España, la fatiga de pensamiento y el coste democrático de la corrupción

España pende de un sumario; quizá de media docena. O, mejor dicho, depende de que a alguien con cierta decencia le dé por acabar con este hostigamiento a la razón política, a golpe de informes de la UCO y la UDEF y comportamientos venales, nacidos en la calle Ferraz (hasta ZP tenía despacho en piso del PSOE). Una toxicidad absoluta que arrastramos desde hace meses que se hacen interminables.

Lo peor que le pueden hacer a usted, como a este cronista, es que alguno de sus bienintencionados compañeros de copas y conversación le pregunten: ¿cómo ves lo que está pasando? Y usted se pierde en explicaciones, mientras en el fondo está pensando que piensa lo mismo que hace un año. Y que, en realidad, lo único nuevo es que todo ha ido a peor. Ahora irá a peor.

No es usted el único que lo piensa; nos pasa a todos, lo que produce un problema: como sabemos más, como los conocemos más, sufrimos más, nos cabreamos más. Así, lo que debiera ser un ejercicio de higienización política, en la dirección que sea, se convierte en un cabreo social cada vez más elocuente, un liderazgo desaparecido, una mentira, una legislatura inexistente, hace tiempo, que no alcanza a ver remedio.

Nietzsche, que no es ni de lejos de mis favoritos, pero a quien hay que reconocer que, por supuesto tras Oscar Wilde, es quien más citas ha dejado afirmó: “Cuando estamos cansados nos atacan ideas que ya habíamos vencido hace mucho”.

Lo que quiere decir, lisa y llanamente, que cuando uno está cansado, se pierde la confianza y todas las decisiones que tomamos en el pasado vuelven a estar en juego. Dicho de otra manera: el cansancio por la ausencia de respuesta del Gobierno a la corrupción produce monstruos en forma de todo tipo de populismos, también reaccionarios.

Los españoles sufrimos una notable fatiga de pensamiento, que se traduce en bloqueo, en una niebla que nos lleva a aumentar la desconfianza hacia la política a niveles altamente peligrosos. Esta situación de niebla ha sido alimentada por el propio gobierno, una estrategia de caos que pretende distraernos, un día tras otro, de lo que realmente está pasando. Por eso a Sánchez le encantaría una moción de censura, bruma total, para que no hablemos de las cajas fuertes, de las joyas, de los dineros en bolsas de golf, de rescates venales y cosas así. (¿Por cierto, saben algo de Air Europa?).

Podemos valorar si lo de Zapatero se disipa con una simple niebla. Pero no nos engañemos: este mes nos toca ser católicos e ir a misa, ahora nos gusta, para ir a un funeral a Huelva somos Estado laico. La TVE hace reportajes sobre la encíclica del Papa, Pedro tomará el Falcon para ir al Vaticano. Ahora nos gustará España y tendremos “mucho español”, luego verano, y ya veremos si se nos ha pasado.

Lo de Zapatero ha rematado una legislatura que ya estaba muerta. Ya se ha escrito aquí sobre la relevancia del expresidente. En la política nacional, en la geoestratégica y en la partidaria. En realidad, da lo mismo la calificación jurídica de su comportamiento, de la “austeridad” de las joyas en la caja fuerte o de las maniobras contables. Éticamente es insoportable.

Lo sabremos todo, pero tardaremos tiempo. Salvo que aparezca un aforado, los pasillos de la Audiencia están llenos de legajos e informes. Zapatero no era cualquier cosa y quizá la niebla no baste, pero por intentarlo que no quede, dicen en La Moncloa.

El problema es que nuestra fatiga de pensamiento dejará las manos libres a los que con la mano derecha queman expedientes, mientras con la mano izquierda muñen nuevas estrategias para deshacer lo que aún no se ha deshecho.

Otegui ha roto su silencio para afirmar que toca plurinacionalidad; el PNV ha anunciado que tiene algunos recibos que girar antes de final de año. Los de Junts siguen esperando la amnistía, los de ERC están a lo suyo y los de la izquierda de verdad verdadera cada vez dan más risa.

Si ustedes me lo permiten debiera preocuparnos, a los que nos sentimos de izquierda, más los de la izquierda de verdad verdadera que las cosas del PNV o Junts. Compromís, Sumar o Podemos dicen que la cosa pinta mal, pero los de Sumar siguen chupando del bote, alarmándonos con la extrema derecha, afirmando que, al fin y al cabo, ZP no estaba en el Gobierno y ellos estaban en lo de Plus Ultra por casualidad.

El problema de la fatiga de pensar no es solo que revisemos nuestras ideas sobre lo que habíamos construido. Se expresa como agotamiento y desafección. El aumento de sobreinformación sobre comportamientos venales conduce a la confrontación y a la frustración y genera apatía, parálisis para tomar decisiones, aversión a debatir y, por supuesto, polarización.

Estamos condenados a consumir permanentemente ruido político, elevando los niveles de estrés, ansiedad e incertidumbre en la ciudadanía. Desde luego, populismo antipolítico, el retorno de la casta en la izquierda, derechismo radical en el otro lado.

Felipe González hablaba hoy, en términos de Page, de la “infantería” que merece respeto. Ésa que está deprimida en las agrupaciones socialistas, esos concejales y diputados a los que se les va a venir encima un castigo que, probablemente, no se merecen. González, en plan “fachosfera total” ha hablado, también, de “liderazgo mercenario” (¿hablaba de ZP o de Sánchez? No se sabe), estamos que nos salimos. Mientras, un exministro de ZP, el muy sabio César Antonio Molina le ha llamado directamente tonto.

Pero a esa militancia le va en el carné sufrir o cambiar su partido. El problema es que la ciudadanía no está sujeta a esas limitaciones y el cabreo social no dejará de crecer. Los que juegan con esa fatiga de pensamiento, los que producen niebla como respuesta no son conscientes del material con el que están trabajando: la democracia y nuestra Constitución. O quizá sí lo son y, a lo peor, es lo que quieren.

La fatiga de pensamiento nunca le trajo buenas noticias a España. Hay que salir del ruido. La cuestión es quién hay ahí para sacarnos.

 

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