Nuestra clase política

Acabo de leer en el Periódico.com un titular a propósito del detrimento en el que ha entrado el distrito barcelonés de Ciutat Vella (Casco antiguo de Barcelona), en el que su concejala responsable, Gala Pin, dice textualmente: “En estos tres años hemos aprendido que la policía es imprescindible para Barcelona”.

Inmediatamente una serie de conclusiones han brotado en mi mente. La peor es que ése es el cáncer de nuestra España: una clase política que viene a aprender, y eso, por muy democrático que sea, no deja de ser un error que de mantenerse nos destruirá.

La pregunta es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Y la respuesta es fácil, nos han traído los partidos políticos y sus primarias. La gente joven, más inexperta, viene cargada de nuevas ideas que encantan a sus bases cada vez menos formadas, muy cargadas de ideología, pero ineptas académicamente e inmaduras en lo humano, de ahí que se hayan tenido que inventar licenciaturas, grados, másteres y doctorados ad hoc. ¿Cómo si no iban a justificar el tiempo que llevan encantando a las masas? ¿Que se han metido en los cuarenta sin pena ni gloria?

De todos es sabido, y si no se lo digo yo ahora a fuer de sincero, que ningún alumno brillante de nuestros institutos y universidades quiere entrar en política. Quieren ser médicos, arquitectos, abogados, ingenieros, militares, químicos, biólogos o cualquier otra cosa. Los menos conspicuos, pero no por ello menos responsables, más tarde que temprano empiezan a trabajar, a pesar de la mala situación del empleo juvenil, o hacen oposiciones a las escalas de técnicos de la administración.

¿Quién llega entonces a los partidos políticos? Pues aquellos que ni quieren trabajar ni estudiar ni dar palo al agua, pero sí les gusta vivir bien; subvencionados de la vida.

Primero son sus padres los que corren con sus gastos, mientras pasean libros por los foros estudiantiles, ocupación fácil que les deja un tiempo precioso para las manifestaciones por las causas perdidas, demagogias baratas que predicar en las aulas embaucando a otros “ninis” tan gandules como ellos, pero menos pillos, a los que prometen aprobados después de la siguiente huelga o el retraso de los exámenes y cuyo futuro es el paro o puestos de trabajo muy por debajo de su titulación, que no formación.

Después, cuando ya tienen una clientela asegurada y una fama bien ganada en las cafeterías y botellones, son fichados por los partidos políticos, no en vano traen una buena cartera de clientes.

Más tarde, cuando ya son mayorcitos, siguen manipulando al mismo nicho de ciudadanos, aunque ya más maduros las promesas son otras: sueldos mínimos sin trabajar, seguridad social gratis, educación, pensiones vitalicias que pagarán los ricos y sus empresas sin que ellos tengan que contribuir a nada y otra serie de milongas que pueden ver en cualquier web de cualquier partido.

Así es como hemos llegado hasta aquí: un presidente de gobierno sin trabajo reconocido y dudosa formación, aupado por líderes de su mismo corte educativo salidos de universidades afines (todos los partidos políticos tienen una o varias) y así podría citar a la mayoría de presidentes y presidentas de las comunidades autónomas: véase Susana Díaz en Andalucía (PSOE), Fernando López Miras en Murcia (PP), el mismísimo Miguel Ángel Revilla en Cantabria, o Ximo Puig en Valencia (PSOE). Todos, salvo honrosas excepciones, iguales.

Miren Cataluña cuyo presidente, sacado de las barricadas secesionistas, es incapaz de gestionar un punto de venta de gotas de agua, pero capaz de hundir aún más a Cataluña en su imparable debacle política, económica y social vendiendo el humo nacionalista que ya no le compra nadie.

Si nos fijamos en la oposición tampoco mejoramos nada, Pablo Casado, Pablo Iglesias y sus respectivas cortes tienen el mismo perfil engordado por sus universidades, Albert Rivera e Inés Arrimadas por las entidades económicas que los auparon, y si nos vamos a los alcaldes de las grandes ciudades, ídem de ídem. Excluiré por respeto a Manuela Carmena que es la única que ha llegado a la política después de una dilatada vida profesional. Esta es la triste realidad española, queridos lectores y lectoras: nuestros máximos dirigentes, los gestores de lo común, vienen a aprender.

 

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