Y en el rincón izquierdo, Sánchez

Sánchez parece dispuesto a forzar, si lo necesita, una escisión del PSOE. Imbuido del espíritu radical de Largo Caballero, llamado el “Lenin español”, hemos podido comprobar estos días que ni Rufián, ni Sumar 2.0, ni Podemos: el verdadero líder de la extrema izquierda española es Sánchez, quien, desconfiando de la capacidad de sus aliados, se ha lanzado a la caza del voto “a la izquierda del PSOE”, aunque ello signifique alejar, todavía más, al PSOE de su tronco socialdemócrata de centro izquierda constitucionalista al que consideran algo obsoleto sus expertos en marketing político y en redes sociales.

El presidente del Gobierno, que está abriendo las puertas a las tecnológicas chinas a pesar de las advertencias sobre seguridad de sus aliados europeos, se permite criticar a los “tecnooligarcas” y lanzar una cruzada fugaz para que “saquen sus sucias manos de los móviles de nuestros menores”. El mismo presidente bajo cuyo mandato las grandes empresas han alcanzado récords históricos de beneficio y valor bursátil, mientras el país sufre un proceso inédito de fragmentación social en el que se contrae la clase media (informe Cáritas) y los salarios apenas han recuperado poder adquisitivo, se permitió, en un acto oficial, criticar a esos “oligarcas” que “inflados de avaricia” se niegan a mejorar los salarios de sus trabajadores mientras ellos “se pegan la vida padre”.

Y ahora, ocho años después de acceder al Gobierno y con una España con un 26% de ciudadanos en riesgo de pobreza (INE) y un 12% de ocupados en situación de pobreza laboral, el presidente se cae del guindo y anuncia un estudio “pionero” sobre las dinámicas de la desigualdad. Suponemos que con la intención de esperar a conocer las causas antes de ponerse manos a la obra con las políticas ya contrastadas por los gobiernos socialdemócratas. Igual acaba por descubrir que, como dicen decenas de estudios ya, las políticas populistas seguidas por sus gobiernos no reducen la desigualdad social, aunque permitan ganar “el relato” político.

Sánchez cruza el Rubicón de la podemización del PSOE cuando el 12 de noviembre de 2019 firma, con su abrazo con Iglesias, las condiciones para un Gobierno de coalición después de haber asegurado, durante la campaña electoral, que no podría dormir por las noches con ministros de Podemos en el Gobierno. En ese momento, el grueso de los votantes de izquierda, un 31,2% según el cuadro de autoubicación ideológica del Barómetro del CIS de septiembre-octubre 2019, se situaban entre el 3 y el 4 de la escala donde 1 es la extrema izquierda y 10 la extrema derecha. Mayor porcentaje que el 26,9 de febrero de 2008, poco antes de la segunda victoria electoral de Zapatero y que el 25,7 de octubre de 2015, antes de las primeras elecciones de Sánchez que coincidieron con el punto álgido de Podemos que alcanzó 69 escaños, pero después del tremendo costurón que la crisis de 2008 y su mala gestión por el Gobierno socialista, dejara en el partido con movimientos de protesta como los del 15-M y que se tradujo en que en las elecciones de 2011, el PSOE, con Rubalcaba como candidato, perdió cinco millones de votos.

Aunque en ese momento (2019) ya se reflejaba el crecimiento de la extrema izquierda (1+2), que pasó del 7,5 en 2008 al 12,4, todavía el grueso de los autoubicados en la izquierda estaba en 3+4 de la escala. De hecho, con un 31,2, alcanzan el máximo de la serie, tal vez como consecuencia del Gobierno socialista tras la moción de censura a un PP lastrado por casos de corrupción. De hecho, es el momento en que las derechas 5+6 están en el punto menor de la serie con 27,8.

No parece, pues, que fuera una radicalización de sus votantes lo que moviera a Sánchez en 2019 hacia Podemos. Lo mismo ocurrió tras el 23-J, con su giro desde considerar la amnistía a los condenados por el procés catalán como anticonstitucional, hasta aprobarla por la única razón de que necesitaba sus siete votos para conseguir la investidura. A partir de ahí, la podemización del PSOE se agudiza con el nuevo Gobierno de coalición con Sumar y las sucesivas imposiciones y chantajes de las minorías independentistas catalanas y vascas, cada vez más alejadas de un proyecto de Estado reconocible para un socialdemócrata. Ya en el discurso de investidura, el candidato Sánchez se erige como un “muro” frente a la derecha reaccionaria y retrógrada, trayendo ecos caducos de las “dos Españas” superadas por la transición y la Constitución.

A partir, pues, del abrazo de la podemización del PSOE y del posterior salto de la amnistía, realizados por Sánchez por la única razón de sus necesidades para conseguir mayorías parlamentarias que le dieran la Presidencia del Gobierno, se observa cómo esta radicalización del discurso socialista provoca un claro corrimiento de los ciudadanos de izquierda hacia la extrema izquierda y un vaciamiento del centro-izquierda, tradicional vivero electoral socialista. El PSOE de Sánchez se ha escorado a la extrema izquierda en estos últimos años para ir consiguiendo mayorías parlamentarias, haciéndose irreconocible por la socialdemocracia tradicional, perdiendo electores que se van a la abstención de forma mayoritaria y radicalizando a los que todavía le son fieles. Todo ello, en un contexto en el que el grueso de ciudadanos ha girado hacia la derecha: no solo la extrema derecha está en máximos históricos, sino que el número de los que se autoubican entre el 5 y el 6 de la escala (32,4) es también el mayor que hemos tenido.

Este proceso de polarización está consiguiendo tres efectos simultáneos: dejar un amplio vacío político en el centro; alejar al PSOE y al PP de donde está hoy la media de los españoles, que sigue anclada en el entorno del 4,7 y que el PSOE haya ido ocupando el espacio electoral que, hasta ahora, quedaba a la “izquierda del PSOE”. El profesor Juan Jesús González lo refleja con sus cálculos publicados en el digital socialdemócrata La Discrepancia, donde se ve cómo los electores sitúan hoy al PSOE en el 3 de la escala (donde estaba Podemos cuando surgió) y al PP en el 6,6, ambos en el punto más alejado del centro desde que hay democracia en España.

Sánchez activó la operación Sumar para las elecciones de 2023 por la necesidad de que una candidatura amiga recogiera el creciente voto de extrema izquierda que, se pensaba, nunca acudiría al PSOE y cuyos votos se perderían a la hora de traducirlos a escaños. Ahora, de cara a las elecciones de 2027, a pesar de fomentar espectáculos como el de Rufián y el de la refundación de un Sumar 2.0, ambos sin más proyecto, ni propuestas que un genérico “antifascismo” que recupera el lenguaje de los años 30 del siglo pasado, creo que Sánchez ha decidido que tiene que ser él, directamente, quien movilice y capitalice ese voto “a la izquierda del PSOE” pues, a la vista de las pésimas perspectivas que les dan las encuestas, no acaba de confiar en la capacidad de sus actuales aliados para hacerlo.

Eso explica que veamos una cuidada imagen electoral, para tuit y redes, que incluye, con el mismo estilo publicitario que Trump: “Sánchez contra Trump” (aunque nos estemos quedando aislados en la UE); “Sánchez contra los tecnooligarcas” (aunque las empresas tecnológicas chinas campen por los ministerios y empresas públicas españolas); “Sánchez contra los señorones del Ibex 35” (aunque, bajo su gobierno, estén ganando más dinero que nunca); “Sánchez con las clases medias y trabajadoras” (aunque no hayan recuperado poder adquisitivo, los servicios públicos se hayan deteriorado y les sea imposible acceder a una vivienda); y “Sánchez el antifa” (aunque bajo su mandato la extrema derecha haya crecido hasta máximos históricos).

Escenificando un marco mental ideado por los expertos en marketing electoral en el que la política es un ring de boxeo donde solo puede ganar uno de los dos contendientes condenados a golpearse como en el cuadro de Goya, en un rincón se nos presenta a la derecha reaccionaria y, en rincón opuesto, un púgil que es el único que puede derrotar al “fascio durmiente”: Pedro Sánchez. Para quienes somos demócratas antes que socialistas, resulta dañino para nuestra inteligencia política ver cómo detrás de todo el montaje que suele rodear al presidente del Gobierno, no hay nada más básico, binario, erróneo y peligroso que lo expuesto.

Esta desesperada huida electoral de Sánchez hacia la extrema izquierda, sin que le preocupe la flagrante contradicción entre sus eslóganes de relato y los datos de lo hecho en estos años de Gobierno, ya le está costando al PSOE votos en las autonómicas, pero que él confía en recuperar de cara a las generales (De derrota, en derrota, hasta la victoria final). Ello está generando ya un creciente malestar en el PSOE que, de momento, a pesar del miedo existente en la organización a expresar opiniones contrarias a las del líder, ha quedado recogido en las declaraciones del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, con las que nos hemos sentido identificados muchos militantes: “No puede ser que termine hundiéndose a toda la infantería para que se salve el cuartel general”.

El nuevo giro hacia la extrema izquierda que está dando Sánchez con vistas, exclusivamente, a sus elecciones generales, provoca un aparente cierre de filas entusiasta entre sus fans, pero genera sorpresa e indignación entre sus votantes que se quedan en casa en número creciente y, también, entre muchos militantes y cuadros del PSOE que abandonan el partido en número creciente porque no solo no se reconocen en el nuevo discurso, sino que ven cómo estamos perdiendo poder territorial y presencia institucional en España y cómo asciende el voto de la derecha radical, porque es una estrategia unipersonal, equivocada y que no funciona. Con ese discurso, acompañado de una gestión populista desde el Gobierno que no aborda ninguno de los problemas reales de los ciudadanos, en un número creciente de localidades, incluyendo capitales de provincia, el voto de Vox ya supera al del PSOE: ¡todo un exitazo para el líder!

El actual PSOE podemita corre el riesgo de ir desapareciendo o de acabar forzando una escisión si Sánchez se empeña en aferrarse al cargo contra viento y marea. Para evitarlo, es imprescindible y urgente un cambio de discurso y de gestión política, una defensa de la democracia y de los valores clásicos del socialismo que será beneficioso, también, para los españoles. Resulta, cuando menos curioso, que aquellos que dicen que, a estas alturas del siglo XXI, la socialdemocracia es algo del pasado, ofrezcan como alternativa un regreso vacío al populismo peronista y a una extrema izquierda de antes de la caída del Muro de Berlín, más obsesionada con los comportamientos humanos que con las estructuras sociales y económicas.

Empezar a articular ese PSOE, con propuestas, mensajes y equipos de jóvenes que miren más a la herencia socialdemócrata que al populismo de extrema izquierda, es el propósito que nos mueve a quienes estamos impulsando el Manifiesto Socialdemocracia 21. Más preocupados por recuperar al PSOE para el espacio socialdemócrata, aspirando a formar, otra vez, un proyecto fiable y mayoritario, que en alimentar nuestras críticas en cenáculos estériles. Veremos.

 

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