Ha llegado el día. Cuando lean esto será 17 de Julio o casi. La película de Christopher Nolan sobre La Odisea será estrenada. Algún récord de taquilla, los fanáticos de Nolan son abundantes, o algún Oscar se prepara. Llevamos meses de debates algo absurdos, en opinión del cronista. Pero es el caso que historiadores, expertos en lengua griega, analistas de símbolos, filósofos, arqueólogos y antropólogos se han sentido en la obligación de opinar sobre lo que se iba sabiendo de la película. Hasta los musicólogos se han sentido en la obligación de criticar la elección de la música de Göransson: La música homérica, enseñada por el sabio Chirón a Aquiles para calmar su cólera (o las fieras, vean si le deben cosas a Homero) debía sonar, sostienen, con cítaras y liras.
Me temo que la soberbia contemporánea nos traerá ahora un nuevo Odiseo que será poderoso referente para las más jóvenes generaciones. Christopher Nolan se ha ganado el derecho a interpretar cualquier cosa. En lo que a mí respecta, ver Interestelar me produjo una notable sensación: no sabría decir si me había aburrido o era una obra maestra. Pero ahí acabó mi vida con Nolan. Enredar con el tiempo siempre ha sido un truco muy cinematográfico que en Nolan parece casi obsesivo. Ahora tendré que ver La Odisea y no me temo nada bueno.
No sé nada de su Odisea ni su Ulises. Me he negado a ver el tráiler, ya me pondré al asunto cuando la vea. Sé que a partir de mañana todo el mundo hablará de la película y todos los debates serán abiertos de nuevo. ¿cuál era el color de la piel en la Edad de Bronce? ¿Por qué la banda sonora esto o lo otro? ¿Por qué no hablan en verso ya que los héroes antiguos al parecer lo hacían? ¿Por qué la manía con la tal Helena?
Insisto, Nolan tiene derecho a hacer lo que quiera. Y no; para ver la película no necesitan haber leído La Odisea, solo saber cuatro o cinco cosas que ahora les cuento. No es Nolan la razón para leer La Odisea: lo es que la identidad cultural de occidente, y especialmente la europea, está ligada a una serie de textos en los que siempre está Homero.
Hay cinco cosas que usted debe saber para ver la película si no ha leído La Odisea. He aquí una pequeña guía. No va de la guerra de Troya. Ésa es La Ilíada, Por cierto, La Ilíada contiene la primera palabra del lenguaje occidental muy apropiada para estos tiempos: “cólera”. La Odisea va de Ulises, tratando de volver a Ítaca durante diez años. Por eso se llama Odisea a viajar en los trenes de Óscar Puente, por un poner. Por cierto, siete de ellos se los pasó haciéndose el inmortal y viviendo fetén con le hermosa diosa Calypso, cuyo nombre pasó a ser signo de sensualidad inmortal. No, el viaje no era en el Caribe, ni bebían Malibú: era en el Mediterráneo. Se cansó, los seres humanos no hemos nacido para dioses, acaso para usarlos un rato.
En realidad, no es un relato de aventuras. Monstruos, islas misteriosas, criaturas extraordinarias son la parte espectacular del poema (sí; La Odisea es un poema, sorpresa). La cosa va del deseo de regresar o quizá del regreso como pretexto, solo Ulises lo sabrá, aunque todos hemos interpretado lo mismo: lo que le apetecía era que “el camino sea largo” (Cavafis) También, sobre lo que nos cambia con el tiempo, con nuestro viaje vital.
Los personajes. Odiseo, el viajero; Penélope, la esposa que espera; Telémaco, su hijo leal; los pretendientes de Penélope que presionan a la mujer. En realidad, Helena no es de este libro, Nolan la saca, es uno de los debates abiertos: ¿era Helena negra? En realidad, nos da igual. Los dioses son muy pesados, intervienen constantemente: Atenea ayuda a Ulises; Poseidón es su obstáculo. La hospitalidad es una ley sagrada (la Xenia): la cortesía con el que llega es la civilización, abusar de él o atacarle la barbarie. Homero resolvió el debate hace tiempo.
Con estos mimbres puede ponerse en manos de Nolan y que el cielo le acompañe. Usted acabará participando en los notables debates sea sobre la piel de los actores o la introducción de la guerra de Troya en el asunto. Por cierto, seamos serios: no es Helena la causa de la guerra. Troya era una ciudad de piratas que cobraban peaje, vean el mapa, su posición geoestratégica y entenderán el asunto: la entrada a un pequeño estrecho; igual les suena.
En todo caso, todo puede ser interpretado. La Odisea es un poema, no fue escrito cuando se compuso: el tiempo de su creación era el de “las palabras aladas”: los “aedos” cantaban noticias, creaban la identidad heroica de la nación, las leyendas mejor que la verdad no son un invento del oeste (El hombre que mató a Liberty Valance) ni de La Moncloa, las inventaron estos poetas cantantes, como harían los juglares en la Edad Media, cantando chismes, contando alguna noticia, inventando epopeyas. Homero es probable que no existiera, su nombre significa “el que no ve”, quizá era ciego. Alguien lo escribió después y la lio pardo.
La Odisea es uno de los libros claves de la cultura occidental en la que, le guste o no, usted vive. Aquí nacen arquetipos fundamentales en la cultura y la identidad europea. La cortesía con el extraño como muestra de civilización o la astucia. La recomendación de la inteligencia frente a la fuerza (ése es Aquiles el de “la cólera”), la sexista fidelidad femenina, la figura del padre protector que ahora llamamos mentor (Atenea), la lealtad filial (Telémaco), las fuerzas sombrías de la naturaleza o la política (los monstruos, el sueño de la razón).
Ulises es el patrono del viajero, del explorador, la cultura del viaje. Le va la marcha, se retira con una diosa a una isla. Al final, eso sí, deja de ser un vividor para resistir ante los usurpadores de Ítaca. A la vejez, se hace héroe. Ustedes han leído, vivido o pensado cosas parecidas. Es lo que tienen los griegos, ellos lo sabían todo.
Sepan que La Odisea está escrita en hexámetros. Hay unos 12.000 versos repartidos en 24 cantos. Los Z lo van a “flipar, bro”. O sea, hay un rato. “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos…” es el inicio de la obra, hubo un tiempo en que aceptábamos, como Calvino, que había que aprenderse algún verso de memoria. También habrán escuchado, gracias probablemente a que la edición que leyó Borges llevaba mal puesto el acento, aquello de “mi nombre es nadie” (Ulises al Cíclope). Homero les hizo saber que la música amansa la cólera. Y ustedes habrán huido alguna vez del “canto de las sirenas”. Con él, con Homero, empezó casi todo.
Homero, si existió, insisto, no era historiador; esos eran Herodoto y Tucídides. Dejen a Nolan que construya su mundo, a lo mejor lo disfrutan, a lo mejor les parece demasiado sombrío o enrevesado. Nunca lo sabrán, los críticos, le pediré a Silvia García Jerez una nota en La Cronosfera, nos iluminarán el camino, espero que el suyo sea como el de Ulises: largo.
Lean La Odisea también. Nosotros lo hacíamos en el bachillerato, entonces los maestros eran muy suyos, los últimos homéricos se están jubilando estos días. Los “boomer” somos como Ulises, siempre nos estamos marchando a alguna parte.
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