El pianista del que hablo, ustedes conocen el apellido que si se cita te condena a hoguera de progresistas, se sienta ante al Kawai y reflexiona: es paradójico, le condenan por buscarse irregularmente un trabajo al que no va, quizá el desplazamiento era tedioso, y le condenan a no trabajar. ¿Será una condena o un premio?
Debo serles sincero, los melómanos hemos deseado en múltiples ocasiones inhabilitar a un pianista y, muy especialmente, a las madres de los pianistas niños. Una inhabilitación perpetua. Habiendo oído, por curiosidad, la “ejecución” de la Danza de las chirimoyas, castigada en su momento mi curiosidad, me atrevo a sostener que la sentencia era, al menos musicalmente, merecida.
Ahora bien, ¿cómo se inhabilita a un pianista? Seamos realistas; no existe en el código penal inhabilitación de un pianista: estaremos condenados a oír sus ejecuciones. Solo le han privado de un puesto venalmente obtenido: dicho en sede judicial no en la “fachosfera”. El pianista no entiende tanto ruido a su alrededor, “lawfare” grita la pandilla del notable músico; para nada, dice el abogado del pianista, más atento a las necesidades de su cliente que a sacar votos.
Este cronista no tiene la fortuna de poseer lectura rápida; al contrario, la detesta. Cuando, a 15 de julio, leo en redes sociales a una señora que recomienda el mejor de “los cuarenta libros” que ha leído en lo que va de año, simplemente la bloqueo. Nadie “lee” dos libros por semana. Salvo que el concepto de lectura sea el de opositores y opositoras tuiteros a profesorado de primaria.
Sin embargo, valoro el fascinante mundo en el que habitan el precivilizado Óscar Puente, la lista de los 61 y los voceros de la izquierda: es un mundo de lecturas escasas, pero, al parecer, muy rápidas. Al minuto ya sabíamos que la sentencia era un insulto a la democracia y que quien merecía cárcel eran los jueces que firman, por unanimidad, la sentencia del pianista.
Es muy notable el comportamiento de la izquierda de verdad verdadera: habiendo sido ella (Podemos) quien denunció la creación venal de la plaza, ahora resulta que es cosa de la derecha extrema. Es una auténtica desgracia, pero no va a quedar ni una izquierda representativa que haya dicho “no” al poder del socialismo realmente existente ni una sola vez. Ventilador y tú más, pero oposición, rechazo ético o enfado ni el más mínimo.
Si alguna vez se preguntan por qué han desaparecido los del 15M, Podemos, Sumar y compañía recuerden el cinismo podemita y socialista. Era un escándalo que el padre de Rajoy, enfermo y demente fuera atendido por su hijo en La Moncloa. Es de merecimiento ético y democrático que el señor de las chirimoyas viva en palacio.
Yo no soy de lectura rápida: he necesitado un día para leer el núcleo de doscientos folios, la mitad de la sentencia: me he interesado especialmente en anotar el texto sobre el enchufismo, sobre la creación de puestos de trabajo público y sobre la igualdad de oportunidades. Al parecer, la creación de puestos es como los chiringuitos universitarios privados o la sanidad privada: perjudican a la clase obrera, excepto si los ocupan los hijos o familias de los progresistas.
Hasta hoy de estos temas de contrataciones se ocupaba el Tribunal de lo Contencioso. Castigaba a los contratados, pero no a los contratadores. Por cierto, no he oído ni leído una palabra sobre los once funcionarios arrastrados por la causa (incluyo al tonto útil de Gallardo, que lo es: funcionario y tonto). El pianista encontrará alguien (en la FAO, en un espectáculo de Duato o en Marruecos) que escuche las chirimoyas a buen precio; a los otros les han destrozado la vida.
Quizá así aprendamos algo. Éste es un país de prostitutas contratadas por el sector público (dicho en sentencia y en sede judicial), de empresas públicas que gestionan contrataciones a dedo y enchufes de pilotos amigos en compañías que pagan tasas o reciben ayudas públicas. A lo mejor, la sentencia del pianista sirve para que los necesarios cómplices digan no y denuncien. A lo mejor no, allá ellos: para ellos no hay “lawfare”, al parecer.
El pianista es un prevaricador, los jueces saben que él sabía. Y los testimonios y la búsqueda de piso y la contratación de un amigo, procedente de La Moncloa, por cierto. El pianista es un “enchufado”. El pianista ha cometido “delito de despacho”. Es lo que hay, pechen con ello.
Una vez, año del caso Guerra, me encontraba en Sevilla, desayuno temprano antes de reunión. Unos paisanos comentan el caso: “Si no lo hase po¨un hemano, po´quien lo va a hasé”. El hermano en cuestión, no sé si sabía, pero dimitió. El hermano del pianista ni sabía, ni conocía ni lo hubiera tolerado. El Kawai K-600, propiedad de Patrimonio Nacional, suena solo: La Moncloa está poblada por fantasmas.
Ignoro en qué momento la gente de izquierda podemos compartir un rechazo a una situación insostenible. El pianista y la mujer del hermano son pequeñas cosas en comparación con lo que no ha venido y nos vendrá. Pero esto tiene que acabar. El pianista es, simplemente, un epítome: lo público ha dejado de pertenecernos al común, es suyo, de los “pana” del pianista. Qué fue de nuestra izquierda.
Los contratados y contratadores venales, los políticos responsables no deben preocuparse; disponen de un arma imbatible: el ecosistema de la comunicación. Un ecosistema poblado por arbitrarias subvenciones, informaciones sujetas a secreto y “nepobabys” contratados a dedo construirá los discursos legitimadores que hagan falta.
El diario del progresismo global publicaba una estruendosa columna, un par de días antes de que se publicara la sentencia del pianista: “…jueces golpistas o prevaricadores” decía. Se trataba de que, al no haber apariencia de equidad en la justicia, cosa dictaminada por él mismo, todo era parcialidad. Excelente argumento: el prescriptor columnista pasa a ser el que determina cual es la apariencia.
Sin ánimo de molestar y esperando que ustedes, o al menos alguna de mis amistades, entiendan la metáfora: quizá debiéramos inhabilitar, también, “al pianista en el burdel”.



