Pues es así: @KettyGarat me ha dado el fin de semana. Acababa yo de hacer Koljos (Carrére, 2026) y ahí está, mirándome (Garat, K. Todos los hombres de Sánchez. Deusto. 2026). Totalmente adictivo: es como las viejas novelas negras que gustan al cronista, ni “rural noir”, ni “cozy crime”, ni todos los nuevos noir (domestic or not) del nuevo marketing para vender autoedición. Un libro de aquellos de los que sabías que en cada página aparecerá un delito nuevo, un delincuente nuevo.
La ventaja de los libros escritos por periodistas es que se pueden empezar por cualquier parte. Yo lo hice por la cosa de los periodistas. El “salseo corporativo” es muy agradecido. Ver a Mejido o Palomera blanqueando a Ábalos, a los gritones contratados o interesados silentes castigar a un colega que cuenta lo que sabe, resulta terrible.
Teníamos razón: no solo había nacido, en aquel “Momento Cacho” (director de El País que no gustaba a Sánchez), el periodismo de trinchera, también nació el periodismo de corte y subvención. Y, más tarde, el de argumentario, globo sonda y contratación de “nepobabys”.
Gritones y silentes construyendo un círculo de tiza para aislar a la denunciada tiene sus bemoles. La defensa de sus fuentes por Ketty Garat acabó arrojándonos a la infame era de los manifiestos contra el golpismo mediático, convirtiendo la lengua en un órgano que les estorba, periodismo gutural.
Pero una vez que acabas con la cosa del periodismo realmente existente, ya no puedes parar: que si hidrocarburos, que si deuda guineana, que si bancos y miles de etcéteras. Para volver, luego, a los momentos fundacionales del sanchismo: el Peugeot que era Mercedes o las urnas de cuartucho. Las mascarillas, una tontería.
Comisionistas y lobistas, la “banda de los tres” (Leire), el despacho de la abogada de Koldo tratando de chantajear a Pano, los de las gasolinas, lo de los ministros y presidentes autonómicos en los mensajes, los cargos de Hacienda, los que cobraban el 20%, los alquileres venales de la sospechosa habitual, los chinos contactados por el mismo que quiso privatizar las torres de control, que tenía un trabajo para Ábalos si era bueno y, por supuesto, el perejil de todas las salsas chinas y venezolanas.
Todos compitiendo por el mismo mercado: la contratación pública. Y una sensación: los sumarios que aún no conocemos van a estar llenos de porquería y hay la creciente sospecha, a medida que uno pasa las páginas del libro, de que las cosas de Aldama están en otras fiscalías y otras salas.
“La mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como algo peligroso” (Galbraith, R. 2013). Ellos no sabían. Lo escribió bien Borrajo: “que conste que no sabía, si es que tengo astigmatismo o tengo miopía”. Nos han mentido, inundado de relatos, por una simple razón: lo que oculta la verdad es mucho más grave.
Los datos los iremos sabiendo, Ketty los sabe casi todos, en algún caso hasta ella se “cayó del guindo”. Otros están por venir. La justicia pondrá las cosas en su sitio, ya si acaso las blanqueará Évole o alguien de la Televisión Pública. Pero hay cosas que ya tienen poco remedio y requieren alguna reflexión.
¡Socorro, Ayuso privatiza lo público! ¡Ella hubiera sido francesa! (gritaron las del pueblo el “2 de Mayo”, mientras yo leía cómo se iba esquilmando la obra pública y convirtiendo las decisiones administrativas en servilletas de restaurante y la empresa pública en mancebía y ellas no se enteraban de la misa.
Por cierto, y sin ánimo de distraer, los afrancesados eran los progres de la época, imbéciles señoras, que se cayeron del guindo cuando mi paisano, el más afrancesado de todos, pintó los fusilamientos de madrileños por los soldados de Murat. Qué mala cosa es no saber historia.
Los datos se sabrán, los culpables, si los hay, penarán. Pero eso no es, ni siquiera, lo más grave. La mentira oculta que no hay nada peor para la izquierda que convertir lo público, lo que es de naturaleza común, en fuente de extracción de renta para unos pocos. El choriceo monopolista del Estado, como expresión de un comportamiento supuestamente progresista, es una felonía que atenta directamente al compromiso político, a la participación de la gente, a las convicciones democráticas.
El argumento de que las corruptelas se van amortizando por el relato, a medida que pasa el tiempo, es por esta razón débil. Primero, el techo electoral que vive el PSOE tiene que ver con la acumulación de venalidades, con la pérdida global de confianza. También, hace nacer la idea de “no votar, para no votar a la derecha”. Creen que la guerra y Trump, en forma de voto útil que hace desaparecer a la izquierda radicalpopulista, está salvando la deteriorada opinión sobre el gobierno de una abrupta desaparición en los sondeos. No habrá confianza para los malvados, pase lo que pase.
Las múltiples venalidades conocidas percuten dramáticamente sobre un elemento transcendente para la vida social: el deterioro de la reposición del capital público. Adif redujo las inversiones en reposición, mientras se producían contrataciones irregulares, las carreteras estallan a velocidades similares, redes eléctricas, y un largo etcétera, caen. España ha dejado de funcionar, la desidia sobre las políticas públicas que no sean el asistencialismo y el clientelismo, son percibidas por las clases medias como un vínculo a la gestión más venal. Mal negocio democrático irritar a las clases medias. Eso es lo que esconden las trapacerías de todos los hombres de Sánchez.
Si algo muestra el libro de Ketty Garat es lo más simple: era imposible no saber lo que pasaba. Los desconocidos, los señores de los que no se sabe su vida íntima, los choriceos varios, las chistorras y todas esas pequeñas cosas son imposibles de ignorar. El Estado no puede estar tan indefenso ante el saqueo planificado de la gestión de lo público. Y, de hecho, no lo está: solo una amplia complicidad, articulada en el entorno, siendo generosos, de la responsabilidad “in vigilando” lo hace posible.
Éstos son los casos de Pedro. La mentira tiene sentido: la verdad es más peligrosa.



