Tras el eclipse somos otros burros, casi todos

Eclipse solar del 12 de agosto de 2026 visto desde Madrid. Foto: Off The Record

Reflexión de viernes, no muy sesuda, se les viene. Estimados y estimadas he visto cosas que ustedes no creerían: las gafitas de un ministro brillar cerca de un sitio de caballeros y damas bien pagados que parecía la Puerta de Tannhäuser. He visto volar una nave, más allá de Orión, persiguiendo la sombra de la luna, dejando una huella de queroseno en el camino. Pero todo esto se desvanece como lágrimas en la lluvia cuando aparece un tuit: ¡Qué bien han organizado los delegados del gobierno el eclipse! Y ustedes creyendo que eso era pura ciencia.

Ha sido confirmado: el universo tiene un magnífico diseño. Algunos de ustedes lo atribuirán a la mano de Dios. Otros fiaremos más a la sorprendente conjunción de masas, ley de la gravedad, relatividad, órbitas, velocidad de la luz y cosas de esas de científicos. No; sea cual sea nuestra posición, estamos equivocados: el momento de magia que hemos vivido se debe a los delegados del gobierno. Con un par. ¡Ánimo, compañeros, otro terraplanismo es posible!

El eclipse nos demostró varias cosas; por ejemplo, a compartir con los más jóvenes nuestra ignorancia. Al menos en mi caso, no sé en qué me distraje yo hace más de un siglo que no recordaba cómo era un eclipse. Ahora, hasta tres generaciones lo hemos aprendido juntos.

Hemos descubierto lo insignificantes que somos y, sobre todo, la magia del espacio. Hemos entendido a quienes respondían con sacrificios a su miedo, cuando carecían de conocimiento que se guardaba en los gabinetes de los poderosos; a quienes quemaban o castigaban a científicos para que no descubrieran el secreto. Hemos pasado una buena tarde sentados en una terraza, en el campo, en un monte, en el mar, viendo la luz. Y, todo ello, sin un tiktok del gobierno.

Los eclipses son largamente conocidos. Como les conté, los mayas anotaban las fechas y sus secuencias. Hoy sabemos que los eclipses ocurren cuando la Luna pasa directamente entre el Sol y la Tierra, una triple alineación conocida como sizigia (palabra que está en el diccionario y, naturalmente, viene del griego).

Para los pueblos antiguos que carecían de tales conocimientos, algo parecía estar devorando el sol. En China, el orden cósmico parecía amenazado por dragones. En la India, la alteración se atribuyó a la cabeza incorpórea de un demonio. Fue el filósofo griego Anaxágoras (Monterroso prefería a Aristóteles) quien, posiblemente, propuso por primera vez la teoría correcta de los eclipses, tras presenciar uno en el año 478 a. C. (Anaxágoras no conocía a los mayas).

El conocimiento astronómico se convirtió en poder, se cuenta que Colón explotó su conocimiento de un eclipse inminente, una “luna de sangre”, para asustar a los indígenas de Jamaica y obligarles a darle comida después de que se negaran. Pero esto suena bastante a rumor de malvados británicos que presumen de haber enseñado al mundo a conocer los eclipses. Lo más paradójico es que el imperialismo British convirtió a un alemán (Einstein) en el más famoso escudriñador de los cielos

Más allá de cuentos e historias, llenas de verdades y furia, vivimos una atmósfera que produjo una extraña combinación de belleza, ciencia, magia y extrañeza. Multitudes se congregaron, mientras la intensidad del sol parecía disminuir, el crepúsculo cambiaba de tono, la temperatura descendía y el paisaje adquiría una apariencia antinatural.

El conocimiento le ganó al terraplanismo; confirmamos que la luna giraba en una ruta esférica. El eclipse total cruzó Groenlandia, Islandia y España. Aquí, en nuestro país, el sol quedó completamente oculto, en una franja en forma de corte esférico. Se siente, terraplanistas: el mundo no es una sartén.

El eclipse total es una clase especial de sorpresa: durante apenas un minuto aparece un disco negro donde debería estar el sol, rodeado por una corona de fuego en un firmamento violáceo. Ya se advirtió en mi tertulia radiofónica la semana pasada por quien entiende de cosas mágicas y astrales: Rubén Barea sostuvo que no hay que buscar el eclipse. El eclipse te encuentra y, lo que parecía y parece más amenazante: sus consecuencias perduran.

Y esto es lo que a uno le preocupa. Conozco los secretos de la ciencia, pero siempre surgen las dudas. En mi caso, como en el de usted, nuestro cuñado ya había visto el eclipse y nos lo contó repetidamente, antes de que sucediera, naturalmente. Yo conté algunas cosas de esas de Rubén Barea. Mi temor es que un señor de Amazón se interese en ese asunto de que a los tauro nos pillaba en la casa cuarta, que viene a ser, al parecer, como el día de la mudanza. Pero es posible que sea peor y el mueble nuevo que se viene rompa la armonía cósmica de la habitación y, naturalmente, otros muebles inventados por suecos vengan en camino. Eclipse y casa cuarta. Ya les anuncio a los que les pilló en la casa séptima, que viene a ser parece la cosa de la salud: una colección de cólicos nefríticos se les viene encima, avisados quedan.

En fin, el eclipse nos sacó de la ignorancia del mundo de los astros, pero también nos recordó que Juan Ramón Jiménez tenía razón: “…la frente sintió el frío aleteo de la sombra fresca… las gallinas se fueron recogiendo una a una… el campo enlutó su verde, cual si el velo morado del altar mayor lo cobijase… Era el pueblo como un perro chico, mohoso… Platero parecía, allí en el corral, un burro menos verdadero, diferente y recortado, otro burro…” (El eclipse,1914. Describe el que se produjo en 1912).

Ahora que ya podemos contar que hemos sentido el aleteo de la sombra, observado nuestra pequeñez, quizá seamos menos soberbios, seremos otro tipo de burro, aunque sospecho que, enseguida, aparecerá el tipo de Tiktok a decirnos que, tras la fascinación humana que va desde los mitos antiguos hasta la física moderna, debemos valorar la unión y en el buenismo de los delegados del gobierno.

Mis nietos y yo ya hemos quedado para ir a ver otro, el del año que viene, en Andalucía, a ese puedo comprometerme, al de dentro de un siglo me temo que tendré algo de reuma, como Platero pareceré un burro diferente. ¡Qué el círculo de fuego les acompañe!

 

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