Conmovidos, conmovidos estamos el personal de izquierda, al borde de las lágrimas. A pesar de lo que habíamos creído y sentido los sindicatos y sus direcciones existen y, para nuestra emoción, han convocado una huelga general; vale, es contra la oposición, pero el error de destinatario se debe, seguramente, a la falta de práctica.
Debemos esperar grandes futuros sociales. Si he entendido bien, esto es un simulacro para hacer una o dos cada año. Tras catorce años sin una huelga y ocho años sin noticias, una vez convocadas las elecciones, han vuelto.
Es verdad que hay que entrenar un poco muchachos. A ver, el orden correcto de las cosas es el siguiente: el gobierno anuncia una medida, se intenta negociar, no sale, se convoca huelga, se intenta negociar de nuevo, si no sale, el Congreso vota o se convocan elecciones. La falta de entrenamiento sindical y las tretas del gobierno han hecho que el orden cambie: aquí, el gobierno no anunció nada, fue un decreto, no negoció nada, el parlamento votó en contra (el pequeño debate de la soberanía del Congreso y eso), el presidente convocó elecciones y después se convoca huelga.
Suena mal, rematadamente mal. Suena a politiquerío. Suena a que nuestros sindicatos se han convertido en un piquete general, parte de una movilización electoral. Suena a devolución de favores subvencionados.
Uno es, para qué negarlo, de las “Comisiones Obreras, las primeras, las primeras” (mítico lema). Hice todas las huelgas que hubo que hacer, piquetes ante los autobuses zaragozanos en el 85 y enredé lo que pude en la comunicación de la gran huelga del 14 de diciembre del 88. Sé de lo que va eso.
Contra el PSOE también se podían hacer huelgas. Ahora no, el prócer es más de izquierdas que los sindicatos y ellos una correa obediente. Ser correa de trasmisión del gobierno, en plena campaña electoral, no es buen negocio. No es advertencia, es consejo.
No solo estamos conmovidos por la aparición de los sindicatos, estamos muy conmovidos intelectualmente: han descubierto que, desde hace años, el salario real neto de los trabajadores y trabajadoras se ha reducido. No han llegado todavía a la cosa de que lo que resta de la nómina se debe, además de la inflación, a la fiscalidad y cotizaciones sociales que no se ajustan a los precios.
No preocuparse, de aquí a mayo hay que hacer un par de huelgas que se harán con los números puestos. Y entonces, sí, entonces la subida de precios será culpa del gobierno. Por cierto, que dicen en Europa que la subvención indiscriminada al gasoil, y otras, aumenta la demanda, reduce el margen fiscal y favorece a las rentas altas (o sea, que los buitres y rentistas estarán encantados). Pues eso.
Dice, para arreglar las dudas, un señor llamado Fernando Luján, de UGT, que la huelga no se convocará con la misma intensidad en todos los territorios. ¿Quiere decir que en Cataluña, País Vasco o Navarra no habrá huelga? ¿Quiere decir que solo habrá huelga en Madrid? En estos ocho años han pasado cosas buenas, pero también alguna bofetada de esas que dan para un par de manifestaciones, por pedir que no quede: se mantiene la precariedad oportunamente disfrazada, ha aumentado el pluriempleo, se ha reducido el salario real, se ha aumentado la edad de jubilación. Se han desplazado recursos europeos de vivienda a pensiones.
Todas esas cosas antaño molestaban a los sindicatos y, sin embargo, ha parecido que éstos, más que barrera para empujar, eran empujados por el Ministerio de Trabajo.
Mientras las sedes sindicales se parecen cada vez más a decadentes edificios ministeriales, con abundantes fumadores en la puerta, el sindicalista de a pie, el que se patea “a puerta gayola” las empresas buscando elecciones, resolviendo problemas, ése no ha sido ni consultado, ni ha votado huelga, ni nada. Pasamos de los tiempos en que reuníamos a las secciones sindicales a hacer asambleas de delegados, luego reuniones de liberados y, finalmente, nos vale con la firma de un papel.
No es fácil lo del sindicalismo por muy necesario que sea, que lo es. La generación de la crisis financiara destrozó la confianza, el cambio del modelo económico hizo desaparecer el modelo de trabajador y los más vulnerables no se sindicalizan y el sindicato no llega. Hablamos mucho de ello, en los bares llenos, aquel día que CCOO convocó huelga en la hostelería (un éxito para los bares).
Para compensar se subarrienda las siglas a un sindicato que no es sindicato, se blanquea una dudosa agencia inmobiliaria y legitimamos la “histerización” de la calle que tanto desean en el gobierno. De paso, se le lanza un mensaje a la derecha: ya sabéis lo que os espera si os atrevéis a ganar.
Lo más antidemocrático que se ha dicho en los últimos años es que “iban a gobernar “sin concurso del legislativo”; esta mañana nos han dicho, justificando el modo trilero en que se han puesto, que la soberanía nacional expresada en el Congreso no vale si a Sánchez no le gusta. Estupendo, hace falta una huelga general para legitimar barbaridades y, antes de volver a la sede de su ministerio obrero, las ejecutivas han cumplido firmando el papel del sindicato de inquilinos.
No será huelga, salvo de los funcionarios y los de las grandes empresas, todos con casas. Hipotecadas o no. Habrá una gran manifestación, se insultará convenientemente y todos contentos.
Ocho años de silencio deben acabar como merecen: con un estruendoso aplauso, un simulacro de lo que puede venir, y una movilización electoral. Por cierto, en CCOO hay gente de derechas, como toda la vida; en UGT no me cabe duda.
En fin, los de Sumar y Podemos, que andan necesitados, le han puesto al presidente un piquete general. Los costes para las siglas. Es lo que hay.



