De Óscar Puente sabemos dos cosas con certeza. La primera que ha decretado que es bello. Por si acaso, aquí siempre se ha ponderado su prístina belleza, con el objeto de evitar que sea procesado por malversación de caudales públicos. Fue él quien dijo en lo de Alsina que tenía funcionarios vigilando las redes investigando las críticas a su apolíneo personaje. A ver si, por investigar este blog, la liamos. Lo segundo que nos ha quedado claro es que no es un soldador: él se lo reconoció a las víctimas de Adamuz para rechazar su dimisión; 46 personas fallecidas no eran suficiente, él no fue quien soldó las vías.
Todo lo demás que pueda decirse de él es, probablemente, mentira. Es el mejor portavoz de las “fake news” fetén; él mismo parece una “fake news”. Podríamos discutir sobre su nivel de inteligencia, pero eso es subjetivo, naturalmente, o quizá analizar si su comportamiento se parece bastante al de un matón intelectual. No obstante, debemos rechazar tan dura idea: el matonismo intelectual suele acompañarse de algún rasgo de elegancia como la oratoria o algo de ingenio, dos herramientas que, al parecer, el ministro de los trenes no usa.
Si he de serles sincero, es el ministro que menos me ha interesado de la corte sanchista (por cierto, como alguien me recordaba hoy, de la corte de hace ocho años solo queda el ministro del Interior y la responsable del CNI). Ni sigo sus tuits ni, menos, sus opiniones políticas. Hice una excepción cuando los fallecidos, pero no por él, que ejerció de abogado del chiste. “¿Cuándo miente, cada vez que habla”? Lo seguí por la gente de Adamuz.
El señor Puente, empero, ha asumido la responsabilidad de ponerse al frente de la comitiva que presidirá la larga marcha socialista por el desierto político, tras el desastre que parece venirse. Entre él y Bolaños, en desaparición de Montero, él, faltaría más, se considera el adecuado sucesor, ya que habla de “ganador a ganador”. Cosa que al cronista se le daría una higa si no fuere por la infamia argumental que nos ha aportado: según él, sufrimos un ataque de la judicatura contra la izquierda y el progresismo.
Oído el mensaje, los de Ruiz y Cintora, de a un fascal la hora, se pusieron al asunto: Ruiz dio rienda suelta a la gritona que afirmó tener pruebas de “un golpe de estado blando” (nadie la ha cesado en un ente público) y, en el caso de Cintora, a un señor con acento argentino que se ha hecho experto en cuadras de caballos del juez Peinado. Así es la información pública: argumentado a la misma altura intelectual que el señor Puente.
Pedro Sánchez se ha sentido en la obligación, él que tanto apoya a la justicia, de elaborar más el asunto. Naturalmente, había que mejorar a Puente. Según declamó Sánchez ante las juventudes de su partido: a la corrupción hay que llamarla “tropiezo” y los que pedimos higienizar la situación con elecciones somos unos “marrulleros”. Luego ya nos dijo que, si eso, él se quedaba hasta el 2027 y más allá.
Ya he decidido no quejarme por el pudrimiento ético que nos inunda, los responsables son los que son, la resistencia sanchista ya carece de toda épica y es, simplemente, tolerancia con el choriceo. Las líneas rojas son como las paralelas: se extienden hacia un infinito inmensurable (a que Rufián no pide dimisión, si un día procesan corporativamente al PSOE). No; no pasa nada, viven en otro mundo, así que nosotros vivamos el nuestro. Hagámonos un “bélgica”, pasemos de esa pandilla de tolerantes de la corrupción, financiadores de tramas y cómplices, vivamos a nuestro aire. Pasemos del lamento al libertarismo, vivir sin gobierno. Total, para lo que sirve.
Lo que debiera preocuparnos es que la infamia puesta en marcha por Puente es terriblemente peligrosa. Juega con un material absolutamente sensible como es la democracia. Anunciar persecuciones ilegales es una forma de justificar el incumplimiento de las reglas. No se les escape que ésta era la pretensión de Puente: lanzar una pesada amenaza a nuestra división de poderes; amedrentar, una vez más, a los jueces y justificar lo injustificable.
Ustedes y yo sabemos que la simple idea de la conspiración es pura teatralización de la estúpida paranoia que suele rodear a los narcisos y sus sicopáticos rasgos. La cuestión que debe preocuparnos no es que ellos nos mientan o que lo sepamos. Lo peligroso es que la gente crea que la democracia española, su marco institucional, puede ser violentada por unos pocos -que además están en el gobierno- porque, entonces, todos estaríamos legitimados para hacerlo y volveríamos a la jungla antidemocrática.
Hoy, los examinandos de la PAU en Madrid han debido responder a un análisis de texto de un párrafo escrito por Javier Gomá y publicado en el diario El Mundo (2025). Tras recordar la técnica de Shakespeare para construir un legado (procrear hijos o crear arte) ofrecía una tercera vía: “¿Qué te gustaría que dijeran de ti cuando no estés? ¿Que ampliaste los confines del imperio como los antiguos generales romanos? Piensa en algo mejor: que tu ejemplo sea recordado como una invitación a una vida digna y bella”. El texto acaba diciendo al lector que aún está a tiempo de darle una pincelada al cuadro antes de desaparecer.
Ahora, ya sabemos lo que le preocupaba a Sánchez cuando preguntó a Máxim Huerta sobre cómo le vería la historia. Y, también, sabemos que no piensa darle ninguna pincelada al cuadro. Él, posiblemente, aspiraba a ser recordado como un general romano, pero se le recordará como al emperador Nerón, por poner un notable ejemplo: el pirómano de nuestra democracia. Al fin y al cabo, ahora sabemos cuál es el legado de ZP: no era una conjunción cósmica, era puro latrocinio.
En realidad, ése es el mensaje que nos lanza el bello e histriónico Puente: si yo no la pinto, todo puede arder. Ya se lo dije aquí; no se puede vivir pendiente de un sumario, o de once, para ser preciso. La indecente infamia antidemocrática es propuesta de Puente.



