Pedrofakis

Varoufakis es muy recordado, aunque me dicen que el caché de sus conferencias ha bajado. Tiene en su haber dos éxitos políticos: haber destrozado al poscomunismo y a la prometedora izquierda nacida en la crisis financiera, reconvirtiéndola al populismo y, también, aunque esto se comenta menos, el haber sido el primero en abrir el conflicto generacional en Europa: manifestaciones enfrentadas en Atenas, que él miraba desde su ático al lado de La Plaka, entre pensionistas (Euro, sí) y jóvenes (Euro, no).

La amenaza con caminar fuera de Europa sedujo a los más jóvenes y desahuciados vástagos de la clase media que, posteriormente, se sentirían traicionados. En aquellos últimos días de la austeridad letal (antes de que Draghi mandara a parar), sus ideas sobre la deuda, la moneda y las reglas acabaron con los nervios incluso de quienes le apoyaban y la polarización supuso la victoria de las derechas y la aparición de la extrema derecha.

En aquellos días, un autobús de múltiples asesores globales, el autobús sigue funcionando sus integrantes menos, acompañaba a Varoufakis en sus negociaciones, tejiendo una serie de relatos de política social y económica que han ido contaminando al conjunto de la izquierda. En el abandono de la socialdemocracia y los pactos con las clases medias tiene mucho que ver, por un lado, la polarización social aplicada como sistema y, por otro, el modelo de asistencialismo basado en deuda y rentas bajas.

La llamada “Movilización del Progresismo Global” -celebrada en Barcelona y comunicada, en realidad, como una extensión del Grupo de Puebla– ha recordado a algunos de esos dramáticos momentos. Junto a la convocatoria al miedo al fascismo, se recupera la retórica de los poderosos y se escucha y se percibe el leve aroma antieuropeo que venimos padeciendo hace tiempo. Al parecer, los líderes progresistas europeos estaban en otra parte, lo que nos aleja del núcleo de nuestras alianzas, como aquí se ha repetido más de una vez.

Conviene repasar la política socioeconómica de nuestro “Pedrofakis”. Hemos construido un modelo social y económico que se ha consolidado en un empleo de baja productividad y bajo salario, reforzado con un endeudamiento que distribuye la escasez del asistencialismo, posible por una mayor resistencia a la bajada de precios que la europea y, en consecuencia, mayor recaudación fiscal, sin deflactación (IRPF) y basada en el consumo (IVA).

Un asistencialismo que se percibe como insostenible a medio plazo. Modelo en el que redunda la “gran regularización” y que presiona las costuras del modelo público (sanidad, educación e infraestructuras críticas) y social (escalera social, vivienda, equilibrio generacional).

Mientras se presume de tasas de crecimiento, se ignora que el PIB por habitante esconde un drama estratégico: la lejanía a la convergencia con Europa, penalizada por una baja productividad, un producto por hora de trabajo escaso y bajo valor añadido de las actividades claves de nuestra economía.

Mientras “Pedrofakis” hacía su sermón en Barcelona, Lula hablaba de Cuba, la que más muertos tiene en su estado medio fallido hablaba de amor y Petro andaba por allí, aunque nadie recuerda lo que dijo. En el lado educado del populismo se reunían Cuerpo, el ministro de Economía, y la nueva asesora global favorita de la Moncloa: Mariana Mazzucato.

Mariana ha sustituido a la antes muy apreciada Noemi Klein (No Logo) que empezó a preocupar a los del relato cuando se atrevió a hacer alguna crítica a la izquierda por abandonar sus electorados sociales, sustituidos por un lenguaje identitario alejado de la conciencia social.

Cuerpo y Mazzucato han creado algo nuevo: un “Consejo Global para la economía del Bien Común”. Nadie sabe muy bien que es eso, pero los patrocinadores anunciaron elementos clave: impuestos a los “megarricos”, control a las tecnológicas e intervención en la vivienda.

La nueva institución, que durará lo que dure el calendario electoral y las subvenciones, se reunirá a lo largo de este año en “los márgenes” de las cumbres internacionales (la frase es suya, no sé por qué en los márgenes de algo y no en el centro) y en 2027 (precampaña electoral española: otro sermón se nos viene).

Se persiste, por lo tanto, en el citado modelo, ajeno a una inversión productiva que sustituya al viejo industrialismo y genere productividad, es decir, aumento de salarios, allí donde se concentra la mayor parte de los trabajadores y la clase media. Es decir, los sectores menos formados o con menos necesidad de tecnología.

Antes de crecer con propósito de repartir es preciso plantearse un modelo sostenible de crecimiento. Hay muchas maneras de distribuir riqueza, la escasez no forma parte de la cultura de la izquierda. La escasez es lo que produce especulación, baja renta o crisis de bienes básicos (vivienda, entre otros). La mejor forma de destruir vivienda, después de lanzar bombas, es intervenir en lo construido en lugar de abaratar la construcción y producir suelo. Es curioso que la mayor parte de los fondos europeos hayan ido al sector de la construcción, aunque no a construir vivienda, por ejemplo.

Entre tanto relato que nos distrae, estamos dejando pasar un debate económico. La economía del bien común no es sino una construcción ética de la economía que no dice mucho sobre cómo hacer las cosas. Mazzucato no es especialmente de izquierdas, trabaja en la idea de que el Estado financie el riesgo innovador y mejore las recompensas (un modelo de burócrata europeo).

Una sociedad con recompensas para la mayoría no solo necesita asistir a trabajadores de sectores poco productivos, sino generar alianzas sociales con las clases medias: ni el trumpismo ni la nostalgia son alternativas, pero la izquierda no encuentra el camino de la productividad.

Necesitamos autonomía europea, una política exterior común y un cambio estratégico de la política económica. La pasión regulatoria, especialmente en la tecnología que viene, o el comercio con China, solo conducen a cambiar las reglas comunes, sin más alternativa que repartir escasez: se lo dije “Pedrofakis” y poco debate.

 

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