Hay cosas que matan el bautizo de cualquier política pública. Primero, construir una falta de ortografía; cuando sus hijos e hijas empiecen a escribir odio con hache les hará a ustedes mucha gracia como si convertimos la noble “H”, en peligro de extinción, en instrumento para expresar cabreo, por ejemplo, aquí mismo. Peor aún es que el nombre público se convierta en objeto de chiste, chanza, en un meme sonoro: “Hodio” con H, en buena parte de España con cierta aspiración, suena a jodío, a estar jodío, a confesión de parte no es necesaria la prueba.
Los responsables de identidad corporativa gastan pastones para evitar estas cosas. La Unión Europea debate con expertos el nombre de cada uno de sus programas. Probablemente, a nuestro Gobierno le da igual. La política nace muerta, carente de credibilidad y solo persigue una cosa: el señalamiento. Como muchos otros de los observatorios existentes se deslizará por la gatera de lo absolutamente inútil y políticamente despreciable. Eso sí, la manipulación ha servido para despreciar una nueva oportunidad de levantar el muro al que estamos sometidos desde hace años, afrontar con rigor a dónde nos ha conducido la polarización.
Odio sin H, muy mal; “Hodio”, con H, peor aún. El odio sin H, la antipatía radical a alguien a quien se desea todo mal, se cura: en primer lugar, con educación, en segundo lugar, con verdad e información y, por último, con ejemplaridad. Eso lo sabe cualquier padre o madre que educa a sus vástagos. El “Hodio” con H, es un empleado nombrado a dedo, con una ministra que investiga y decide si lo que han escrito en su red, blog o cualquier cosa es punible. La señalización es el único objetivo.
Esto lo inauguró uno de los que debía ser ejemplar, el ministro “Hoscar” Puente, cuya prístina belleza siempre ponderamos aquí, para evitar, precisamente, que sus funcionarios, como anunció en lo de Alsina, nos reprueben o apunten por ignorarla. Debemos reconocer que el Sr. Puente es experto en estos asuntos. Su párvula boca ha sugerido que Feijóo es un cocainómano, ha llamado a un periódico “OKmierda”; y a otro “The ojete”. Ha dicho del presidente de un país presuntamente hermano que “ingiere sustancias”. Portavoz in pectore de un gobierno que al ser socialista es feminista y sensible con la salud mental afirma que Ayuso es una enferma mental.
Siguiendo sus magníficas enseñanzas podría decir, con más elegancia que él, que “Hoscar” no es, precisamente, el lápiz más afilado del estuche. Pero, permitan que le tome prestado a Cervantes una consideración que al ministro le viene al pelo, tanto si coinciden los detalles como si no: “…tiene algo de mentecapto; y añádesele a esto una tacha, que es lástima decirla, cuanto más tenerla, y es que se toma algún tanto, un si es no es, del vino; pero no de manera que de todo en todo pierda el juyzio, puesto que se le turba…” (Entremés del vizcaíno fingido.1615). Por su parte, y para concluir esta introducción sobre el “Hodio”, el Gobierno debería recordar un viejo aserto chino que dice: “cuando hombres pequeños proyectan grandes sombras, significa que el sol está a punto de ponerse”.
En fin, tenemos un nuevo programa, inspirado seguramente por el nuevo icono del sufrimiento político, una mujer gritona, y mentirosa según auto judicial y papel forense, cuya mitad del nombre no recuerdo y la otra mitad no me apetece citar. Un nuevo observatorio que se suma a los otros que ya había.
Un programa que invade nuestras redes sociales y nuestras opiniones legítimamente expresada. Para que me entiendan: el algoritmo de los oligarcas es malo; el algoritmo de Sánchez es fetén. Se decía, sorprendentemente, en una radio faro y guía de las libertades y el progresismo global que el defecto de la ley que propone el Gobierno es que el “odio se expresa, fundamentalmente, en mensajes privados”. La consecuencia de esta afirmación, tomen nota para el próximo futuro, es que nuestra democracia debería suprimir la privacidad. De esto va este “Hodio”, con H.
Debemos afirmar que España tiene una gran legislación civil y penal para luchar contra la mentira, la injuria y la calumnia. Que esa regulación afecta a los medios de comunicación, al mismo tiempo que protege la libertad de expresión y a los que sufren delitos de odio de verdad. Sujetar esos valores a la subjetividad funcionaria de un gobierno perturba la libertad y es inconstitucional, no solo por la vigilancia a los medios de comunicación, sino por la invasión de la libertad de expresión, la convivencia y los derechos individuales.
Conocen ustedes la paradoja de esta iniciativa: sabemos que nos mienten, ellos saben que mienten, saben que sabemos que mienten…y, aun así, siguen mintiendo. Este “Hodio” con H, vulgar copia del kichneriano “Nodio”, retirado por sospechas de control social e ingeniería de pensamiento único, es producto de la misma gran mentira de quienes necesitan que vivamos separados por un muro. Al menos el “Nodio” argentino no atentaba contra el idioma.
Estaba yo releyendo una de esas cosas que me gustan, una historia del Comisario Brunetti, y leo: “de los romanos el que más me gusta es Cicerón, es el que mejor odiaba”. Ustedes saben que no podía yo dejar de investigar el asunto. Así que encontré la idea. Decía Cicerón, muerto 46 años antes de Cristo: “De la insolencia nace la arrogancia, la arrogancia nace de la decadencia política cuando se rehabilitan condenados, se libera a presos y se invalida la justicia, de la arrogancia nace el odio”.
Éste es el origen del “Hodio” que se traducirá en simple señalamiento y oportuna sanción. La ministra nos pasará una lista, nacida de la inquietante ley del embudo en que, me apuesto con ustedes, no aparecerá nunca ese “Hoscar” que llegó a escribir en un tuit “saco de mierda” o no saldrá una mujer gritona, y mentirosa, según auto judicial y papel forense, cuya mitad del nombre no recuerdo y la otra mitad no me apetece citar, que ha declarado que la violencia contra los fascistas es legítima. Tampoco ese de a un fascal la hora que señaló que eso puede debatirse.
Que la polarización y el muro nos ha conducido a donde no queríamos es evidente, es reprobable. La cultura del escrache y el insulto de la extrema izquierda intolerante, que contaminó a la socialdemocracia, por gusto del prócer resistente, legitimó a un radicalismo de extrema derecha. Nació donde nació, cuando nació, y se contagió rápidamente. Hay que decir que fuera de la política la gente está resolviendo sus afanes con más serenidad. Puede haber algún cabestro, del mismo modo que hay cabestrillos. Es el coste que debemos pagar.
En fin, recuerden que, siendo viernes, es día de pasar por su taberna. Su tabernero no odia, sin H. El gobierno vigila y administra el jodío “Hodio”. Es lo que hay.



