España gana el mundial: Nietos 1- Abuelos y Papás 2. Por la cofradía “de cuartos no pasamos”, por el gol que marró Cardeñosa, por el codazo de Tassotti, por el robo de Corea, por los penaltis fallados en Bélgica, por Iniesta y aquel minuto 116 en “Johanna”, por los que, con la edad de Cubarsí, nos rompíamos los tobillos en campos de tierra, por la ilusión de mis nietos por sentirse grandes, gracias muchachos. Gracias, también, por vuestra paciencia: ya sabéis que en España somos fanáticos discontinuos, hasta que pasamos de cuartos, no nos ponemos las pilas: herencia “boomer”.
Haré, de entrada, como Virgilio: “Canto a las armas y al hombre” (Eneida). Nuestras armas, una identidad y un equipo, que no se dejó llevar por el marketing de los nombres, tan querido a las radios y medios del relato del oficialismo futbolístico sobradamente financiado. No era la España de Lamine, gran jugador, era la de Rodri, Cubarsí, Olmo, Cucu, Merino y todos los demás, grandes jugadores. Algunos vascos había, dos tipos de Los Palacios, también, catalanes de La Masía, un extremeño, también, algún canario, Ferrán que lo falló todo, menos ayer, y así hasta 26. Diversos, pero todos a una. No vencieron sin sufrimiento, 20 veces tiraron a puerta, la suerte, un porterazo adversario lo impidieron y, también, eso de que, en España, somos así, no necesitamos delantero centro.
Vencimos a Argentina, gran país, mejor pueblo, buenos futbolistas, estrambótica selección, más atenta a sacar puñales que a mostrar su calidad que a algunos les sobra. Grandes peloteros, siempre algo liantes.
Me dio tiempo a ver el mundial de los “milicos”, compraron a Perú, para llegar a la final con Holanda (entonces se llamaba así). La ganaron: vi jugar a Passarela, Ardiles, Kempes… por qué liarse con cosas raras, con este material, son de la AFA. Luego construyeron su épica con “la mano de dios” (una trampa, en realidad, nunca hubo arrepentimiento ético en el gran “barrilete cósmico”) y vino lo de “coraje y huevos de los muchachos” para acompañar a dos astros: Maradona y Messi. Quizá de eso sufre Argentina, no solo en el fútbol: no basta con el ánimo exaltado.
Dos astros que, de distinta forma, empequeñecieron al final su legado. Demasiadas caras largas de Messi, muchas presiones, mucho ruido caníbal alrededor, así se pierde algo de respeto. Nos dieron la espalda mientras nos ponían la medalla: “che, que elegansia”. Jugaron al límite del Código Penal. Enzo es un gran jugador, un gran descerebrado. España les quitó la copa; Egipto les quitó el respeto. Tanta pasión para esto.
España, quizá, salvó anoche al fútbol. Primero, porque el juego venció a la patada (26 faltas), a un arbitraje sospechoso (dos goles anulados, uno legal, seguro; el otro, probablemente; permisivo con los excesos), venció a la especulación y el cálculo, para devolverle pasión, perseverancia, identidad. Lo que, en realidad, aprendimos del origen británico del juego.
Pero, sobre todo, le ganó a la FIFA, atrapada en un peloteo corrupto donde se intercambian tarjetas rojas por favores, por servilismo al poder político, donde construyen narrativas para justificar a un finalista, con el que antaño se blanqueó dinero. Quizá España nos librará de Infantino.
Quizá el triunfo de España impida que el futbol se les robe, todavía más, a los jugadores. Con el pretexto de la hidratación, vemos negocio publicitario, cambio en el rumbo de los partidos, ruptura del juego. No se puede interrumpir una emoción: lo dijo Fellini, lo pensaba el que inventó el fútbol.
No se puede cobrar a 10 mil euros; no hay fútbol a esos precios, solo negocio anexo. Trump, de la mano de Infantino, quería rollito con España, se llevó un abucheo, quedó como un payaso. Tomen nota de quién fue aplaudido y quién cantado. Las emociones se gestionan a sí mismas.
En fin, “Todo el mundo lo sabe, desde la reina de Inglaterra a los perros del infierno… Un ejército de siete naciones no pudo detenernos” (Seven Nation Army. The White Stripers. 2003). Gracias Dudamel. Podría pasar facturas, tentación tengo de dar detalles, del experto en ligas tailandesas que afirmó que Belingham sería el fiasco del Mundial, al jubilado vasco, gudari de salón, que no quería pantallas en las calles de Bilbao; de los que decían que el contrato de “Cucu” desestabilizaba a la selección a los de la “borroka” navarra. De los que querían romper, otra vez, la rodilla de Rodri a los de “Puta España”. Allá vosotros y vosotras: la vida, el fútbol, el pueblo van por otro lado.
Y, tras la victoria de la selección, el pueblo ha hablado. Se siente: hay mucho español, se ha perdido miedo a sacar las banderas y enseñar el escudo. Hemos vivido una conjura emo(na)cional que suma sentido de pertenencia, vínculos colectivos y ganas de salir de la mediocridad para ser mejores. Mis nietos saben hoy que no parten del pesimismo atávico, sino de ser los mejores.
Hace dieciséis años, quizá no se recuerda bien, vivíamos un momento muy delicado y quizá parecido: una sociedad golpeada, una burbuja estallada, una generación de jóvenes de clase media destruida, la semilla del 15M y el populismo sembrada, la derrota del estado del bienestar. De aquellos polvos estos lodos. Un mundial, nos dio la posibilidad de empoderarnos entonces. Ahora es una situación parecida: la gente desea parar el pesimismo, la desesperanza, el aburrido ruido del descrédito.
Otra vez hemos sido capaces de ir casi todos a una. 19 millones en las teles y haciendo piña en las calles no engañan. Solo en un sitio cuatro pueblerinos, allá ellos, violencia o malos modos. Durante una temporada, ser español, no será ser facha. “Este país es imposible inventarlo”, lo ha escrito Alberto Barciela en su crónica de hoy. Este país ha decidido celebrar su identidad y tomar sus símbolos. Leyva y Aitana, tan lejanos y tan próximos, por una vez, han coincidido, mire usted.
Nos hemos conjurado, sabedlo y entendedlo quienes enredáis cada mañana con la calidad de nuestra vida como gente del común. Contra intereses espurios, contra narrativas de intereses de parte, contra un mundo oficial que solo atiende a un favorito, ha vencido el corazón y la pericia. Y a lo mejor el personal piensa que si la selección ha podido los demás también. El pueblo ha vencido con ellos y se siente cómodo siendo rojo y amarillo. Unos han sacado las banderas, otros han dicho que son católicos, otros que no creen y se han puesto el escudo sobre color blanco o sobre rojo. Una conjura emo(na)cional. Puede ser solo una celebración de identidad o puede ser un mensaje. Estas cosas duran lo que duran, quizá sí, ¿pero y si no?



