La cogobernanza no era para las ratas

Antes de que desempolven ustedes los discursos sobre el cambio climático, las amenazas globales y el previsible advenimiento del apocalipsis, déjenme decirles que las ratas han acompañado al ser humano desde su propio nacimiento. Adán, Eva y las ratas llegaron juntos con el mono del que desciende todo el mundo. Teniendo en cuenta que se nos informó de que había cuatro catalanes, ignoro la relevancia del origen territorial salvo distinguirlos de los españoles, cabe deducir que el mono del que descienden los catalanes también vivió con ratas.

Más aún, en forma de peste, las ratas han contribuido a acabar con imperios comerciales y nos han provisto de los convenientes tiempos oscuros. Las ratas que desde Bizancio llegaban a Venecia con el comercio llevaron su destrucción, pero venían con Savoranola incluido: los populismos radicalizados viajan siempre rodeados de todo tipo de bichos infecciosos, lo dice la historia y cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia.

Las ratas siempre han estado ahí, observando nuestras tonterías y aprovechándose de nuestras distracciones. Ya lo advirtió Vázquez Montalbán: “Inútil cosmonauta el que contempla las estrellas para no ver las ratas”. Pues bien, las veíamos, pero después de la sofisticación de murciélagos que besaban pangolines o de laboratorios chinos, que nunca sabremos de quñe fue la cosa, es que no nos dimos cuenta de que las vulgares ratas seguían estando ahí: donde siempre y como siempre. En los Andes y con daño, desde hace tiempo.

Hay algo de poesía en que haya sido en un crucero de lujo donde hayan decidido aposentar sus inconvenientes virus. Si hubiera sido en el Open Arms, ya la tendríamos montada en cualquier puerto y si hubiera sido en una patera ya tendríamos el virus entre nosotros. Del tal hantavirus parece saberse bastante, yo no soy experto, cosa que debía sorprenderles, siendo uno cronista. Y no pienso aprender más de lo que ya sé. Ya están los expertos de la tele, que parecen muchos y abundantes. Estaban escondidos esperando la oportunidad, imagino.

El caso es que no había cundido la alarma especialmente hasta que vimos aparecer al dotor Simón, cuya aparición es siempre inquietante. Que eso suceda el mismo día que se juzga al de las mascarillas, ya es puro karma español. Que Abascal se monte la oportuna conspiración, para arrancar algún voto, va en su salario. Sostuvo el doctor Simón que el barco llegaría sin contagios, cosa que ya hemos sabido que no podía saber, dado el periodo de incubación.

Inmediatamente la OMS, sin preguntar a Simón, alertó de un vuelo de 80 potenciales riesgos, además de 23 personas que habían volado del barco y que están siendo buscadas, hoy la azafata de uno de esos vuelos está siendo tratada. Dicen los viajeros que quedan que ellos están bien, pero que, visto lo visto, su estrés no viene de su salud, aunque quizá debería, sino de la fiesta que el gobierno les prepara, traslados, viajes, cuarentenas, “cositas” de esas. Que no se preocupen, aquí tampoco tenemos idea de lo que van a hacer. En este punto Clavijo tiene razón. Unos avioncitos en Cabo Verde y ya estaría cada viajero atendido en su país.

En este punto, España, algún día sabremos por qué y no será bueno, acepta lo que nadie estaba aceptando en África. Mónica García, ministra asintomática, decide que para Canarias, en concreto no va a Las Palmas, donde reina la exministra Darias, que, como siempre, soluciones tiene varias: mándaselo a Tenerife, que eso molesta más a los de Coalición Canaria.

Y para allá va un barco cargado de no se sabe qué, porque cualquiera se fía del doctor Simón y de ignotos comités que abundan más que los propios contagiados y contagiadas (ahora hemos sabido que el experto que empujó el estado de alarma fue Ábalos, después de reunirse con alguna sobrina). Tampoco parece pintarla mucho una ministra que no para de decir cosas que se contradicen para dar seguridad, ustedes me entienden.

Entre tanto, se abre una crisis política. A las pocas horas no sabemos qué va a pasar, pero el gobierno ya la ha liado. El presidente no tiene a bien hablar con Clavijo, presidente con Canarias, no es de los suyos, aunque los de Coalición llevan tiempo apoyando a Pedro.

Clavijo ha podido estar impreciso y es experto, por otra parte, en conflictos con Madrid. Pero parece tener razón en que información clara no se le dio en el momento de tomar la decisión, que ésta no se le consultó y que no se le ha dicho lo que debía decirse. Llueve sobre mojado y Clavijo explota las razones canarias: La Palma y los incumplimientos, inmigración, pateras abandonadas en los muelles, atlántico abandonado a Marruecos y ahora viajes de humanos contaminados o quizá no. Obtiene un triunfo: fondea, pero no atraca el barco.

Los tiempos han cambiado. Y los objetivos, también: la cogobernanza no era para las ratas. Aquel maravilloso sistema de cogobernanza, en el que cada uno hacía lo que le salía de la panza, convenía no estorbar los negocios de nadie, se han convertido ahora en órdenes reales de quien puede darlas. O sea, Pedro, que no fiándose de la ministra ya ha nombrado su propio comité interministerial, que se suma a los comités correspondientes de los que mandan: la OMS y la Unión Europea, que no parecen fiarse de dejar solo a Pedro.

Lo que parece asintomático es el gobierno. Después de rechazar la cogobernanza y pasarse al bilateralismo con Canarias (un día de estos llamarán o no a Madrid para hablar del Gómez Ulla) nos presentan varios líos.

El avión que ve rota su medicalización aterriza en Canarias, Marruecos no acepta y eso es bueno para la humanidad, al parecer. Luego tiene que repostar: Málaga es el sitio elegido, pero resulta que en campaña andaluza igual le estropeamos más el voto a Montero. A Valencia, que allí son del PP y no a Cataluña, no se vayan a enfadar.

Por si acaso, tenemos lío jurídico: dice la ministra de Defensa, juez de profesión, que de confinamiento obligatorio nada. Dice la ministra de Sanidad que ella dice que sí, que obligatorio. Dicen los juristas que, como no arreglamos la Ley de Sanidad después del Covid y las sentencias del Constitucional lo de la obligación hay que verlo con cuidado. Dice Bolaños que él tiene leyes para lo que quiera.

La falta de criterio cuidado, la toma de decisiones con carácter político, tener la cabeza en primarias o en futuros cargos, el asegurar que no pasa nada, mientras todo el mundo se comporta como si fuera una crisis de salud. La falta de transparencia, en suma, y la aparición de los correspondientes “simones” que creíamos olvidados y en otros menesteres tiene un efecto en la ciudadanía: la inseguridad.

No es el hantavirus un secreto para la medicina. Todos los años mueren alrededor de sesenta personas en el mundo por su causa. Claro que esos muertos anónimos en los Andes o en las pateras con tuberculosis que llegan a nuestras costas no importan a las estrellas. Un crucero de lujo es otra cosa.

No es un secreto el hantavirus. Podríamos ser más serios, hacer menos cábalas y dar información relevante que no deba cambiarse cada minuto. Podríamos evitarnos crear crisis políticas con decisiones de pura egolatría, yo no hablo con provincias y cosas así, y podríamos evitar la incertidumbre a golpe de transparencia. Ya lo escribió Pessoa: ¡qué gran resfriado: necesito verdad y aspirina!

 

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