Hablamos de legitimidad. O mejor, de su ausencia. Digámoslo todo: desde que Pedro Sánchez decidió autorreferenciarse como autócrata, se le ha dado una higa la necesidad de que sus acciones estén legitimadas. Cosa que, en términos democráticos, no es menor y constituye, sin duda, uno de los flancos más débiles del personaje.
A medida que vamos acumulando datos, grabaciones y confesiones del entorno más próximo, personas de las que usted me habla o de aquellos cuya vida íntima no se conoce vamos sospechando algunos vicios de origen. Hay dos momentos fundacionales en la vida de un presidente de Gobierno: su elección como líder del partido y la legitimidad de investidura.
Digámoslo claro: a confesión de parte, no es necesaria la prueba. El aparente secretario de actas de la ‘banda del Peugeot’, Koldo, se tiene grabado solicitando a su expareja que introduzca en las urnas “lo de los 4 rumanos”.
Es decir, falsearon votos, censos y primarias. También, se ha dicho que hubo “pitufeo” (disfrazar donaciones de pequeñas aportaciones, la propia Comisión Gestora alertó del asunto) y cabe suponer que a los “rumanos” que se introducen irregularmente en el censo se les pagaría. Suelen ocurrir estas cosas con la gente que se usa, dada su condición precaria. No sería la primera vez.
No me importa si fueron cuatro votos o cuarenta. El caso es que, si uno acepta que se falsee un proceso electoral, por muy interno que sea, queda deslegitimado como líder. Que el partido guarde silencio refleja bien en qué se ha convertido el Partido Socialista. Y, más allá, nos hace preguntarnos sobre las razones del silencio.
Quizá, especialmente si ustedes son “boomers” y no temen las palabras antiguas, hayan leído el Lazarillo de Tormes. Cuando el ciego empieza a comer los trozos de queso de dos en dos, Lázaro pasa a comerlos de tres en tres. Al poco, el ciego le abofetea. ¿Cómo lo has sabido?, pregunta el muchacho. Respuesta del avispado ciego: porque yo como de dos en dos y no te has quejado.
O sea, esa ausencia de legitimidad, la complicidad de la ‘banda del Peugeot’ en el pecado original, lo convierte no solo en un juego de pícaros. Explica que hay gente comiéndose el queso de tres en tres rebanadas, tipo Ábalos.
Esta falta de legitimidad partidaria puede pensarse como asunto interno, pero hemos aprendido, no sin algunos sufrimientos, que la calidad democrática requiere que se respeten las reglas democráticas internas de los partidos. De hecho, los jueces empezaron hace tiempo a dictaminar sobre la vida interna de los partidos. Por ejemplo, Leguina sigue siendo militante socialista porque un juez anuló su expulsión. Si algún militante, no necesariamente afectado, demandara al PSOE, probablemente las elecciones internas serían anuladas.
Esta legitimidad de origen contamina la elección presidencial. Pero, además, aquí existe otro problema: la pervivencia de la legitimidad de la investidura. El sistema constitucional español ha querido que se elijan parlamentos y no presidentes. Es cierto que esta decisión, en la que el partido más votado puede no gobernar, pensada para un marco de bipartidismo imperfecto, conduce hoy al bloqueo institucional. Pero lo que es, es.
En consecuencia, se puede definir una legitimidad de investidura mientras duren los acuerdos que la hicieron posible. El Gobierno y, por lo tanto, Pedro Sánchez la perdió la mañana que Junts anunció, precisamente, el final de la legislatura. La imposibilidad de mantener acuerdos de Gobierno nos ha conducido a una segunda ronda de clientelismo político que va de la financiación singular a la excarcelación de presos, de una extensión del derecho de ciudadanía nada reflexionada a legislaciones impropias sobre desahucios.
Existen algunas ausencias de legitimidad que nacen de vicios políticos inconfesados. Por ejemplo, sabemos que las políticas sobre el Sahara nacen a partir de un espionaje marroquí no declarado y varias visitas secretas. Que las relaciones con Hispanoamérica y, singularmente, Venezuela o República Dominicana, tiene que ver con la acción de lobistas tan relevantes como influyentes.
En suma, cuando Koldo le dice a su expareja “mete lo de los 4 rumanos”, está iniciando un proceso de impunidad política que hemos pagado sobradamente. El bloqueo del sistema político impide que la democracia corrija el asunto. Esto no va del círculo que se cierra poéticamente de una sauna a un portero de discoteca. Va de legitimidad, perdida hace tiempo.



