Bloque Negro”: técnicas y tácticas de enfrentamiento del ‘buen guerrillero urbano” de la CUP con las fuerzas de Seguridad (y III)

Un Black Bloc o Bloque Negro es la unidad de acción guerrillera y se aconseja que lo formen de 75 a 150 activistas, de 2 a 4 por cada agente de policía, que han sido pertrechados, entrenados y organizados para enfrentarse con las fuerzas de Seguridad del estado en guerrilla urbana. Su biblia guerrillera es el opúsculo Black Bloc. Por qué la libertad no será parlamentada, manual de uso interno de la CUP al que Off The Record ha tenido acceso.

Una vez en el ‘campo de batalla’, el manual deja claro que los Bloques Negros nunca están jerarquizados, por la ingenua razón de que “no habrá revolución si cada uno no realiza las acciones que uno desee”, pero conscientes de que la real gana es la mejor manera de facilitarles las cosas a los ‘agentes represivos’, aconseja organizarse “en grupos de afinidad de 5 a 6 personas que decidan en común objetivos concretos”, porque “todo no es llegar y tirar piedras de manera alocada”. Esta organización en pequeños grupos permite “una retirada controlada y en grupos. Para no ser seguidos. Una de las cosas más importantes es no dejarse llevar por el frenesí y saber cuándo se han cubierto los objetivos marcados y no improvisar ya que compañeros pueden sentir inseguridad y abandonar la protesta ante la improvisación alocada. No olvidar estar en una concentración de improvisación sobre improvisación sólo puede acabar en detenciones”. Es decir, anarquía sí, pero dentro de un orden.

Esa anarquía ordenada aconseja buscar previamente en el ‘campo de batalla’ escondrijos para piedras, petardos, cócteles molotov, tornillos y otros objetos arrojadizos, que el encargado de los ‘suministros’ de cada grupo hará llegar a los activistas en el fragor de la batalla. Así como pintura, pues “el casco puede ser saboteado pintando su visera trasparente que el antidisturbios subirá si es incauto y si este la limpiase perdería segundos que nosotros aprovechamos” para atacarle.

La mejor forma de enfrentarse a una carga policial es constituir un grupo compacto de activistas, a ser posible “protegidos con escudos o materiales que impidan que la policía disuelva esta formación” o con grandes pancartas provistas de sólidos mástiles. Los sujetos del centro de la formación salen de ella para “realizar acciones”, arrojar cócteles y objetos a las fuerzas “para, una vez realizadas, volver al grupo y no poder ser identificado: todxs [sic] para unx y unx para todxs”. Para estos ‘mosqueteros’ de pacotilla, “las cargas policiales no suponen otra cosa que un intento de coartar nuestra libertad de expresión”, por lo que “cuanto más tiempo aguantemos si ceder terreno a la policía, más cuotas de libertad estaremos expropiando al Estado”…

Los guerrilleros urbanos son concienzudamente adoctrinados por el manual con profusión de vídeos para explicar las tácticas policiales y las maneras de enfrentarlas, desde cómo fabricar los cócteles molotov a construir barricadas con materiales urbanos, muebles, contenedores de papel y vidrio, etcétera, hasta cómo volcar automóviles para taponar las calles e impedir el avance de ‘lecheras’ y furgones de antidisturbios. Se desaconseja la quema de automóviles porque “puede afectar a personas (propietarios de éstos) que se encuentran en la misma condición de opresión que nosotros y ése no es el objetivo. El objetivo es contrarrestar la represión policial”, pero si “la integridad física de los activistas esté en sumo peligro (momentos de violencia policial salvaje u operaciones represivas a gran escala, como las desatadas en las cumbres antiglobalización), entonces sí lo vemos legitimado”.

Ataque al corazón del capitalismo

Antes o después de los enfrentamientos físicos de los grupos con los agentes, el manual indica que se ataquen “las estructuras capitalistas más destacadas, como por ejemplo sucursales bancarias o comercios pertenecientes a grandes empresas (Telefónica, McDonalds, ETTs, etc)” y recuerdan que esta táctica dio provechosos resultados en los disturbios de la manifestación en Barcelona contra el Día de la Hispanidad de 2002: “Nuevamente, el precio que pagó el poder por reprimir una manifestación legítima fue alto”. Los autores del panfleto insisten en observar respeto con los pequeños comercios, a cuyos propietarios consideran parte de los oprimidos y clase potencialmente aliada, como indican los viejos textos del leninismo.

Las intenciones de “lo que expresamos con este tipo de enfrentamiento” es “llegar con claridad a la población y despertar su simpatía en lo posible”… Ingenuidad torpe que redondea el manual de los Bloques Negros: “el objetivo es afectar todo lo posible la actividad económica como protesta por la represión, así como visibilizar quiénes son los responsables y los beneficiarios de esta economía capitalista de explotación y muerte”. Es decir, la teórica de los iluminados es destruir las sedes de las grandes empresas, pues así la ciudadanía comprenderá que los responsables son quienes intentan impedir la destrucción. No es extraño que grandes empresas nacionales y multinacionales hayan abandonado Cataluña a marchas forzadas ante la sombra de la CUP sobre el ‘procés’ independentista…

El manual proporciona métodos de enfrentamiento personal, aunque siempre se recomienda que la proporción sea de dos a cuatro activistas contra un agente, para desarmarlos de porra y escudo y recomienda centrarse en “el portador de la escopeta de bolas”, más que para desarmarlo para atosigarlo e impedir que la recargue. Por lo demás, enseña las diversas técnicas policiales de reducción de identificación, de golpeo con las porras y los bastones extensibles e incluso los sistemas de ataque de los equipos SWAT estadounidenses.

El siguiente apartado, “Black Bloc. Por qué la libertad no será parlamentada” lo dedica a las medidas para paliar los efectos de las agresiones policiales, desde protegerse si son derribados y golpeados en el suelo –“adquirir la postura fetal con el lado izquierdo más cerca del suelo para proteger el bazo, proteger con las manos la nuca y el lado de la cara cubierto, a la misma vez que intentamos cubrir con los codos las zona intercostal”– a los de las bombas de humo, lacrimógenas, disparos sónicos, etcétera.

Tras los enfrentamientos personales –“si no nos aprovechamos de agarrarles o hacer les tropezar los pies, para hacerles perder el equilibrio no tendremos mucho éxito”–, se impone la retirada ordenada, que “debe de ser lo más tranquila posible; si nos intentamos difuminar entre la multitud, no vale seguir estando tapado o con pintas fácilmente identificables”. Son conscientes de que los helicópteros policiales sobrevuelan “las zonas de lucha”, por lo que –hasta que esta función sea confiada, “próximamente”, dicen, “a los drones”– aconsejan distraer su atención “lanzándoles algún cohete”, con lo que podrán trocar su pinta de ‘guerrilleros’ por la de pacíficos viandantes “para de este modo hacer la retirada más fácil”, que siempre ha de evitar la precipitación y las grandes avenidas; “si en tu ciudad hay metro es una manera de despistar a los helicópteros”.

Por último, si no hay suerte en la huida, el manual informa con pormenores de cuáles deben de ser la actitud del detenido y de los derechos que le asisten, desde no declarar ante la policía hasta solicitar un habeas corpus para que un juez determine si la detención ha sido legal y, por tanto, si el preso ha de continuar detenido o ser puesto en libertad.

Porque, finaliza el manual de los Bloques Negros, “Nosotros no somos violentos solo luchamos contra los que usan la única violencia existente (la explotación del hombre por el hombre)”.

El futuro de la situación en Cataluña desvelará si estas ‘enseñanzas teóricas’ son provechosas para los designios independentistas o han caído en saco roto.

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