Como el “Bloque Negro”, las escuadras de la CUP, se preparan para la guerrilla urbana: manual de tácticas de enfrentamiento con las fuerzas de Seguridad (I)

Ya había amenazado Anna Gabriel, la portavoz de la CUP, en el mitin de cierre de la campaña del referéndum ilegal: si los líderes del ‘procés’ tenían “tentaciones extrañas” de “recoger las migajas” del domingo, “habrá una trinchera de resistencia”, advirtió. Es decir, si el 4 de octubre no se proclamaba la independencia, la CUP pasaría a la acción. Off The Record tuvo acceso a un documento de uso interno de la CUP, “Black Bloc. Por qué la libertad no será parlamentada”, pensado como manual de tácticas de enfrentamiento con las fuerzas de Seguridad para la guerrilla urbana. La misma que se está produciendo ahora tras la detención en Alemania del presunto delincuente y golpista Carles Puigdemont.

“El Black Bloc o Bloque Negro es la unidad de acción guerrillera y se aconseja que lo formen 75 activistas organizados, que “de este modo pueden volver locos a 50 agentes”–. La definición se halla en el manual de tácticas de guerrilla urbana interceptado por las fuerzas de Seguridad a miembros de la lucha callejera que actúan en Cataluña: Por qué la libertad no será parlamentada, título explícito que supone que la consecución de los objetivos independentistas de los antisistema habrán de ser alcanzados mediante la violencia.

El manual, de 72 páginas, justifica la lucha callejera porque ésta “empieza cuando la protesta legalizada ha llegado a su fin, ésta se da por concluida, pero los que pensamos que las leyes son injustas tenemos que pasar por encima de éstas para hacer daño al sistema, que ya contempla como parte de sí las protestas legalizadas”. Bien es cierto que la violencia que preconiza el manual se ciñe a los límites de la ‘kale borroka’ que practicaron los grupos juveniles vascos proetarras, sin traspasar la linde que separa la lucha callejera, la guerrilla urbana, del terrorismo.

Se advierte, por ejemplo, contra agresiones a los pequeños comercios e incluso contra la quema de vehículos, que “se realiza para retrasar aún más el avance de la policía”, pero “sólo lo recomendamos en casos de extremo peligro para los activistas”. Pues “la destrucción de un coche puede afectar a personas (propietarios de éstos) que se encuentran en la misma condición de opresión que nosotros y ése no es el objetivo”.

¿Cuál es el objetivo, pues, de la guerrilla urbana? “El objetivo”, responde el manual, “es contrarrestar la represión policial”. “Algunos llamarían esto autodefensa del Estado-capitalista”, explica, aunque “Este papel no hace apología de la violencia, ni mucho menos, la violencia en sí no es un fin sino un medio más. No pensamos tampoco que la solución sea destrozarlo todo y no presentar alternativas, pero no es más verdad que el capitalismo no se dejará derrotar pacíficamente y por ello debemos de estar preparado en la autogestión de los medios de producción y para la lucha en la calle, contra la policía y el ejército, que solo defenderán los intereses de las clases parasitarias”.

Un lenguaje y una argumentación neoestalinistas, que descalifican las doctrinas de la “no violencia activa”, descalifican a sus gurús –como Gene Sharp, al que acusa de ser uno de lo “filósofos”, entrecomillado para desvalorizarlos, “pagados por los estados”– y apuestan por no renuncia a la “violencia, pues cuando alguien te maltrata, te explota y te extermina sin saciarse nunca, lo único que puede recibir de ti es tu violencia sin justificación alguna”.

“Antes de soltar el DNI, suelta una piedra”, concluye.

Conocer al “enemigo”

Toda la primera parte de dicho manual se dedica a estudiar e informar al activista de qué son las UIP, las Unidades de Intervención Policial de la Policía Nacional, y los GRS, los Grupos de Reserva y Seguridad de la Guardia Civil, desde su distribución territorial y equipamiento a las técnicas de actuación y tácticas de enfrentamiento con manifestantes, a fin de que los activistas a los que va dirigido el panfleto conozca bien al “enemigo”.

Informa profusamente del nuevo equipamiento antidisturbios, desde los escudos irrompibles y cascos indeformables al fusil de pelotas de goma, los botes de humo y las granadas de gas y aturdimiento, las porras, de goma, eléctricas y extensibles y los cañones sónicos a los nuevos materiales de los uniformes, con piezas protectoras inteligentes, que se endurecen ante los impactos, y a los textiles que se utilizan para los uniformes, confeccionados con polipropileno copolímero, material ignífugo contra cócteles molotov u objetos incendiarios, que soporta temperaturas de 130 a 168 °C.

Describe con minuciosidad los diversos tipos de formaciones policiales para enfrentarse a masas de manifestantes para que los activistas conozcan a la perfección qué movimientos pueden esperarse de las fuerzas de orden público y cómo enfrentarlas.

Y antes de entrar en el propio equipamiento y en las técnicas y tácticas de la guerrilla urbana, advierte: “Para ser objetivos y tener posibilidades de poder hacer retroceder a esta gentuza, el número de manifestantes activos debe de ser de 2 o 3 por cada policía [en otro lugar, el manual aconseja que la proporción sea de 3 o 4 activistas por cada policía]. Si nos tenemos que enfrentar a un grupo operativo de 50 efectivos debemos de ser de 100 a 150; menos sería un error, pero eso sí, de 100 a 150 manifestantes activos”.

Lo que en el fondo se busca es lo que se denomina “espiral de acción-reacción-acción”. Historiadores del fenómeno terrorista vasco, como el vizcaíno Gaizka Fernández Soldevilla, recuerdan que “ETA la adoptó en su IV Asamblea (1965), pero la estrategia es anterior y la han utilizado movimientos de diferente signo político, aunque todos antisistema. En pocas palabras, se trata de provocar a las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado: realizar acciones ilegales que inciten una represión policial desproporcionada, que sufra la mayor cantidad de población posible. Cuanto peor, mejor. A poder ser, con fotos impactantes que reflejen el sufrimiento de seres humanos con los que sea fácil empatizar. De esa manera, se pone en marcha una espiral de imprevisiblemente trágicas consecuencias y se consigue indignar y exaltar a la ciudadanía, que pronto olvidará quién es el auténtico responsable del desaguisado y le echará toda la culpa al estado. Transferencia de la culpabilidad, se llama el proceso. A esas alturas, dará igual: la espiral ya habrá derivado en una tragedia productiva”.

Muchas, si no todas estas afirmaciones las hemos visto plasmadas en los sucesos de Cataluña, desde el día de votación del referéndum ilegal a hoy.

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