquierda. Hoy se discute en París un escudo nuclear que nos proteja y no depender del imperialismo europeo o ser amenazados por otros imperios. No hay nadie de izquierda en la sala. Mala cosa Pedro, mala cosa. Aunque, tienes razón, ir para decir que no: mejor que nos piropee una periodista turca, por un poner.

 

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