Hay distancias que no se miden en mapas sino en heridas. Entre Argel y Rabat hay apenas 948 kilómetros de mar, frontera, memoria y desconfianza; para España, sin embargo, esa distancia se ha convertido en una línea de tensión donde se cruzan el gas, el Sáhara, Ceuta, la inmigración, la diplomacia y una vieja pregunta que vuelve siempre: quién mueve de verdad a las multitudes cuando una frontera se abre de pronto como una compuerta.
La reciente visita de Pedro Sánchez a Argelia quiso escenificar una nueva etapa con Argel, después de años de hielo diplomático provocado por el giro español sobre el Sáhara Occidental. El Gobierno habló de gas, de cooperación, de una relación que debía recomponerse, mientras Argelia aparecía de nuevo como un socio necesario en una región donde nada es puramente económico y todo termina siendo político. Pero apenas unos días después, Ceuta volvió a convertirse en el espejo más severo de nuestras contradicciones: miles de personas empujadas hacia el mar y hacia la frontera, familias rotas, cuerpos exhaustos, policías desbordados y una nación obligada a preguntarse si estaba ante una tragedia humanitaria, un fracaso de previsión o una operación de presión cuidadosamente tolerada.
El Ejecutivo ha querido desvincular la crisis de Ceuta del viaje a Argel y ha insistido en que Marruecos coopera de manera leal y permanente. También se ha repetido, con una solemnidad difícil de sostener entre las imágenes del Tarajal, que Rabat es un socio fiable. Tal vez lo sea en algunos expedientes; tal vez lo sea cuando conviene; tal vez ningún país, en esa frontera sur de Europa, pueda permitirse romper del todo con Marruecos. Pero la fiabilidad no se proclama: se demuestra cuando la presión aumenta, cuando el vecino necesita ayuda, cuando miles de seres humanos no son convertidos en argumento, advertencia o represalia.
Marruecos y las mafias de trata de seres humanos
Marruecos tiene responsabilidades que no pueden disolverse en la palabra “mafias”. Nada de semejante magnitud sucede en una frontera tan vigilada sin que haya, al menos, fallos graves, zonas de consentimiento o decisiones de mirar hacia otro lado. España, por su parte, tampoco puede refugiarse siempre en la sorpresa. La política exterior hacia el Magreb ha oscilado entre gestos, silencios y rectificaciones; la política migratoria ha enviado señales que unos interpretan como humanidad y otros como debilidad; y la política interior ha convertido cada crisis en un campo de batalla donde los muertos sirven menos para conmover que para acusar.
Europa mira esa frontera con inquietud y, a veces, con hipocresía. Italia ha reaccionado suspendiendo controles o endureciendo su vigilancia sobre el tránsito Schengen con España, y España ha respondido aplicando controles equivalentes a los viajeros procedentes de Italia. Giorgia Meloni ha advertido, además, del riesgo de nuevos asaltos a Ceuta. Así, lo que empezó como una crisis en la frontera sur termina proyectando una sombra sobre el corazón de Europa: cuando una frontera exterior se percibe como vulnerable, empiezan a levantarse pequeñas fronteras interiores entre socios que deberían confiar unos en otros.
Otros gobiernos europeos señalan la regularización de inmigrantes indocumentados en España como un posible efecto llamada. Es una acusación grave, discutible, pero políticamente eficaz: en tiempos de miedo, basta insinuar que una puerta se ha entreabierto para que todos crean ver una avalancha al otro lado.
Argelia y su palabra cumplida
En medio de ese ruido, mi memoria viaja a otros días de Argelia. Recuerdo aquellos años en que Argel, de acuerdo con Francia, acogió a Txomin y a un grupo de etarras con la esperanza de favorecer una intermediación que pudiera abrir una salida dialogada a la violencia de ETA. Aquella negociación fracasó, como fracasan tantas veces las tentativas que pretenden domesticar el fanatismo sin concederle la victoria. Pero Argelia cumplió entonces su palabra: si el diálogo no prosperaba, los expulsaría. Y los expulsó. No fue fácil.
Dentro del propio poder argelino convivían sensibilidades enfrentadas, desconfianzas y equilibrios delicados entre el Gobierno, los responsables políticos, los militares y el partido que sustentaba al régimen. Cada decisión atravesaba pasillos distintos, obedecía a lógicas no siempre coincidentes y exigía vencer resistencias internas que desde fuera apenas se percibían. Precisamente por eso tuvo más valor aquella palabra cumplida. En política internacional, pocas cosas pesan tanto como cumplir lo prometido cuando hacerlo cuesta; pocas se echan tanto de menos cuando las alianzas se vuelven líquidas y los intereses se disfrazan de principios.
Por eso duele más este presente. Porque España necesita hablar con Argelia sin humillar a Marruecos, y necesita cooperar con Marruecos sin quedar presa de sus advertencias. Necesita gas, seguridad, inteligencia diplomática y respeto a sus fronteras. Pero necesita también no olvidar que detrás de cada cálculo hay personas: jóvenes que se lanzan al agua porque alguien les dijo que ahora era el momento; familias que creen haber escuchado una promesa; niños convertidos en parte de una estadística; ciudades como Ceuta, españolas y europeas, que viven con la angustia de ser frontera antes que hogar.
En un artículo titulado “Diplomacia, mérito y estrépito” ya advertí de que levantar la voz contra Estados Unidos e Israel, en los tiempos en que los horrores de la guerra sobre Gaza se habían convertido también en una vía para obtener votos y aplausos entre ciudadanos justamente indignados, traería consecuencias. ¿Había que haberse callado, silenciando aquella tragedia? Creo que no. No habría sido justo ni conveniente. Pero en diplomacia existen otras maneras de decir, más sutiles, menos atronadoras, capaces de dejar menos rastro de agravio y de memoria herida. El problema es que una voz menos estentórea produce también menos rendimiento en la política de los aplausos, de los parabienes inmediatos, de la ovación buscada. Y ahora España se encuentra con dos adversarios de enorme capacidad para hacernos daño, con el agravante de que ambos militan en el mismo bando de Occidente al que pertenecemos y del que dependemos.
El cinismo de Marruecos con las mafias
¿Quién está detrás de la llamada? Esa es la pregunta que no puede responderse con un solo nombre. Están las mafias, sin duda, que comercian con la desesperación. Pero ¿puede alguien creer seriamente que, en Marruecos, unas redes capaces de mover a miles de personas hacia una frontera tan sensible actúan al margen de toda vigilancia, de todo control, de toda mirada del Estado?
Las mafias existen, desde luego, pero en determinados territorios no operan en el vacío: respiran donde alguien les deja aire. Están los mensajes de redes sociales, capaces de convertir un rumor en una marea. Están los errores de los gobiernos, que a veces hablan para su electorado y son escuchados por medio continente. Están las potencias que observan el Magreb como tablero —Estados Unidos, Israel, Francia, la Unión Europea— y cuya influencia condiciona los equilibrios entre Rabat y Argel. Y está, sobre todo, la vieja tentación de utilizar a los vulnerables como instrumento de presión: el arma más barata y más cruel de la geopolítica contemporánea.
España no puede permitirse ingenuidad ni cinismo. La ingenuidad consistiría en creer que todo se explica por la pobreza y las mafias, sin ver el lenguaje de los Estados. El cinismo consistiría en olvidar el drama humano y reducirlo todo a una partida de ajedrez. Entre ambas tentaciones debe abrirse una política adulta: firmeza en la frontera, claridad en los compromisos, control de los mensajes que se emiten, cooperación real con los vecinos, lealtad europea y una voz propia que no tiemble cada vez que Rabat frunce el ceño o Argel guarda silencio.
Y termino con un grito de protesta, no contra un partido ni contra otro, sino contra la ausencia misma de acuerdos; contra la falta, al menos, de encuentros, aunque esos encuentros acabaran en un silencio nacido de diferencias reales o impostadas entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. Si se trata de salvar las vacaciones, yo podría preguntar, con la amargura de quien sabe de qué habla, ¿cuántos días me debe el Estado por aquellas vacaciones que perdí, o a las que renuncié por vergüenza y por pena, en mis años de Interior?
Pero no se trata de eso. Se trata de saber si aún somos capaces de colocarnos por encima del cálculo pequeño cuando lo que está en juego es una frontera de España. ¿Es que no podemos reclamar acuerdos transversales ante problemas de una envergadura como la que tiene el asalto a una frontera nacional? ¿Es que una crisis que afecta a Ceuta, a Schengen, al Magreb, a Europa y a la seguridad nacional puede seguir siendo tratada como una pieza más del ruido parlamentario? Hay momentos en que disentir es legítimo, pero no sentarse siquiera resulta irresponsable. La frontera no distingue entre mayorías y minorías; la soberanía tampoco debería hacerlo.
Entre Argel y Rabat hay 948 kilómetros. España vive en medio de esa distancia, como quien camina sobre un puente estrecho con el mar debajo. De un lado, la memoria de una Argelia que supo cumplir una palabra difícil. Del otro, un Marruecos imprescindible que exige confianza mientras la pone a prueba. Y en el centro, Ceuta: una ciudad que nos recuerda que la soberanía no es una consigna y que la humanidad no puede ser una debilidad. Si alguien ha lanzado una llamada, España tiene la obligación de averiguar quién la emitió, por qué fue escuchada y quién se benefició del eco. Porque las fronteras pueden defenderse con vallas, sí, pero los países sólo se defienden de verdad cuando saben leer las señales antes de que el mar se llene de sombras.



