Investidura: dos meses para pactar

Buena parte de Europa estará pendiente esta semana de la sesión de investidura que debe decidir el futuro gobierno de España. Aunque las apuestas del establishment de Bruselas se decantan sotto voce por mantener el statu quo, la fragmentación parlamentaria y la irrupción del ‘líder de la coleta que puede condicionar la vida política española’ –the ponytailed leader who jeopardises the Spanish politics– como se refieren a Pablo Iglesias, preocupa sobremanera en el núcleo duro del gobierno de la Unión.

No es para menos, injerencias aparte, si el socialista Pedro Sánchez es rechazado -salvo sorpresa- como candidato a la Presidencia del Gobierno en primera y segunda votación, al pactar un “acuerdo reformista y de progreso” entre PSOE y Ciudadanos tal como su partido y la mayoría de sus votantes le demandaron. La previsión es que solo pueda sumar apenas un tercio de los votos del Congreso (130) frente al rechazo mayoritario de la Cámara.

Se abrirá así un nuevo proceso de reflexión a partir del 5 de marzo en el que durante los dos próximos meses todos líderes políticos sopesaran si atemperan la intransigencia y sus soflamas para evitar una nueva convocatoria electoral el 26 de junio, en plena canícula estival. La llamada a las urnas, que los ciudadanos refutan al considerar cumplido su deber frente a la incapacidad de los partidos de llegar a acuerdos, repetiría un mapa político similar aunque con el castigo a Podemos y PP, la subida de Ciudadanos y en menor medida del PSOE.

Aunque el actual puzle hace poco probable la consecución de una gran coalición de centro derecha con el concurso socialista, la aritmética y la suma de escaños tampoco propician –por ahora- el acuerdo parlamentario por la izquierda tras el distanciamiento de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pese a la posibilidad de sumar 163 escaños. En política, como hemos recordado más de una vez, nada es imposible de arreglar, lo que no es posible se hace normal y además se justifica.

Bloquear la legislatura

Frente al riesgo de otro Parlamento fragmentado, Albert Rivera ha exigido al presidente del Gobierno en funciones -al que considera amortizado- que permita la investidura de Sánchez y no le diga ‘no’ a España. El líder de C’s acusa a Mariano Rajoy de «bloquear la legislatura» como hacen Pablo Iglesias y los independentistas. A su vez, el líder de Podemos, acusa al candidato socialista de haberle engañado con un acuerdo incompatible ideológicamente e imposible de apoyar por parte de la izquierda.

Es cierto que el líder del PSOE llegó a asegurar hasta en tres ocasiones en los dos últimos meses que los ciudadanos “no entenderían” la falta de acuerdo con Podemos, la coalición que agrupa también a las Mareas, En Común y Compromis.

Lo que ha ocurrido para que el candidato socialista a la Moncloa haya cambiado -de momento- de rumbo y de caballo, al abrazar el centrismo liberal de la cuarta fuerza política del país, es de sobra conocido: la impulsiva intransigencia de la formación morada que llegó a exigir ‘alcanzar el cielo’ tras colocar el carro delante de los bueyes, esto es, imponiendo ‘su’ propio gobierno antes de sentarse a dialogar un acuerdo programático y su eventual entrada en el ejecutivo de la nación (con una vicepresidencia, la figura de portavoz y seis carteras estratégicas junto a un programa económico y fiscal de incierto cumplimiento).

Rajoy se frota las manos

Ante el previsible fracaso del candidato Pedro Sánchez el todavía inquilino de la Moncloa parece haber subido su tono y hasta de moral, como quien se ufana del mal ajeno, pese a las nulas posibilidades de aspirar a colocarse como candidato alternativo, tras su descarte inicial de don Tancredo y el desplante al propio Rey. Ello, además del pozo de corrupción que afecta en estos momentos a su propio partido con algunos de los protagonistas negando la mayor parapetados en el aforamiento que permiten las instituciones.

Ni el filibusterismo de Rajoy, ni la división política del Congreso deberían marchitar el principio de acuerdo programático alcanzado para combatir el paro, la corrupción, acabar con la precariedad, apuntalar la economía, mejorar la situación de la justicia, regenerar la vida política o reformar la Constitución.

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