Mi nieto menor (seis años), tras dar cuenta del batido de chocolate que, al parecer, amerita por su excelente comportamiento, sostiene ante su hermano mayor (once años) que, una vez acabada la libación, permanecer con el “abu” es un “poco” aburrido. Su hermano concede y ambos parten a un parque infantil, con suelo de caucho, prescriptivo gracias a los amantes del reciclado y de la protección infantil. El calor del recauchutado apenas es mitigado por unos parasoles. Temperatura, unos 35 grados.
Abandonado por mis compañeros de vacaciones, dispongo de algo de tiempo para leer (El Mundo, 29 de julio) un magnífico trabajo de Esteban Urreitztieta. Les resumo el asunto, si lo he entendido bien: El perejil mata. El hombre, apodado “El Perejil”, conduce una máquina prohibida para este tipo de trabajo, trabaja para una empresa sin licencia que ha sido contratada por unos ganaderos para crear un camino ilegal, provocando el incendio de Burgohondo, el mayor en la historia de España.
Hasta aquí llegan las pavesas, el humo y los contaminantes me digo (algo arde cerca, un poco más allá “La Vall D´Uxio”. En realidad, España es un campo de pavesas. Antes de pandemia, mis hijas y yernos, responsables de mi abundante nieterío, me regalaron unos días en una casa en el pantano de San Juan. Aquella casa que disfrutamos unos días, hoy ha desaparecido. El fallo multiorgánico que sufrimos desde la crisis inmobiliaria, la desidia de la reposición de lo público se oculta bajo un tuit, bajo el chirrido de un tren asesino, bajo un fuego infinito.
Todo fetén. Ya me decía mi abuela que como especia el perejil era poca cosa, una trampa colorida, como 900 toneladas de hierro. “El Perejil” y demás miembros de la organización, pasan a engrosar a nivel “La Paqui” y en compañía de otros, la lista de pícaros oficiales de la nueva España. La máquina tiene marca (Takeuchi) y nombre (Pica Pica), cosa que Urreiztieta señala para no llamarla la máquina de “El Perejil”, cosa que deshumanizaría al poderoso aparato. Según la información. la máquina lleva varios días trabajando en el monte sin que nadie lo advirtiera o quisiera meterse en líos.
Tenemos pues una venalidad en Burgohondo, un coche en Madrid, un poste eléctrico en Almería, un incendio provocado en La Vall d´Uxio, y así sucesivamente. Algo parecido pasará en Huelva. No nos cabe duda de que el cambio climático se produce con crecimientos de temperatura paulatino, que modifica las condiciones ambientales, pero cuidar el combustible, la madera, debiera ser cosa nuestra.
Como era de esperar, mis nietos regresan, necesitan rehidratación, ignoro por qué razón debe ser acompañada de patatas fritas y cacahuetes, pero mejor no pregunto. Me informan de que ven humo, un incendio se ha declarado a pocos kilómetros, recibo un “Es-Alert” con una lista de municipios en los que se inquiere confinamiento; el nuestro no. Qué quieren que les diga, a este paso España va a parecer “Gran Hermano”.
La chavalería decide que es hora de piscina. Abandono el refrescado ambiente para sumergirme en la ola de calor urbana, pertrechado de las armas recomendadas por las probas autoridades: botellita de agua, sombrero, ropa fresca, teléfono dispuesto para las alertas, paso al lado de un refugio climático, todo tan correcto… pero pienso que no será la ola de calor quien nos amenace, sino algún “Perejil” haciendo lo que no debe.
El cambio climático existe, su corrección es necesaria, pero parece un trapo para que ignoremos nuestra penosa gestión de los montes. Al parecer hemos prescindido de unos viejos aviones, unos americanos compraron la aparente chatarra, la renovaron en España y los vendieron a Portugal. Un equipo español creo el Airbus que triunfa en Francia, con un kit de desacelerante fabricado en Sevilla. Nuestros aviones no fueron sustituidos ni el gobierno cumplió sus planes.
Solo 20% de los recursos europeos para prevenir incendios se han ejecutado. Hasta mayo solo el 10% de los fondos estatales para incendios se había contratado. El fondo de contingencia ha quedado reducido a la nada por otros gastos. Aquí se queman más hectáreas que en el resto de Europa, por más de que apaguemos los incendios con más velocidad.
Una España envejecida en sus espacios rurales y vaciados, con escasas excepciones, hace que no prospere la agricultura ni la ganadería ni las actividades que facilitaban la roturación y el cuidado del monte, incluida la fauna salvaje. Aunque los peores cuidados son los montes públicos. Los remedios ecológicos impuestos desde despachos y principismos propios de una furia verde escasamente meditada y una regulación tan europea que hace imposible la gestión, se encuentran entre las causas de nuestro fracaso.
Naturalmente, los que gobiernan como tuitean, tan fieros como maleducados, han encontrado los convenientes enemigos para ocultar sus vergüenzas y responsabilidades. Hay que hacer méritos para ser califa en lugar del califa. Y aumentar el griterío mientras los que pueden hacer hacen, colaboran y resuelven problemas.
La ciudadanía, los alcaldes y las Comunidades Autónomas han hecho cosas, también la UME. Ajenos al tuit, el personal parece haber colaborado, cosa que Marlaska reconoce, en privado, para no molestar al de los tuits, que nunca se sabe. El panorama, cuando todo se apague, será pavoroso, la desaparición del monte será el fin, a corto plazo, de no pocas actividades y zonas ya presionadas por el vaciado poblacional y el envejecimiento. ¿Viviría usted en una carbonera?
Hace falta pasta, amigos y amigas. Pero para qué engañarse: el gasto público, entregado a las pensiones y a una gestión no poco absurda de lo público, no da para mucho más. El fondo de contingencia dedicó 10 mil millones para gastos de defensa, añadimos a no se sabe qué presupuesto 6 mil millones más cuando la cumbre de la OTAN, para hacer sonreír a Trump.
El heredero de esto nos va a tener que freír a impuestos, mientras imploramos pasta a esos derechosos, reaccionarios y burócratas de Bruselas. Yo ya he llegado a mi piscina con mi pequeña tropilla: los miro y me digo: aprovechad muchachos, igual un día viviréis en un desierto.



