Las elecciones y el aullido del erizo

La violencia en nuestras calles no busca un mayo del 68, busca evitarlo. Las elecciones no van solo de alternancia y liberarnos o no de Sánchez, van de definir la potencia del cambio cultural que, desde hace dos años, proyectan la encuestas. Las movilizaciones más recientes son una simple defensa del statu quo, no su alteración.

Schopenhauer nos convirtió en erizos en el siglo XIX (Parerga y paralipómena, Parábola 396, 1852). En una habitación llena de erizos, apretados para darse calor protector, cuando los primeros erizos tratan de darse la vuelta, protegerse de otro modo, provocan el aullido dolorido de los demás. Esto es, sin duda lo que, con el oportuno disfraz ideológico de contenido difuso (el antifascismo) expresan las movilizaciones de estos días: el dolor de perder el futuro del relato social.

Interpretadas así, las movilizaciones se entienden mejor. Por ejemplo, mientras se ocupaba la Puerta del Sol, unos centenares, Shakira cantaba para miles, El Bernabéu se llenaba o Ayuso competía en Colón, para celebrar la Hispanidad. Quiero decir que huyamos de interpretaciones dramáticas, de respuestas agresivas. Mantengamos, serenos, nuestra vida. Esto no es una revolución, son conservadores agresivos de la izquierda existente.

El cambio cultural potencialmente anunciado se ha construido sobre la derrota de las prescripciones de la izquierda (wokismo), su complicidad evidente en el deterioro vital y la crisis de la clase media. El cambio cultural no lo están expresando los que se movilizan -por muy justas que sean algunas consignas que se esconden tras el griterío- sino los que no tienen tiempo para la ira y que hace tiempo rompieron con la dialéctica de la socialdemocracia y las izquierdas.

Un desplazamiento de la población joven al radicalismo de derechas y la ruptura del bloque “boomer” con desplazamientos hacia el PP y las derechas (un efecto que durará demográficamente hasta 2050) es lo que sostiene aparentemente ese cambio cultural.

Sin duda, los impulsores de las movilizaciones tienen un interés a corto plazo: generar miedo, anunciar caos y facilitar el ascenso electoral de una derecha radical que justifique la presencia del socialismo realmente existente, merecedor de una corriente de voto útil que cierre definitivamente los departamentos de izquierda de verdad verdadera. Al fin y al cabo, Pedro ya es toda la extrema izquierda. Eso es lo que intentaron Susana Díaz y Pablo Iglesias, reinventores, con notable éxito como se recordará, del “no pasarán”.

En mi opinión, el cronista no es un profeta, el resultado de la tensión callejera no impedirá el retroceso cultural de la izquierda política, solo mantendrá un alto grado de enervamiento social hasta mayo (elecciones autonómicas y municipales). Por cierto, con la salvedad de Barcelona y las calles de Madrid, “en las que no habrá paz”, según la portavoz de “La balsa de La Medusa”, construida sobre los restos del podemismo naufragado, esa tensión se percibe en tono bastante menor en el resto de España.

Salvar a Sánchez le ha costado a la izquierda un notable cambio de estrategias y relatos que han supuesto rupturas lacerantes en la izquierda. Una generación se ha quedado sin las respuestas que ofrecía la vieja socialdemocracia.

Hace años se viene diciendo aquí que el abandono del igualitarismo, el pensamiento ilustrado y la escalera social en la que se basaba el pacto con las clases medias, estaba subarrendando las ideas de cambio a grupos de presión basados en nichos de particularismos y poderes identitarios locales.

La nueva política transformó los movimientos políticos de masas, convirtiendo a las afiliaciones en guerreros “woke”, transformados inmediatamente en grupos de presión, con cuota de subvención, y prescriptores de una justicia social dogmática que ha agotado a la mayoría social.

Púlpitos oficiales, linchamientos digitales, prescripción cultural, infiernos de fascismos y fachosferas, mundos de imaginados privilegios es el campo de identidad de una nueva izquierda, abandonada en los márgenes de la credibilidad política. Eso parece ya insuficiente para frenar el cambio social.

No pueden ignorarse las condiciones materiales sobre las que opera el enfado social: crisis de vivienda, carestía de la vida, congelación del salario real, asistencialismo más que progreso de bienestar, etcétera. La cuestión es que la izquierda es notorio cómplice de esa situación y de diversas manipulaciones. Que los que sufren esas circunstancias han roto con la cultura política convencional. No insistiremos en el valor de ruptura ética que tienen las venalidades y corrupciones que han sido, junto a la radicalidad woke, los elementos éticos más radicalmente influyentes en la nueva situación.

En ese contexto aparece la movilización como defensora del statu quo del socialismo realmente existente y sus compañeros de viaje. Sus objetivos ya no son la vivienda, la carestía ni las dificultades de la educación o la sanidad, de eso no se habla en las movilizaciones: solo de quemar palacios.

El objetivo es defender las posiciones en nombre de un antifascismo vacío de contenido, al que solo se le dota de funcionalidad política a corto plazo. El miedo, la sensación de caos, la amenaza de lo que vendrá si la gente vota un cambio cultural es el terreno donde medran los “listos” de La Moncloa.

Pasar del escrache, copiado por las derechas radicales, y las políticas de cancelación a la violencia urbana es un salto cualitativo, en términos sociales y políticos, que administran, por cierto, los delegados del gobierno: golpe aquí o golpe allá, aquí sí, aquí no, marcando la intensidad de la violencia según interés del relato.

Tenemos aullido de erizos para un rato. Es una trampa, créanme.

 

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