Estoy escribiendo esto el 12 de julio, día de la esperanza, decretado por las Naciones Unidas; cosa paradójica siendo las Naciones Unidas la institución multilateral que menos optimismo genera en estos momentos. En fin, dejémonos llevar por el optimismo: en un cambio de época, renunciemos a la nostalgia.
Tomemos, visto los tiempos, como un gesto casi optimista, la cumbre de la OTAN celebrada esta semana. Lo de la OTAN se ha convertido en una serie de Netflix: nunca sabes si habrá temporada siguiente. Trump llevó su poderío y diplomacia de matón a la cumbre de la OTAN y, una vez más, la alianza sobrevivió. Quizá a la próxima consiga su pretensión de disolver cualquier vínculo de seguridad multilateral.
Los líderes de la OTAN sobrevivieron a otra cumbre tensa con Donald Trump, y la alianza de defensa, con 77 años de historia, sigue adelante, demostrando su resistencia ante las tormentas del Atlántico. Sin embargo, nunca se sentirá segura mientras el populista, impredecible, vengativo y despiadado presidente estadounidense opere en la Casa Blanca.
Como de costumbre, Trump acaparó los titulares en la cumbre anual, con una mezcla de críticas a la OTAN y amenazas inverosímiles de tomar el control de Groenlandia o cortar el comercio con España. Declaró muerto el alto el fuego con Irán y llamó “escoria” a los líderes iraníes mientras sus aviones bombardeaban objetivos en Ormuz. Frente a semejante carisma irresistible, ningún comunicado de la OTAN tuvo la menor posibilidad de captar la atención pública.
La pregunta más importante es en qué estaba pensando Putin. El riesgo reside en que Putin, inmerso en una guerra perdida de antemano en Ucrania, de la que culpa no a su propia agresión imperial sino al expansionismo de la OTAN, preste más atención a la devastación provocada por Trump que a las solemnes declaraciones de unidad y determinación de la alianza. ¿Quién podría culparlo si concluyera que este presidente estadounidense -diga lo que diga el comunicado- no movería un dedo para defender a un aliado báltico si Rusia se apropiara repentinamente de territorios o intensificara su guerra híbrida contra Europa para dejar en evidencia a la OTAN como un “tigre de papel”?
La cumbre de Ankara tenía como objetivo cumplir la promesa de la OTAN de invertir el 5% del PIB en defensa e infraestructura relacionada para 2035, impulsar las industrias de defensa aliadas y brindar apoyo a Ucrania de forma sostenible a largo plazo. Sobre el papel, cumplía con los tres objetivos.
Los anuncios coordinados de compras de equipos por valor de decenas de miles de millones de dólares (por cierto, el Consejo de Ministros español aprobó 6.200 millones para el asunto) y proyectos conjuntos para capacidades que se necesitan con urgencia, como aviones cisterna de reabastecimiento en vuelo, misiles de alcance estratégico y defensa aérea (los españoles también nos hemos apuntado a eso). Albares dice que no sabe de qué habla Trump, pues es precisamente de eso.
Los líderes se comprometieron a “continuar trabajando para eliminar las barreras comerciales en materia de defensa entre los aliados”. Sin embargo, no quedó claro si esa frase ambigua pretendía ser una advertencia a la UE contra la inclusión de cláusulas de “compra europea” (lo que gusta a Italia, Francia y Alemania) o una petición a Estados Unidos para que suavizara las restricciones a la transferencia de tecnología que impiden que los aliados tengan el control total de los sistemas de armas estadounidenses que adquieren.
El cambio más significativo en la cumbre de Ankara con respecto a la del año pasado en La Haya fue la aceptación por parte de Estados Unidos de una enérgica declaración de apoyo a Ucrania. Tan solo 16 meses después de la humillante bronca de Trump a Zelenski, la OTAN declaró permanecer unida en su apoyo a Ucrania.
Mark Rutte, el adulador de Trump, aliado supremo y fácilmente ridiculizado, ha pedido elogios por haber contribuido a que Trump se sumara a la causa de Kiev, añadiéndose a los dispuestos: Reino Unido, Francia y Alemania.
Quizás lo mejor que se puede decir tras la cumbre de Ankara es que la OTAN sigue viva y Ucrania ha salido fortalecida, incluso consiguiendo la promesa de Trump de que se le permita fabricar interceptores de misiles Patriot bajo licencia.
Quizás sea mejor que los aliados no se pusieran de acuerdo sobre cuándo o dónde se celebrará su próxima cumbre. Estados Unidos tiene razón al querer menos reuniones de la OTAN, especialmente aquellas en las que participe el Gran Disruptor. La ironía del regalo del presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, a los líderes de la OTAN grabado y con munición real no ha pasado desapercibida para nadie. El autócrata convertido en anfitrión afable tal vez haya encontrado una nueva metáfora para el estado de la alianza: un juego de ruleta rusa.
En realidad, todos sabemos que, en algún momento, mientras Trump esté a cargo del ruido, cualquier alianza multilateral está en peligro. Los europeos lo tienen mal, con honrosas excepciones que no es momento de señalar: sus líderes no están acostumbrados a hacer negocios personales antes de una negociación. En fin, una alianza multilateral ha sobrevivido una temporada más, ya veremos.
Los españoles se supone que no somos partidarios, somos un aliado “terrible”. Pedro y Donald se necesitan. Pedro dice con su mano izquierda que “OTAN, no”, pero con la derecha ha soltado nueva pasta: a más de los diez mil millones, ahora ponemos seis mil y unos acuerdos de compras solidarias que sumarán otro tanto. Sobrevivir cuesta una pasta gansa.



