Esto no va de inteligencia artificial. El caso es que les escribo para invitarles a identificar a los “agentes deshonestos” en los que se apoya el relato del Gobierno. Al cronista, francamente, no le sorprende que en ese mundo artificial haya deshonestidad o cooperadores necesarios para delinquir. Al fin y al cabo, esa máquina es un invento humano.
La noticia de la semana tecnológica es una notable metáfora de nuestra vida diaria: “Un enjambre de agentes deshonestos secuestró un sitio web alemán… y lo transformó en un tablón de anuncios para otros agentes de IA”. Da miedo, sí. Pero si lo piensan fríamente: ¿tenemos a mano “agentes deshonestos” que cooperan para convertirse en tablón de anuncios?
Les convoco a identificar la estupidez natural, antes de embarcarse en la inteligencia artificial. Nuestra administración ha alcanzado hace tiempo su nivel de incompetencia, eso es evidente desde los trenes hasta la defensa de nuestras fronteras. Tienden a ocultar su incompetencia aumentando el número de sus competencias y la dimensión de su estructura: Mando Único, comités, asesores, etcétera.
Hace tiempo que hemos cumplido “la cuarta ley del fin de la inteligencia: la imbecilidad solo puede aumentar” (Nuevo elogio del imbécil. Pino Aprile. Gatopardo Ensayo. 2025). El aumento se debe al incremento de efectivos de la burocracia, también a “agentes deshonestos” que se convierten en tablón de anuncios.
Una periodista escribe: “Resumen: la jueza Tardón (el apellido no es baladí), pide informe hace un mes al CENIF. Lo reclama de nuevo este lunes (aunque sea en word), advierte que no se eleve al Gobierno y, el día que lo entregan, lo filtra a un medio de comunicación cuya propiedad sabe mucho de conspiraciones. Fin.” (3 de septiembre de 2026). Francamente, el nombre de la autora y su comportamiento, al borde de lo venal, se me dan una higa. Su texto pasó a la sincronización y los bots en una operación contra la juez que investiga el asunto de Ceuta, en una muestra notable de estupidez natural.
Precisemos tres cosas. La periodista está adjudicando a la jueza de la Audiencia Nacional un delito. La fiscalía reconoce la competencia de la jueza y el Consejo General del Poder judicial le da la razón, frente al ministro de Interior (sorprendentemente, juez). Analicen el texto de la eximia “agente deshonesta”: señalamiento a un juez, anunciando de hecho lawfare, con juicio gratuito sobre sus instrucciones “el apellido no es baladí”; “advierte que no se eleve al Gobierno”, sugerencia de conspiración en lo que es práctica habitual. Por cierto, tengo varios papelitos de Marlaska con la misma exigencia. “Lo filtra (atribución falaz de delito) a un medio de comunicación cuya propiedad sabe mucho de conspiraciones” (señalamiento de periodismo de barricada a otra periodista que firmó la exclusiva –María Peral– y a su director).
Éste es el nivel. El ataque a la jueza es sólo el primero de los que seguirán a la Policía Nacional, el CNI, la Guardia Civil y el que lleva soportando Margarita Robles desde días antes de la invasión de Ceuta. Que no sabe qué hacer para que la cesen, no dimitirá para que no parezca que asume responsabilidades. Parece que ya se lo ha dicho a Sánchez.
“Agentes deshonestos” cooperadores no sólo son los habitualmente sincronizados. Pueden sumar a ministros que gobiernan como tuitean, creadores de opinión que falsean el derecho y la Constitución, siendo jueces o catedráticos, y un largo etcétera. Es fácil identificar a estos agentes si ustedes prestan atención: siempre seleccionan heridos buenos y heridos malos.
Las manifestaciones en defensa de la soberanía española y de Ceuta han producido otro episodio de selección. Una intolerable y execrable agresión a un periodista de TVE ha puesto en marcha una campaña de cínica protesta como si los agresores fueran todos los manifestantes o quienes no estamos de acuerdo con la línea editorial y de opinión de TVE (la informativa hace tiempo que no existe).
Lean esta opinión también, no me importa lo más mínimo quién lo escribe: “Nos va a tocar salir a defender el derecho de información… porque cada vez hay más ultras liberticidas atacando a compañeros en la calle”. Debemos tranquilizar al sincronizado: Algunos, muchos, llevamos tiempo saliendo.
Un servidor, y no soy ningún héroe aislado, empezó ante la cárcel de Torrero, cuando los ultras franquistas detuvieron al director de Andalán. La penúltima vez, cuando otro ultra, sincronizado en la época, anunció de forma hiriente y grosera que le mandaría a Ketty Garat “las sobras de la cena de Navidad”. La última, cuando el de a un fascal la hora, dijo que se podía debatir si era legítimo que los “ultras” de la kale borroca apalizaran a un periodista de El Español: “el fascismo de los antifascistas” (gracias siempre, Pasolini).
La libertad de información no selecciona heridos, se defiende siempre, pero el “enjambre de agentes deshonestos” no acaba de entenderlo. Uno de las peores heridas a la comunicación libre en el último periodo, además del deterioro de las empresas, es el periodismo de barricada que ha conducido a muchos medios, antes de “calidad”, a ser despreciados como fuentes de información.
Tras las muertes dramáticas de Adamuz, lo del faro moral de las joyas o las cosas éticas de ladrones y puteros, Ceuta ha reventado cualquier posibilidad de Gobierno, donde anida la dirección de la estupidez natural. Ha irritado a la sociedad ceutí y española que, sin duda, está pasando cuentas a las irresponsabilidades varias. La cara de asombro de los sincronizados, cuando el personal protesta, es incomprensible. Ellos nos tratan como imbéciles, nosotros sabemos que nos tratan como imbéciles; ellos saben que sabemos que nos tratan como imbéciles, pero siguen tratándonos como imbéciles. La respuesta que reciben es normalita. Por cierto, hablando de Ceuta: culpable, Marruecos; responsable, Pedro Sánchez.
Es bueno conocer el comportamiento del “enjambre de agentes deshonestos”, su identidad importa menos; como verán ni un solo nombre de ha colado en esta crónica: no hay señalamiento, solo identificación de comportamientos. Debemos hacerlo para saber buscar la verdad.



