El 17 de enero de 1986, España e Israel, establecieron por primera vez relaciones diplomáticas plenas, tras casi cuatro décadas de contactos fallidos y posturas mutuamente incompatibles durante el franquismo y la Transición. Este paso puso fin a una situación anómala en Europa Occidental. España era el único país de la CEE que aún no había reconocido formalmente al Estado de Israel.
Durante la dictadura, España orientó su política exterior hacia el “mundo árabe”, por razones estratégicas y económicas, y evitó reconocer a Israel, que además había votado en la ONU contra el levantamiento del boicot diplomático a España en 1949. Aunque en los años 70 hubo contactos discretos y propuestas, como la apertura de una oficina comercial, no se avanzó por temor a una reacción negativa de los países árabes.
Con la llegada al gobierno, Felipe González concibió el reconocimiento de Israel como una “cuestión histórica”, no solo política. Entre 1983 y 1985 se intensificaron las presiones de países europeos que empujaban al reconocimiento. La influencia estadounidense, especialmente del lobby proisraelí, maniobró cerca de sectores económicos españoles para que se acelerase ese reconocimiento. Por último, la actividad de la comunidad judía española, que apelaba a la herencia sefardí y a la normalización completa de la Transición, hizo el resto.
En la decisión final, abrumadoramente favorable a la normalización de relaciones, hubo un elemento que se discutió y que involucraba a Interior, especialmente a la Seguridad del Estado. Se temían las consecuencias con países árabes, por su importancia energética y comercial, pero además el factor seguridad estuvo muy presente, por el impacto que esa decisión podría tener en la colaboración entre servicios, en cuestiones de información y terrorismo.
El 10 de enero de 1986, González envió una carta conciliadora a los embajadores árabes explicando que la decisión formaba parte de una política exterior de “universalización”. Por fin, el 17 de enero de 1986, en La Haya, ambos países formalizaron el reconocimiento mutuo y el establecimiento de relaciones diplomáticas. A partir de entonces se abrieron embajadas, se normalizó la cooperación política, económica y cultural y España se alineó con el resto de Europa Occidental.
Geos para las embajadas españolas
En Interior, en paralelo a los avances diplomáticos, se convocó una “mesa informativa” para discutir los asuntos de seguridad. Estuvimos presentes, además del ministro Barrionuevo y yo mismo, Sancristóbal, los directores de la Policía y de la Guardia Civil, el comisario general de Información y los comisarios Reverte y Pulido, responsables del Area de “contraterrorismo exterior”.
El punto para tratar en primer lugar, y que era de aplicación inmediata dada la urgencia de reforzar la seguridad de nuestras embajadas en los países árabes, apenas se debatió, porque a todos nos pareció conveniente, y sin pérdida de tiempo se definió y cuantificó: personal a destinar a las legaciones diplomáticas y los medios asignados para asegurar su tarea.
Decidimos enviar a agentes de la unidad policial más preparada para cubrir este objetivo, los geos de la Policía. En principio, en función del país de destino y del nivel de amenaza, al menos dos miembros de la unidad a cada embajada. De esta manera, se puso en marcha el plan, con reuniones y puesta al día de aquellos agentes elegidos para la misión.
En Guadalajara, en la sede de los geos, con el comandante Holgado al frente, se les instruyó para un trabajo delicado y muy peligroso. La seguridad del embajador, y la integridad de la legación diplomática, quedó en manos de un grupo de hombres que habían hecho de su vida un compromiso total con el riesgo y la lealtad.
Al Líbano, en plena guerra civil
En el Líbano, uno de los países destino de nuestros geos, aún se libraba una guerra civil, cuyo origen se remontaba a un pacto fijado en 1943 que otorgaba, con gran ventaja, la presidencia y la mayoría parlamentaria a los cristianos maronitas frente a musulmanes suníes y chiíes. Era, sin añadidos innecesarios, una guerra confesional. La llegada masiva de refugiados palestinos hasta 1967, desequilibró el censo a favor de los musulmanes, creando serias tensiones con sectores maronitas. Entre 1984 y 1990, se vivió una guerra de “agotamiento”, con un goteo constante de muertes en uno u otro bando.
La “línea Verde” era la frontera interna que dividió Beirut hasta 1990. Beirut Oeste, de mayoría musulmana, suní o chií. Beirut Este, de mayoría cristiana maronita y controlada por el “Frente Libanes”. La “Línea Verde” discurría de norte a sur, siguiendo el trazado de la calle Damasco, una de las avenidas más largas de la ciudad. Era una zona de edificios destruidos, fachadas perforadas por metralla y calles vacías y altamente peligrosas.
Aunque no era una frontera formal con muros y alambradas, había puestos de control de milicias en los cruces, francotiradores en las azoteas y un tránsito prácticamente imposible. Cruzarla podía significar la muerte. Lo de “verde” le viene porque allí, durante años, creció vegetación espontánea, hierba y arbustos, que terminó adquiriendo un color verde muy visible. En numerosos puntos con la sangre seca, de aquellos que no conseguían cruzarla.
Secuestro en Beirut
El 17 de enero de 1986, un comando armado chií interceptó una caravana de vehículos cerca del aeropuerto de Beirut y secuestró a Pedro Antonio Sánchez, agente del GEO, recién llegado a Líbano para reforzar la seguridad de la embajada española, a Assad Abdo, canciller de la embajada española con pasaporte diplomático español, y a Gaspar Abdo, vicecanciller, de nacionalidad libanesa.
Los secuestradores, vinculados al movimiento Amal, y pertenecientes al clan Rahal, exigían la liberación de dos libaneses, Mustafá Jalil y Mohamed Rahal, presos en España por un atentado contra un diplomático libio en 1984. El grupo secuestrador se autodenominó “Black Flag”, para tratar de desvincular de aquella acción al conjunto de la comunidad chií. Según las primeras informaciones que nos llegaban, se trataba de una operación de “familia”, puesto que uno de los presos era del clan Rahal.
Mientras tanto en Madrid, en el ministerio del Interior, la preocupación iba en aumento, pasaban los días y apenas teníamos noticias de nuestro hombre en Beirut. Su compañero, el otro geo, cumplía sus funciones con el embajador, dándole una protección escasa y, además, con la preocupación por la situación de su compañero que, probablemente, le restaba atención a su tarea.
Habíamos cometido un error de cálculo, al no haber tenido en cuenta las condiciones del país, en plena guerra civil. Me sentí muy comprometido con el objetivo de alcanzar la libertad del geo. Me imaginé que un hombre como él, con su preparación física y psicológica, lo debería estar pasando muy mal, aunque confiaba en que esa misma preparación le ayudaría en los momentos más difíciles.
Pedro de Arístegui, un diplomático poco común
Nuestro embajador en el Líbano, Pedro de Aristegui, de origen vasco, nacido en Irún en 1927, era un hombre muy experimentado en destinos difíciles y con un brillante “currículo” como diplomático y político. Fue embajador en Nicaragua durante la Revolución Sandinista, entre 1977 y 1980, donde vivió de cerca el conflicto civil. Entre 1980 y 1982 fue gobernador civil de Guipúzcoa, participando en la lucha contra el terrorismo de ETA y en negociaciones para medidas de gracia a presos y exiliados. En 1984, fue nombrado embajador de España en Líbano.
En 1985, fue secuestrado durante varias horas por una milicia chií que pretendía canjearlo por presos en España, antecedente de lo que vino después. En su secuestro, él mismo previno a las autoridades libanesas de quiénes le iban a secuestrar y en dónde iba a estar retenido, lo que facilitó su liberación. Queda claro, con este bagaje, que estábamos en las mejores manos para resolver este conflicto.
Como pasaba el tiempo, y los datos que nos llegaban no eran nada halagüeños, decidí dar un paso adelante de mucho riesgo, consciente de que la vida del geo y el efecto que estaba causando entre sus compañeros, eran factores de mucha importancia para mantener el ánimo alto de los que combatían en primera línea contra el terrorismo. El comandante Holgado, con el que hablaba cada día, me comentaba la enorme preocupación que le transmitían sus hombres, llegando a señalarnos porque les parecía que no hacíamos nada para conseguir su liberación.
Una mañana de febrero, me puse en contacto con Rafael Pastor, entonces director general de Asuntos Consulares del Ministerio de Asuntos Exteriores, con quien había tenido contactos frecuentes por cuestiones relacionadas con pasaportes y documentación en general, y al que atendí cuando me solicitó un comisario para incorporarle a su equipo y que hiciese de enlace con la comisaría general de Documentación y Extranjería.
Pastor, un diplomático de gran experiencia y con buenas relaciones en ámbitos policiales y de información, me pareció la persona adecuada para plantearle mi plan. Le propuse que viajásemos al Líbano para reforzar a nuestro embajador en las gestiones que estaba llevando a cabo. Por un lado, al viajar en aquellas circunstancias, enviábamos un mensaje a nuestra gente, a los policías y guardias civiles, de que estábamos dispuestos a llegar a donde fuese necesario para liberar al geo, pero también a los secuestradores y a sus jefes de que nuestro compromiso era firme y decidido.
Viaje al infierno libanés
Con el consentimiento del ministro Barrionuevo y de la Moncloa, mi secretario particular Juan de Justos hizo gestiones para conseguir un avión Mystere Falcon, de las Fuerzas Armadas, para facilitar el desplazamiento con más seguridad y sin estar supeditados a horarios y a retrasos. No podía viajar de otra manera, porque en Beirut las cosas seguían mal y había riesgos en el aeropuerto si se enteraban de nuestra llegada. No volamos a Beirut, aterrizamos en la isla de Chipre, en Lárnaca, para desde allí viajar en un ferry hasta el puerto de Beirut, “Marfa Beirut”. Los oficiales pilotos del Ejército del Aire quedaron encargados de volar a Beirut, a recogernos, cuando la gestión estuviese resuelta. Me había prometido volver, a toda costa, con nuestro hombre ya liberado.
Pedro de Aristégui, nuestro embajador, nos esperaba en el puerto para trasladarnos a la embajada en su coche oficial con matrícula diplomática, que nos podría hacer el viaje más seguro. Era un Mercedes blindado, de color blanco, de un modelo ya antiguo. El blindaje, era de los que se hacían entonces, de taller, que pesaba mucho y siempre acababa, con tanto traqueteo, sonando a chatarra vieja. Salvamos varios controles, tanto de tropas cristianas como de milicias chiitas. Nos alojamos en la residencia del embajador. Fueron cuarenta y ocho horas de dormir poco, con muchas llamadas telefónicas y mucha tensión.
A la mañana siguiente De Aristegui, sin duda un hombre eficaz y de acción, nos tenía preparada una entrevista con un médico de gran prestigio entre gentes de ambas comunidades, la cristiana y la chiita, que había hecho de mediador en casos parecidos al que intentábamos resolver. Me pareció un hombre reflexivo, con ese verbo que la sabiduría y el sentido común dan a la palabra de la persona capaz de trasmitirlo. Se comprometió a conseguirnos una entrevista con Nabhi Berri, ministro de Justicia libanés y líder de la milicia Amal. La cita nos la confirmó por la tarde, al filo de la hora de la cena. Aprovechamos la sobremesa para discutir cual era la mejor manera de abordar el tema, aunque suponíamos que nuestro interlocutor ya sabría la razón de aquella visita, y seguramente tendría muy preparad la respuesta.
Un trayecto muy peligroso en coche
La mañana del 18 de febrero, aunque fría, amaneció con ese sol que brilla tanto a orillas del mar Mediterráneo. Llegaba un aire húmedo con sabor a sal, y las calles que rodeaban la embajada aparecían cubiertas con un velo ligero de una niebla que reposaba en el suelo. Salimos camino del encuentro con Berri, en el Mercedes oficial, Aristegui, Pastor y yo detrás, y el chofer con el otro geo delante. El banderín de España, ondeando sobre uno de los guardabarros delanteros del coche. Pocas veces me he sentido tan comprometido, tan preocupado, con lo que se avecinaba. No habría más oportunidades, al menos en aquel viaje, de conseguir la liberación de nuestro hombre.
En el primer control, ya en zona de influencia chiita, con tres furgonetas llenas de milicianos armados con Kaláshnikov y fusiles lanzamisiles, nos pararon para pedirnos los pasaportes y preguntarnos el destino. El Mercedes, al ser blindado, tenía dificultades para bajar y subir los cristales de las puertas, y el coche disponía de un sistema de megafonía que permitía hablar desde dentro utilizando un simple micrófono.
El embajador se identificó, y les indicó a quién íbamos a visitar, finalmente nos dieron el plácet. Más adelante, a nuestros ojos apareció esa franja tan peligrosa, que debíamos cruzar, la llamada “Línea Verde”. Un barrio lleno de esqueletos de edificios, con las fachadas ennegrecidas por el humo de las explosiones y perforadas por las balas que se cruzaban entre los dos bandos: cristianos y chiitas.
El edificio que albergaba las oficinas de Berri, estaba rodeado de sacos terreros y de grandes planchas de acero que servían de muralla protectora. Hombres armados en la puerta y dos vehículos blindados, de apariencia militar, en las esquinas. Todo apuntaba a que aquella guerra seguía muy “viva”.
Nabhi Berri nos recibió casi inmediatamente, apenas nos hizo esperar en su antedespacho. Fue un encuentro frío, paro respetuoso, muy propio para tratar lo que veníamos a pedir, la inmediata liberación de nuestro hombre. Se disculpó, no se sintió comprometido con los secuestradores, que según nos dijo no había sabido nunca de sus intenciones.
Aquel secuestro lo achacó a la juventud de sus autores y al compromiso familiar que tenían con los detenidos en Madrid, todos ellos miembros del clan Rahal. Nos solicitó que, a cambio de sus gestiones a favor del geo, España pusiese en libertad a los autores del atentado de Madrid. Le expliqué que España era un Estado de Derecho y que el ejecutivo no tenía potestad para darles esa libertad. Estaba en manos de la Justicia aquel proceso, y solo cuando la condena de prisión fuese firme, podríamos aplicar medidas de gracia. Creo que lo entendió, o más bien que lo sabía, y se comprometió a hacer gestiones y en veinticuatro horas nos contestaría.
Un abrazo para un reencuentro feliz
Al día siguiente, en la embajada, habíamos terminado de comer y seguíamos a la espera de la llamada, comentando las posibilidades y los pros y contras del desenlace. Para mí, lo único importante, ya imprescindible, era sacar de allí al geo. El otro geo, muy preocupado por el estado de su compañero, reclamaba constantemente noticias. A media tarde, con el sol poniéndose en el horizonte, a espaldas de la embajada, con ese olor a humo de guerra y a especies aromáticas, llegó la llamada: al día siguiente, por la mañana, en la oficina de Berri, nos entregarían a nuestro geo y a los dos funcionarios de la embajada. Un gran suspiro de alivio en aquel salón, con decoración oriental y con un aire casi familiar, nos dimos la enhorabuena.
A la mañana siguiente, en el último viaje, con el otro geo sonriente y feliz, recogimos a Pedro Sánchez, le habían permitido lavarse y afeitarse, aunque desmejorado por el mal trato y la pésima alimentación. Le abracé, con emoción, cuando me reconoció. Un héroe, de los muchos que tuve a mi alrededor, y que nunca les reconocimos como tales.
El 16 de abril de 1989, el embajador de España en Líbano, Pedro Manuel de Arístegui y Petit, murió en Beirut durante un episodio especialmente intenso de la guerra civil libanesa. Un proyectil de artillería de gran calibre, disparado desde las filas del ejército sirio en combate, impactó directamente contra el comedor de la embajada de España en Beirut, situada en el barrio cristiano de Hadath. En el ataque murieron también su suegro y su cuñada. De Arístegui, falleció en el hospital del Sagrado Corazón, con una herida muy grave en la cabeza.
Pedro de Aristegui, otro héroe de tiempos difíciles.



